El 27 de enero la Fiscalía Nacional anunció que abriría una investigación por la difusión de información falsa respecto a la crisis de incendios forestales que, al día de hoy, ha dejado once muertos y miles de hectáreas arrasadas.  “Se van a abrir investigaciones por la difusión de estos mensajes, porque generan alarma en la población”, declaró el fiscal nacional Jorge Abbott.

Dos son los relatos más comunes de las teorías que circulan por redes sociales para explicar la emergencia: un ataque organizado terrorista y una colusión empresarial para el incendio. Por ejemplo, el general en retiro del Ejército Aldo Cardinali, quien pasó a retiro en 2006, publicó en su cuenta de Twitter: “Inteligencia EE.UU., hace 4 meses alertó al Gobierno de Chile que CAM, FARC, ISIS, ETA, Venezolanos,Franceses y Españoles preparaban ataques” (sic). Mientras tanto, en Whatsapp circulaba una compleja teoría que involucra la salida de Trump y EE.UU del Tratado Trans Pacífico (TPP) y una quema intencional de las forestales. ¿Por qué estas explicaciones abundan en momentos de crisis?

Para el historiador alemán Dieter Groh, autor de Teorías conspirativas: Una crítica filosófica de la sinrazón estas narraciones son una “constante antropológica” a lo largo de la historia, que afloran cuando la verdad es compleja, es decir, cuando no se puede transmitir en forma simple una explicación racional, absoluta y libre de paradojas sobre un fenómeno.

Para la doctora Andrea Slachevsky, autora del libro Cerebro Cotidiano y especialista en neurociencia y comportamiento, la búsqueda de una lógica en la catástrofe es una característica de nuestra especie. “Es una necesidad de buscar causas en las casualidades, y darle un sentido narrativo a los hechos. Eso permite explicar por qué conspiraciones que nunca han sido comprobadas perduran a lo largo de la historia”, detalló a El Desconcierto.

“Hay varios estudios que sugieren que como humanos tendemos a creer en las conspiraciones”, añade Slachevsky, explicando que un punto central es el llamado sesgo de confirmación. “Tratamos de darle explicación a las cosas e interpretar la realidad. El sesgo de confirmación quiere decir que tendemos a fijarnos sólo en los datos que validan lo que ya pensamos y al mismo tiempo desechamos aquella información que cuestiona nuestras ideas”, explica.

Problemas complejos y miedos viejos

Contra los rumores de un motivo único, la fiscalía ha encontrado distintas causas en cada incendio. Entre ellas está la falta de mantención del tendido eléctrico, quemas agrícolas programadas que salieron de control por las altas temperaturas y pirómanos no concertados. A esto se suman ciertas condiciones como la continua desertificación de la zona central de Chile y las extensas plantaciones de monocultivos de pino y eucaliptus, que transformaron en una fotografía continua lo que antes era el diverso paisaje de la flora nativa.

A esto, expertos como Michel De L’Herbe han sumado los problemas que trae una institución débil y sin recursos ni potestad fiscalizadora como la Corporación Nacional Forestal (Conaf) y la falta de planificación. “El modelo chileno es fragmentado y no integrado. Es decir, cada organización trabaja de forma independiente y sin coordinar las debidas responsabilidades con las demás organizaciones”, señaló.

Sin embargo, para quienes difunden teorías conspirativas la cuestión es más simple: un ecosistema inocente y sin conflictos que se ve afectado ya sea por unos desalmados terroristas o bien por una maléfica clase empresarial. En cuanto a la reiteración de rumores sobre incendios provocados por personas del pueblo mapuche, la doctora Andrea Slachevsky explica que “uno siempre tiende a buscar la culpa en el otro, el extraño. Lamentablemente refleja cuán racistas somos los chilenos”.

