“Abstenerse” es mantenerse alejado de algo. En estas elecciones municipales en Chile, la mayoría de los ciudadanos nos hemos mantenido alejados de un rito que, desde nuestro punto de vista, mostraba demasiada distancia entre lo ofrecido y lo deseado.

Algunos otros habitantes de este país, una minoría, “votaron”, es decir, hicieron votums o lo que es lo mismo hicieron “una ofrenda religiosa o promesa a los dioses para lograr algo deseado”. Algunos de estos “votantes” dicen que los dioses les escucharon y ganaron mientras que otros bastante tristes y malhumorados, dicen que los dioses no les escucharon y que no pudieron descorchar las botellas de champán que guardaban en el refrigerador. Derrota más de imagen que en votos constantes y sonantes, sin embargo. Pero en las actuales condiciones del semi-capitalismo no hay diferencia entre derrota por votos y derrota comunicacional. En la batalla de los símbolos, la Nueva Mayoría perdió estrepitosamente.

Los que nos abstuvimos, que fuimos la mayoría, no nos alegramos por la victoria de Chile-Vamos, pero tampoco nos entristecemos por la derrota de la Nueva Mayoría. Los dioses castigan pero no a palos. Las urnas de los votos se convirtieron, pensamos muchos mayoritarios, en urnas anticipadas para depositar el cadáver de un proyecto político hediondo y caduco desde hace ya bastante tiempo.

Los que nos abstuvimos, es decir, los mayoritarios, somos una masa bastante heterogénea de individuos raros y no tan raros: algunos-pocos de los que nos abstuvimos nos hemos mantenido alejados del acto de votar pero no nos hemos mantenido alejados de la política. Por el contrario, estamos muy politizados y tenemos muy clara la diferencia entre abstención trivial y perezosa y abstención con potencialidad política. Incluso algunos (¿cuántos?) habríamos votado si en nuestra localidad hubiéramos encontrado un proyecto ilusionante donde el voto fuera un recurso más. And last but not least otro subconjunto de esos “algunos” entendemos que la política, mientras menos política sea, es mejor política. Queda dicho.

Creemos que la política es un arte emancipatorio que muchos de los minoritarios de hoy, cuando eran mayoritarios, degradaron hasta el infinito y más allá. De esos polvos estos lodos. Algunos, junto con reclamar y patalear no votamos, pero, día a día, entre cada elección hacemos trabajo político, aquí y ahora, generalmente microscópico y homeopático pero, creemos, valioso. La inmensa mayoría de los que votan y que ahora tanto nos critican se van para la casa al día siguiente de las elecciones.

Algunos-muchos no han votado porque hacía mucho frio, otros porque hacía mucho calor; otros por ser unos flojos de mierda, otros por irresponsables, otros por ambas cosas, otros porque se fueron a la playa, otros porque no tenían plata para la micro, otros…en fin. Algunos tipos inteligentes aunque un poco densos llaman a eso “distintas posiciones de sujeto” que, dentro de su diversidad, tuvieron un comportamiento común, es decir, no ir a votar.

Algunos-pocos quizás entre los que nos abstuvimos, pensamos que hay que respetar a las minorías porque, como más bien siempre hemos sido minoritarios y más bien nunca nos han respetado, no queremos comportarnos con ellos como ellos se han comportado históricamente con nosotros. Pero claro, ¡faltaría más!, también queremos que se respete a las mayorías. ¡Y ahora que lo somos con mayor razón aún! Eso es, en parte, ––según pensamos–la democracia: respetar a las minorías y a las mayorías. Por eso resulta contradictorio que quienes creen en la democracia de las mayorías no les guste que un 65%, es decir, la mayoría, se abstenga. El 35%, es decir, la minoría, insiste en tener la razón, y dice que los equivocados somos los mayoritarios. No hay quién entienda a estos minoritarios de hoy y mayoritarios de ayer.

