El sistema comunicacional instala la idea de que la respuesta para los numerosos problemas por los que cruza el gobierno se resuelven por la vía de cambiar ministros.

Y durante meses la duda gira en torno al momento en que la primera mandataria tomará aquella decisión cardinal para los destinos del gobierno y respecto de quiénes serán los tocados por la varita de la fortuna. La historia, mala o buena, será cosa de ver.

Mientras tanto, desde el pueblo llano se elevan plegarias para que la decisión celestial de la mandataria tome en cuenta el estado de enojo que hay en muchos que se han visto pasados a llevar o derechamente ninguneados por ministros que no toman en cuenta sus necesidades y angustias.

Un blanco necesario en todo este lapso ha sido el llamado comité político que es finalmente el grupo de iluminados que toma las decisiones que toma la presidenta. Medio mundo los apunta como los malos políticos que no han dado pie con bola y han llevado a la señora al descalabro, por cuanto es sabido que ella no le pega ni al quinto bote en eso de tomar decisiones.

Y cuando todas las apuestas apuntan a la desarticulación de ese equipo político, cuyo desempeño es el más criticado por todo el espectro, resulta que para la presidenta ha actuado extraordinariamente bien, al extremo de que no será modificado, salvado el caso del vocero Díaz que parece más bien fascinado con un más estable y menos comprometedor cargo en el Congreso.

Es que la señora está enojada. Por eso esa aseveración burlona y ácida. Por eso su convicción que se mete a medio mundo en el bolsillo. Este último malabar presidencial habrá dejado en claro que el país está en manos de una mujer airada. Y como sabemos, pocas cosas tan desatinadas que tomar decisiones con rabia. En ese sentido el odio es mucho más estable.

De modo que los cambios ministeriales esperados con razonable expectación no pasaron de ser una modificación muy menor e intrascendente, lo que debe leerse en su real dramatismo: más que cambio es un mensaje, hago lo que me da la real gana y nadie me va a decir lo que tengo que hacer. Un cambio de porteros y jardineros habría sido más relevante.

El arrebato presidencial es una pasada de cuentas para aquellos que han criticado a la presidenta. Un aviso de que si las cosas están como están, no es algo que le quite el sueño. Una pataleta que demuestra la asombrosa impericia política de la presidenta que sabe que ya la cosa no será como soñó, más será como su soberana pataleta decida.

A esta altura Michelle Bachelet ya habrá asumido su error al haber aceptado esta nueva aventura. Y pensará que de no haber sucumbido a su egolatría estimulada por quienes quedaron en el  camino por haberse vendido a los empresarios también corruptos, y que la mostraban inaugurando un segundo tiempo histórico de alcances insospechados, hoy sería quizás la Secretaria General de las Naciones Unidas y/o viviría plácidamente en Nueva York. Y quizás esa evocación aumente su tristeza.

Los últimos sucesos relacionados con la negociación entre el llamado sector público y el gobierno por miserables chauchas, consolidó la fractura definitiva que hay entre lo que hace mucho trasminaba la presidenta socialista y lo que siente un mundo social traicionado, golpeado, reprimido, trampeado una y otra vez. Basureado.

Pero ni eso va a penetrar la bronca de la presidenta que cree que todo el mundo la ha traicionado. Menos, claro está, su anillo de fuego en el cual se atrinchera y desde donde ha decidido resistir esa eternidad que le queda al mando del país.

La presidenta Bachelet por la vía de su fracaso, se ha transformado en una señora caprichosa, burlesca, autoritaria y triste. Que no escucha ni siquiera a quienes se suponen comparten un ideario democrático, buena onda y progresista. Y que es capaz de ir a contrapelo de lo que exige una sociedad resquebrajada y un pueblo castigado y acorralado.

Pocas combinaciones tan terribles como la tristeza y la ira.