Otro punto, según el investigador Marcelo Casals, especialista en historia política chilena, es que las teorías conspirativas sobre los incendios que han circulado las últimas semanas tienen elementos “guerrafriescos”. “Hay algunos más humorísticos, como la aparente lucha tecnológica entre un avión ruso y uno norteamericano”, explica. “Fue en la Guerra Fría que las teorías conspirativas se hicieron más masivas y no es de extrañar que las de hoy tengan elementos de esa época, como la idea de que hay agentes infiltrados para socavar las bases materiales y morales de la sociedad”

¿Se puede detener la circulación de información falsa?

redes_sociales celular

Hasta el cierre de esta nota aún no había ninguna persona formalizada por la difusión de información falsa. El fiscal Emiliano Arias declaró que el delito investigado será “falsa alarma de incendio, emergencia o calamidad pública”, contemplado en el artículo 268 bis del Código Penal, que contempla penas de 61 a 541 días de presidio.

Para Pablo Viollier, analista de políticas públicas de la ONG Derechos Digitales, “el hecho de que la Fiscalía se pronuncie es complejo. Es difícil perseguir a personas por aquello que expresan en redes sociales y debe estar reservado a casos muy excepcionales como incitación al odio”, señala.

En su visión, la respuesta a este problema no está en el derecho penal, sino en procedimientos civiles. “Nos parece que las personas deben compensar el daño causado cuando intencionalmente echan a circular información falsa, pero creemos que el derecho penal no es el mecanismo”, señala.

Además, según Viollier el artículo 268 bis no es el adecuado para perseguir a quienes han difundido noticias. “Este tipo penal se aplica a dar falsa alarma de incendio y se usa habitualmente para falsos avisos de bomba o pitanzas a bomberos. Si tú quieres meter a alguien en la cárcel tienes que demostrar un daño concreto y aquí no hay otro que causar revuelo”, critica, además de advertir posibles restricciones a la libertad de expresión de tomarse medidas apresuradas al respecto.

¿Qué pasa cuando los medios de comunicación se hacen eco de estos rumores? El mismo día del anuncio del Ministerio Público el Colegio de Periodistas se pronunció al respecto, llamando a los medios a reforzar los mecanismos de chequeo de información y a la ciudadanía a verificar los rumores con fuentes oficiales.

Para la experta en comunicación digital de la Universidad de Chile, Patricia Peña, este llamado va en la dirección correcta. “Las plataformas de redes sociales nos entregan burbujas: veo la información falsa en mi línea de tiempo o grupos de WhatsApp de conocidos, en los que gente en la que confío o tengo algún grado de relación comparte estas cosas. Es el usuario el que le da la credibilidad o la puede mirar con visión crítica”, explica.

Sin embargo, el especialista de la ONG Derechos Digitales Pablo Viollier distingue entre quienes comparten contenido o noticias de buena fe y la arquitectura de internet. “Hay incentivos para que los medios digitales y páginas web busquen la mayor cantidad de clicks y eso, en determinados lugares, se vuelve manipulación de titulares para mayor alcance o lisa y llanamente difundir información falsa”, critica.

Con buena o mala intención, los rumores y teorías conspirativas no son un fenómeno exclusivo de nuestra época. El historiador Marcelo Casals afirma que la teoría conspirativa por excelencia en Chile es el llamado “Plan Zeta”. “Es la más elaborada y fuertemente difundida de nuestra historia”, explica respecto al mito de la lista de opositores que el gobierno de la Unidad Popular quería exterminar. “Estar en la lista del Libro Blanco, del que se imprimieron miles de copias, pasó a ser casi un signo de status”, señala.

Luego de años de investigar la forma en que los humanos nos comportamos, la doctora en neurociencias Andrea Slachevsky explica que no existe, hasta hoy, una sola forma probada de combatir los rumores, la información falsa o las teorías conspirativas. Para ella una respuesta posible es la educación. “Estoy convencida de que si conocemos cómo funciona nuestro cerebro, nuestras limitaciones y sesgos, nuestra capacidad de caer en errores, tendríamos más cortafuegos contra la discriminación”, señala.

Una vía que definitivamente no funciona, según Slachevsky, es caer en ideas estereotipadas sobre quiénes son los que crean y difunden estos contenidos. “El peor error es creer que la gente que cae en las falsas noticias y teorías conspiracionales es muy distinta a nosotros”, dice.