Recientemente se ha instalado en las fuerzas políticas emergentes chilenas un debate sobre el problema del sujeto social. La reflexión se enmarca en el proceso de agitación social que vive el país y la erosión de las instituciones del capitalismo neoliberal políticas (crítica régimen “democrático”, los partidos políticos, etc.), económicas (crítica al mercado, la débil acción estatal, destrucción del medio ambiente) y culturales (crítica al ultraconsumismo, relaciones patriarcales, etc.). Ello, acompañado también, de la profunda crisis teórica de larga data de las propuestas alternativas al capitalismo. Por lo tanto, las ventanas de oportunidades políticas abiertas que se pueden visualizar hoy día, empiezan a obligar a que las organizaciones emergentes piensen más allá del corto plazo e intenten trazar los caminos posibles de un cambio social más sustancial. Pensar una política más allá de la constitución de organizaciones partidarias o coaliciones políticas, exige dar cuenta de qué franja social queremos coagular para dotar de fuerza a dichas articulaciones orgánicas.

¿Qué entendemos por clase?

Cuando hablamos de clase social nos referimos a un potencial sujeto político. Aclarar esto no es menor, pues no buscamos hacer una categorización socio-económica de la sociedad para dar cuenta de la clase, sino que interpelar a una síntesis político-social que canalice una crítica al capitalismo neoliberal. Esto, además, tiene como premisa que, si bien una clase puede derivarse de las relaciones de producción, su acción no responde mecánicamente a una lucha contra las relaciones de dominación en este ámbito. En este sentido, afirmamos que, políticamente hablando, la “clase” es una construcción político-identitaria basada en vectores de experiencia socio-económica que la sustentan.

La clase es ante todo una relación social. Una clase existe tanto por la capacidad de cohesión de un grupo de individuos, como por el contraste con otros. Y son las experiencias comunes, concretas y cotidianas permanentes de esas relaciones de identificación y diferenciación, las que van fraguando los vectores constituyentes de una clase social.

Pero además es una relación social histórica. No creemos que la “clase” en tanto actor político esté pre-constituida por mantenerse vigente el capitalismo en alguna de sus variables. Lo que no niega que exista como sujeto socio-económico de la relación fundamental del actual orden productivo, por lo que tampoco consideramos que sea un mero discurso o un mero término llenado de significado contingente, igualable a otras nociones. Por ello, una cosa es la clase como sujeto socio-económico (en sí) y otra cosa la clase que se identifica como un actor político, es decir, que tiene conciencia (para sí).

Por lo anterior, concebimos que las “clases” se han ido configurando y reconfigurando económica, política y culturalmente a lo largo del devenir del conflicto social. Siguiendo al historiador inglés E. P. Thompson, la clase vive un proceso permanente de formación y de “hacerse a sí misma”. Siendo al calor de la conflictividad cuando se despliega la potencialidad política, orgánica e ideológica clasista. Es decir, al calor de la lucha es cuando las clases delinean su existencia más claramente. Por lo mismo, el conflicto y el antagonismo social es algo permanente en el capitalismo, que precede a la constitución de clases en tanto sujeto político con conciencia de su potencialidad.

¿Qué es el precariado?

Tras la crisis económica del 2007 y los recortes fiscales en Europa, un investigador inglés, Guy Standing, planteó que estaba emergiendo el “precariado” como una disruptiva clase social. Dando cuenta de una “nueva” estratificación social, afirmaba que esta “clase social” se diferenciaba del “proletariado” del siglo XX por sus inseguras relaciones sociales, materializadas en empleos inestables y la carencia de accesos a recursos y servicios públicos. Además de ello, el precariado se relacionaría con el Estado de forma conflictiva, ya que este no busca integrarlo, sino que suele ignorarlo y cuando no, lo hace a través de una “caridad burocrática” focalizada en los más pobres. Con todo, el precariado sería una franja creciente de personas carentes de derechos y vulnerable a las decisiones de otros actores, particularmente de una elite económica y política muy poderosa que controla los espacios de poder y se enriquece de los beneficios del sistema actual.

Aunque como toda clase, según Standing, el precariado sería diverso, se pueden agrupar tres tipos en su seno. Por un lado, los sectores “expulsados” y que perdieron el “status” de la antigua clase obrera europea. Por otro, los “tradicionales residentes”, es decir, los habitantes de un territorio que carecen de derechos consagrados, como los inmigrantes, las minorías étnicas, los discapacitados y los ex–convictos. Finalmente, estarían los “nuevos profesionales” excluidos del círculo al cual debían pertenecer según las expectativas que ofrecía el sistema al iniciar su formación universitaria.

Por tanto, la experiencia común que agruparía a estos sectores dentro del precariado, sería la carencia de derechos y condiciones de seguridad, marcadas por una situación de incertidumbre en distintos planos. La frustración, alienación, ansiedad y desesperación por una trayectoria laboral incierta, provocaría una falta de identidad ocupacional. Esto, sumado a los pocos recursos para reponerse a una situación de crisis, lleva a que el precariado tome cualquier trabajo mal remunerado en relación a su formación educacional. La disolución de los derechos laborales, provocan que el precariado casi no controle sus condiciones de trabajo, llegando a la imposibilidad de diferenciar el tiempo laboral remunerado del no pagado, haciendo a las personas dependientes de su empleador las 24 horas del día.

En este marco, las personas que integran el precariado habrían perdido crecientemente sus derechos, por lo que habrían dejado de ser ciudadanos para transformarse en meros residentes de sus países. En este sentido, la búsqueda de cierta estabilidad, realización social y derechos mínimos serían, en definitiva, el horizonte del precariado. De allí que esta sería una clase que no busca perpetuarse y cubrir todo el espectro social, sino que auto-abolirse al superar la vulnerabilidad. ¿Qué sucedería después? El autor no plantea mucho más sobre esto.

