Mientras usted, patriarca ridículo,
escupe y carraspea y vocifera poder en bandos seriado,
yo ordeno y compagino mis papeles,
acumulo y pavimento en letras.
-Julieta Kirkwood, 1986

Es cierto que la sociedad occidental de los años 2000 ha ampliado los derechos de hombres y mujeres, sobre todo si la comparamos con la sociedad que vivieron nuestras mamás y abuelas en la primera mitad del siglo XX. Sin embargo, pervive el dominio y la violencia de los hombres contra las mujeres. Esto se expresa con fuerza en los medios de comunicación y consumo de masas, que explicitan aquello que no se dice formalmente en la escuela, la universidad o la política acerca de las mujeres.

La fotografía de los políticos Alejandro Guillier, José Miguel Insulza y Luis Felipe Céspedes junto a una muñeca inflable, obsequio del empresario Roberto Fantuzzi en la cena anual de la Asociación de Exportadores de Manufacturas, Asexma, nos sitúa en el panorama actual de nuestra democracia y nos pone al corriente de dos problemas. 1. La contradicción entre los derechos universales del hombre y las vivencias cotidianas de las mujeres y 2. la incompatibilidad entre las luchas por el poder por parte de las mujeres y los imaginarios sexistas de los hombres.

El marco heteronormativo que ha identificado a la mujer como madre en el espacio público, con virtudes como el cuidado y el servicio, también ha identificado a la mujer como prostituta y al servicio de los hombres. Esta segunda identificación, que no se dice formalmente en los espacios como la escuela, la academia o la política, se manifiesta explícitamente en la imagen.

Contra este panorama, el movimiento feminista chileno a partir de la década de 1980 tiene en su agenda la construcción de una sociedad no opresiva, no discriminatoria y de plena participación política para las mujeres. La consigna “democracia en el país, en la casa y en la cama” da cuenta de esto. Al extender los principios democráticos hasta lo íntimo, el movimiento plantea una revolución de la vida cotidiana contra la dictadura y también contra las opresiones que ejercen los hombres en el ámbito público y privado. En lo concreto, la revolución toca a las fuerzas productivas de las mujeres, que están marcada por la imposibilidad de objetivar su trabajo doméstico. El problema de los “roles por naturaleza”, que son labores realizadas por las mujeres sin paga, dificultan su proyección al mundo.

Y, sin embargo, las mujeres están en la política.

Pero cabe preguntarnos si acaso el que ellas estén garantiza la ampliación de los derechos de las mujeres.

Amelia Valcárcel nos presenta una clave para despejar las dudas que surgen en una situación en la que, pese a la existencia de mujeres políticas, los derechos de todas no están garantizados. (Recordemos que las mujeres en Chile están obligadas a llevar a término un embarazo no deseado).

Valcárcel, al estudiar a la sociedad griega del siglo v antes de cristo, se encuentra con el modo que utilizaban las familias para mantener su estirpe aun cuando no nacieran hombres. Cuando nacía una primogénita era nombrada “hija epiclera”, lo cual significaba que transmitiría a sus hijos el apellido y los bienes para mantener la influencia política y económica de su estirpe. El rol transmisor de las hijas epicleras no significó en absoluto garantías para las demás mujeres del mundo griego clásico. Bajo este entendido y en lo que respecta al orden de nuestra democracia, podemos señalar dos conclusiones.

  1. El número de mujeres en los cargos de poder no es garantía para las mujeres a no ser que en sus programas incorporen la agenda feminista.
  2. Hay un orden heteronormativo que clausura las posibilidades humanas de las mujeres desatando una violencia que toma diversas formas (femicidios, violaciones, prostitución, trata, exclusiones, etc.).

Bajo estas condiciones, ¿cuál el sentido de la democracia para las mujeres? Desde una perspectiva feminista, el sentido se encuentra en el cuestionamiento a la ideología de la naturaleza diferenciada y complementaria de los sexos y a la ideología que dice que las mujeres son inferiores (prostitutas) o superiores (madres), pero no iguales a los hombres. La imagen que nos presenta la fotografía, nos sitúa en una urgencia: interrumpir las “obligaciones por naturaleza”, relevar la desigualdad social que existe entre el trabajo productivo y el doméstico, y asumir la importancia de la representación feminista en los ámbitos políticos de base y tradicionales.


Licenciada Teoría e Historia del Arte Magíster (c) en Estudios Latinoamericanos, Universidad de Chile