Reflexionando un poco, algunos (¿muchos o pocos?) de los mayoritarios pensamos que votar y abstenerse forman parte de un mismo sistema de decisiones políticas legítimas. No hay que hipostasiar al voto. Votar no concede ni legitimidad ni pedrigree democrático a nadie y al revés: no votar no implica deslegitimación ni obligación de callarse frente a la cosa pública.
Algunos de los mayoritarios de ahora, es decir los que nos abstuvimos, pensamos que la izquierda necesita arriesgarse y buscar caminos laterales abriendo, como afirma John Holloway, “grietas” en las estructuras de dominio. Paolo Virno dice que “un camino lateral, es una vía no señalada en los mapas sociopolíticos” tradicionales. Eso es éxodo: salida del enfrentamiento directo con el Estado, cambiar cursos y discursos de acción liberando territorios con la velocidad que las fuerzas sociales lo permitan.

Lo sucedido en Valparaíso es una exploración de un camino lateral sin brújula que abre la posibilidad de una grieta, pero no asegura nada. Es una negación del dogma de la “ausencia de alternativas” que la doxa concertacionista impuso durante tres décadas. Pero, tendrán que saber manejar la diversidad y aprender a construir comunes. Tienen a favor la inclusión de nuevos grupos y proyectos nacidos desde abajo y a la izquierda. En contra: la presencia siempre inquietante de viejos y nuevos profesionales de la política acostumbrados o por acostumbrase al clientelismo y a apropiarse del aparato del Estado. Los revoloteos de leninistas o socialdemócratas de viejo cuño, que no han aprendido nada de sus fracasos históricos, portadores de viejas prácticas entristas y usurpadoras son siempre inquietantes para los movimientos verdaderamente autónomos.

Que hayan elegido un Alcalde no es lo importante y mucho menos quien sea el Alcalde: lo importante es el cambio de la gramática política que sus prácticas prometen, aunque no garantizan. Es un proyecto político relevante, con o sin alcalde triunfador. Hay que leerlo fuera del código eleccionario, fuera del código mediático y fuera del código “ciudadanista” cuyo objetivo “es conseguir una democratización tranquila que no altere ni amenace los planes de acumulación capitalista, que no cuestione los mecanismos de control real sobre la sociedad y que resulte inofensiva para las agendas políticas oficiales” (Manuel Delgado). Cuestionamiento de las subordinaciones, del autoritarismo, de las jerarquías (en particular aquellas de la forma-partido y de la forma-Estado) y arraigo social: he aquí la radicalidad necesaria.

No olvidemos que el fracaso del proyecto de Josefina Errázuriz en Providencia es endógeno y que si sus intervenciones comunitarias no demuestran arraigo social probablemente serán borradas del mapa por la nueva restauración facistoide. Por eso, en vez de ir buscando ansiosamente movimientos sociales (casi inexistentes, dicho sea de paso) para inyectarle vanguardias, cuadros y “orgánicas” o insistir en la constitución de “bancadas parlamentarias”, es mejor que dediquen sus mejores hormonas y esfuerzos juveniles a ser movimiento solvente, es decir, a moverse y disolverse en la sociedad. La sociedad “no ha vuelto”. Hay que reconstruirla.

Por otra parte, dependiendo del contexto, votar y no votar tienen valores diferentes: en un marco de agotamiento ciudadano el no-voto es un gesto de protesta y, por lo tanto, democrático: es pensar, para algunos, no para todos, lo sabemos, una “otra-política”; es pensar el mundo que deseamos más allá de las alternativas y disyuntivas propuestas por las élites legitimadas por los votos de los minoritarios. La política no es “hacer votos” para que nuestros representantes ojalá hagan aquello que dijeron que harían. Es hacer aquello que queremos hacer.

