Parece al menos contradictorio el mensaje de Ripley, y aún más que una organización de la talla de ONU se reúna con ellos para una campaña semejante.

Resulta que una de las empresas de retail más grandes del país, que día a día pasa por alto a las mujeres en su discurso propio, esté incitando una campaña que además invita a recorrer el lado más elitista de la ciudad. La ONU sacó hace un tiempo un estudio macabro sobre la poca autoestima de adolescentes y niñas en América Latina, y sin embargo hace campaña con una empresa que día a día promueve estereotipos físicos inalcanzables, modelos de tallas imposibles en sus revistas y comerciales, y próximamente nos imaginamos que con postales navideñas plagadas de familias caucásicas y “bien constituidas”.

Valoraríamos la campaña de Ripley o de alguna otra empresa de retail si no tuviésemos que discutir día a día por empresas que despiden arbitrariamente a sus trabajadoras, si supiéramos que una empleada embarazada no resulta “un cacho” para ellos, si se encargaran de mejorar los sueldos, atentos a que solo por el hecho de ser mujeres muchas veces pagamos hasta el doble por ingresar al sistema de salud privado, por ejemplo. Creeríamos su discurso si no hicieran netamente lo reglamentario, bordeando filosamente el límite de la ilegalidad (y si no, que venga la Inspección del Trabajo a contarnos cuántas denuncias reciben día a día por incumplimientos del contrato laboral), donde muchas veces la ley de la silla no se respeta, y el consumo de un vaso de agua es causal de amonestación.

Apoyaríamos por ejemplo, una campaña encargada de capacitar y contratar a mujeres en riesgo social, con un sueldo digno, no con la caridad limosnera que se predican en instancias como la Teletón, que si bien tiene un fin noble, los medios con los que se lleva a cabo incluyen la lástima, el morbo, y finalmente el enriquecimiento aún mayor de las empresas que los respaldan.

Ya no podemos confiar en una empresa que nos asegura estar comprometida con la erradicación de la violencia, y sin embargo no realiza un mea culpa tajante por el caso de la pareja lesbiana acosada y violentada en una de sus dependencias hace unos meses atrás. Y no hablo de despedir a los funcionarios involucrados y aquí nada pasó, hablamos de una política integral de servicio al cliente que incluya la no discriminación.

Y así existen muchas otras violencias diarias, que para uno, que trabajó en el retail para pagar parte de sus estudios, son evidentes, pero invisibilizadas. Abuso de poder, acoso, inequidad de sexos en la cantidad de jefes y jefas, nulo apoyo a mujeres madres que muchas veces en soledad deben enfrentar el difícil proceso de dejar a sus hijos en las manos ajenas de una vecina, porque el sueldo mínimo no alcanza para una cuidadora y la jornada laboral se extiende hasta las 9 y media de la noche.

¿Cómo vamos a sostener estas discusiones si precisamente los trabajadoras y trabajadores de este país pasan casi 12 horas en el recinto laboral? ¿Cómo vamos a salir a las calles, si el miedo a perderlo todo nos ronda, si la capacidad de ahorro no existe y nuevamente tenemos que recurrir a la tarjeta Ripley para pagar el supermercado?

Ojalá sea con un pie y dos cuotas, para que nos vendan la idea de que será sin interés.


Periodista e Investigadora en temas de Género