¿Existe el precariado en Chile?

A pesar de las críticas hechas a la propuesta de Standing, al asumir la diferencia entre el “precariado” como una clase distinta al “proletariado” -evidenciando su esquematismo e idealismo weberiano para analizar el tema-, creemos que si en vez de mirarlas como clases divergentes, las vemos como una experiencias y conciencias clasistas integradas la idea de “precariado” pueden ofrecer una síntesis creativa interesante para nuestra realidad.

El “precariado” puede ser una potencial conciencia clasista para Chile ante la actualmente dispersa conflictividad social. Esta permitiría articular no solo una idea de sujeto en torno a laboral (los trabajadores), sino que ayudaría a incluir también actores y reivindicaciones que emergen más allá del espacio del trabajo propiamente tal. Sin perder la centralidad de lo laboral como eje de la experiencia común de precariedad, puede integrarlo con la erosión de los derechos territoriales, ambientales, de género, étnicos, de seguridad social, juveniles, entre otros, que ha vivido una enorme cantidad de personas en nuestro país bajo el capitalismo neoliberal. Además de diferenciarla como clase de la poderosa elite económica y política que se enriquece del trabajo ajeno en el capitalismo neoliberal, que tiene su vida –y varias generaciones de sus descendientes- prácticamente “asegurada”. Ante esta neo-oligarquía capitalista-neoliberal chilena, se puede oponer una identificación político-social clasista delineada en torno al precariado, como cara contingente de la clase-que-vive-del-trabajo en un mundo donde las identificaciones clasistas a partir de lo laboral están muy debilitadas.

¿Quiénes pueden constituir el precariado en Chile?

El precariado tiene como actrices principales a las mujeres que cargan en sus espaldas además del capitalismo, de la cultura patriarcal que las sobreexplota tanto en el mundo laboral como en los otros espacios de sociabilidad y las hace enormemente vulnerables. Los pueblos indígenas expoliados de sus culturas ancestrales y carentes de derechos en una sociedad que se niega a asumir su carácter plurinacional. Los pobladores marginados del derecho a vivienda que pueden perder por un incendio sus precarias casas en terrenos tomados, o los millones de trabajadores endeudados para poder acceder a una vivienda, que en cualquier momento pueden ser expulsados de ella. Los habitantes de diversos territorios que han visto destruida sus geografías por el capitalismo neoliberal, que progresivamente ha corroído los espacios de sociabilidad y fuentes de vida de millones de personas, haciéndolos funcionales a la mera extracción de materias primas mercantilizables. Los cientos de miles de jubilados que tras décadas de trabajo tienen pensiones miserables, sin acceso mínimo a salud y otros derechos de seguridad social, teniendo vidas extremadamente vulnerables, al punto de caer en la indigencia en cualquier momento. Las miles de personas con capacidades diferentes que tampoco tienen una mínima seguridad social y trabajo decente, que viven de la “caridad” mercantilizada y que también son sobreexplotadas por el empresariado. Las y los inmigrantes prácticamente sin ningún derecho garantizado en Chile. Los millones de “nuevos profesionales” que trabajan en empleos que no corresponden a su formación o son sobreexplotados en condiciones laborales precarizadas, que junto a la frustración que ello trae, cargan con un enorme endeudamiento por sus estudios. La casi totalidad de trabajadores que en Chile gozan de ínfimos derechos laborales, sobreexplotados por llevarse trabajo a sus hogares y con enormes obstáculos sindicales, donde destacan particularmente los trabajadores subcontratados, a honorarios y a contrata que dependen casi en su totalidad de las definiciones del empleador para mantener sus empleos. Junto a ellos, una no menos importante franja de trabajadores por cuenta propia o pequeños empresarios, fuertemente vulnerables de las directrices productivas definidas por el poderoso gran empresariado instalado en Chile.

De esta manera, se puede articular una identificación contingente en torno a la clase-que-vive-del-trabajo. La polarización entre el precariado versus la neo-oligarquía chilena, compuesta por el gran empresariado y el duopolio político, puede ayudar a constituir una conciencia política clasista, que integra nuevas reivindicaciones sociales, pero que no pierde la centralidad del mundo del trabajo como piedra angular de las formas de explotación, opresión y dominación del capitalismo. Ello, además, de hacerse no solo en base a la discursividad o al marketing político, sino que también en base a vectores materiales concretos, como lo es la experiencia de la precarización que viven cada vez más contingentes de trabajadores. Vemos a esta identidad como una versión actual de la clase trabajadora y que pone en el corto plazo el rescate de los derechos sociales, políticos y culturales para la gente de trabajo. Profundizar una perspectiva anticapitalista y socialista de estas luchas, dependerá de que la clase-que-vive-del-trabajo pueda adquirir más conciencia de la potencial fuerza disruptiva que ostenta. Pero eso no lo logrará mediante un mero relato realizado por “profesionales de la política”, sino a través de la coagulación de fuerza social y política al calor de la conflictividad social. El precariado puede, en actual contexto de “emergencias políticas”, ser una idea-propuesta integradora que permita agrupar las luchas sociales del Chile actual, darles una perspectiva clasista que no pierda la centralidad de lo laboral, que ayude a reconstituir a la clase-que-vive-del-trabajo como sujeto político y apunte a la generación de un proyecto efectivamente emancipador del capitalismo.


Estudiante Doctorado en Historia, U. de Santiago