Poco antes de las elecciones, la madre de Bachelet, lanzaba el cliché que siempre se nos lanza a los abstencionistas: si no votas no puedes ni opinar ni reclamar después. Ellos que propusieron el voto voluntario, consideran al voto como el único momento democrático. Pero, la democracia es bastante más, e incluso otra cosa distinta, que los procesos electorales. Democracia es pensar y construir, un mundo desde abajo, mediante el uso de la palabra, pero también del cuerpo. Es decir, es la posibilidad estética, sensible, performativa, de ser visible y audible y que esa actividad tenga un carácter vinculante. El poder político, o el poder del Estado, por el contrario, alejan e inhiben la posibilidad de tomar parte en esa configuración. Unos pueden gobernar, otros deben ser gobernados.

La participación electoral no es democrática en sí misma. No es más que la fotografía de las preferencias individuales de un momento muy específico. Ahí no surge ninguna voluntad común, es mera agregación de preferencias aisladas e individuales, sin diálogo, sin deliberación y muchas veces sin ninguna información acerca de las opciones en juego.
En la Nueva Mayoría (NM), que ahora es una nueva minoría, lloran una derrota. ¿Qué esperaban? ¿por qué habrían de haber ganado si han sacralizado el consenso desdibujando las fronteras intra y extra partidarias? ¿Esperaban que votaran a sus marcas partidarias escondiéndolas? En una actitud vergonzante de sus signos de identidad partidaria las difuminaron con eslóganes de mala calidad y promesas naif asumibles por cualquiera del espectro político: “Alegría para los niños”, “Más participación”, “Actividades recreativas para las mujeres” (sic) y diseñaron carteles y flyers indistinguibles de los de un supermercado. Los autores de este texto juran que han visto folletos con ¡recetas de cocina! como gancho para que los recibieran en desolados “puerta a puerta”. Han proyectado una imagen de desunión, con “fuego amigo” intenso y sanguinario y con caudillismos y micro-caudillismos miserables repartiéndose mayúsculas y minúsculas parcelas de poder. Han estado manchados de corrupción como casi todo el espectro partidario. Han utilizado a los tres poderes del Estado como caja pagadora de favores políticos ¿Por qué habrían de votarlos?

La crisis de legitimidad no tiene que ver con una ausencia de participación electoral. La crisis de legitimidad tiene relación con la explicitación de la distancia entre el poder del Estado, normalizador y conservador y los deseos de la ciudadanía. Retornar a la locura republicana del voto obligatorio no es más que inyectar la coerción estatal para estabilizar un sistema político y un proyecto profundamente enfermo.

¿Qué hay de democrático en la actividad de votar? El voto es siempre un mecanismo que intenta romper con el principio de la igualdad política. Recordemos que élite y elección tienen misma raíz semántica. Más aún, la preferencia de un momento dado ata a los electores a la autoridad electa por un periodo bastante superior, a pesar de que las preferencias cambien.
¿Desafección? No: estamos más afectados que nunca. No es falta de afecto por la política lo que aleja a los ciudadanos de las urnas, sino, más bien, una afectividad profunda. La misma que nos distancia de aquellos proyectos que intentan inhibir la posibilidad de configurar nuestro mundo. ¿Crisis de representación, entonces? Probablemente, pero más aún: crisis de la representación como principio político.

A diferencia de la desafección que tanto preocupó a la Ciencia Política a fines de los años ochenta o noventa, lo que ocurre hoy no es una despolitización de la ciudadanía. La participación “de base” horizontal se ha incrementado, las capacidades de imaginación política han crecido. Prácticas asambleístas, colectivos de diverso tipo, redes cooperativas, huertos urbanos, iniciativas de trueques, mercados de cercanía, redes de asociación y colaboración etc. han proliferado en el mundo y Chile también lo ha experimentado desde 2011 aunque con mucha menor intensidad de la necesaria. La combinación de alto centralismo estatal y privatización profunda de la vida social como efecto de las políticas neoliberales, dictatoriales primero y concertacionistas después, atentan contra la expansión de los principios y formas colaborativas en este país. Rosanvallon denominó contra-democracia a estos procesos. Probablemente, sea la democracia misma la que se levanta ante la castración reduccionista de la política a lo electoral.