Ni aunque lloviera fuego todos los días en territorio mapuche podría el joven comunero mapuche haber imaginado la explosión de relámpagos en su espalda. Porque a Brandon, de apenas 17 años, inerme en el suelo, le disparó por la espalda el sargento segundo de las Fuerzas Especiales de Carabineros, Cristian Rivera. Como hacen los cobardes le acribilló con 100 perdigones, pero –como siempre sucede– el suboficial se encuentra libre porque aduce que fue tan solo un accidente. Uno de tantos en el contexto del conflicto-chileno mapuche donde, curiosamente, las muertes por la espalda no constituyen una excepción, como si la institución de carabineros  entrenara a sus efectivos para cazar animales.

En la zona de Vilcún en 2008, fue asesinado por la espalda Matías Catrileo por el cabo Walter Ramírez, quien no pasó ningún día en prisión, aunque cinco años después fue dado de baja por la institución. Sin embargo, el ex presidente de la multigremial de La Araucanía, Emilio Taladriz declaró que le parecía una señal errónea, ya que el carabinero fue una víctima más que solo cumplía órdenes. La misma orden, suponemos, que obedecía el cabo Patricio Jara cuando ultimó por la espalda al comunero Jaime Mendoza Collio en la comuna de Ercilla. En este caso, además de también quedar en la impunidad, Carabineros con la complicidad del Alto Mando, realizó un montaje para encubrir el crimen, presentando ante la justicia un casco y un chaleco antibalas presuntamente utilizado por el cabo Jara y con supuestos rastros de disparos efectuados por comuneros mapuche para argüir que el policía habría actuado en defensa propia. Todo era falso.

¿Accidentes, casualidades, defensa propia, carabineros víctimas? ¿Cómo es que los muertos son jóvenes mapuche, y ahora un comunero en riesgo vital en una clínica de Temuco luego de un control de identidad en un camino a Curaco, en las cercanías de Collipulli, sector de recuperaciones territoriales? Porque en esta ocasión las Fuerzas Especiales recurrieron a la nueva Ley de Control de Identidad cuyo propósito es el control individual y colectivo de la sociedad mediante el temor. Es decir fue un procedimiento recubierto de un manto de legalidad, el problema es que existe poca diferencia entre la antigua Detención por Sospecha y la actual legislación denominada Control de Identidad donde queda a discreción de la policía el determinar a quién deberá  controlarse. En el caso específico del conflicto chileno-mapuche, estos procedimientos están claramente racializados, de manera que los controles no son preventivos, sino que se implementan, no porque se considere que se puedan cometer delitos, sino que se controla a los comuneros simplemente por ser éstos mapuche.

Da lo mismo que sean hombres, mujeres o niños, para la policía son indios y, por tanto, no valen nada. En el siglo diecinueve los llamaban bárbaros y salvajes, hoy los llaman terroristas. Claudia Nahuelan, de Cañete, grafica nítidamente el trato que reciben sistemáticamente de carabineros. En una oportunidad, dice, “dos tanquetas nos apuntaron: bájense, nos dijeron, llamándonos delincuentes. Mira conchetumadre, yo les dije, a mí no vai a agarrarme como cualquier basura,  y más cuidado conmigo porque estoy embarazada –tenía cinco meses de embarazo–   no quiero que sea por su culpa que voy a perder mi guagua. Y que me importa a mí, si muere tu huacho muere no más, me dijeron”.  Discriminación y desprecio. Por otro lado, la dignidad de la mujer mapuche que no se amilana ante la violencia del Estado chileno, puesto que la policía obedece las instrucciones del Ministerio del Interior y no operan autónomamente, por el contrario, responden a una política que después de más de dos décadas de represión al pueblo mapuche, es equivalente a una política de terrorismo de estado. Asociada, por cierto, a un modelo neoliberal de expansión de la industria forestal, hidroeléctrica, prospecciones mineras y viales. Así lo entiende  la anciana comunera del lof  Pocuno de la comuna de Cañete, Petronila Llanquileo, ya que “las forestales y las transnacionales lo único que hacen es sacar lo recursos y cada vez empobreciéndonos a nosotros como mapuche, porque con sus eucaliptus y con sus pinos nos matan”.  Por eso, dice entre lágrimas, bajo el implacable sol primaveral de Cañete, “Ojalá mis nietos puedan algún día respirar el aire limpio que yo algún día respiré”.

El mismo aire que Brandon Hernández Huentecol, a su breve edad,  intenta aferrarse para continuar viviendo porque nadie tenía el derecho a destrozarle la espalda cobardemente sólo por ser mapuche.


Sociólogo, Director Centro de Estudios de América Latina y El Caribe-CEALC