Hace ya casi 30 años, un gran arco de fuerzas políticas y sociales, diverso como pocas veces se había visto en la historia, prometió a Chile recuperar la alegría y la democracia. Algunos creyeron, otros no tanto, pero al final del día, los militares -que habían gobernado el país por 17 años- volvieron a sus cuarteles para que la democracia hiciera su entrada triunfal.

Con la vuelta de los militares a los cuarteles, la movilización social que empujó su retirada volvía a sus casas. Ese era el trato. Ahora vendrían los tecnócratas a hacerse cargo del país. Había costado demasiado recuperar la democracia, debíamos cuidarla, y ellos eran los expertos.

¿Y la gente? ¿Y el pueblo que se había movilizado para recuperar el control sobre sus vidas de manos de la dictadura?. Trabajando, haciendo todo lo posible por surgir, por dar un mejor vivir a sus familias, tratando de educar a sus hijos, pues entendía que esa era ahora la clave del éxito. La alegría en realidad sólo llegó para unos pocos, había que esperar que chorreara, pero al menos había democracia, podíamos votar y eso antes estaba prohibido. Punto para el arcoíris.

Así fue pasando el tiempo, pasaron los primeros 10 años, la gente seguía en sus casas, tratando de surgir, uno por uno, estudiando, trabajando y endeudándose. Volvimos a ir a un mundial, no nos fue muy bien. El penal que nunca fue penal, otra vez nos arrebataba la alegría.

Siguió pasando el tiempo, la democracia cada día más cansada, se le veía enferma, agotada, muchas veces violentada. Esa democracia no lograba cumplir con tantas promesas y se fue volviendo en un eslogan vacío. Es verdad, ya no estaban los militares, pero cada día nuestras vidas nos pertenecían menos. Si querías estudiar, debías endeudarte, si te enfermabas, tenías que endeudarte, si envejecías…no, mejor ni hablar de envejecer. El Chile que habíamos recuperado para el beneficio de la gente resultó que, cada día más, beneficiaba a los mismos pocos de siempre.

Con una democracia carente de sentido, fuimos poco a poco dejando de ir a votar. Total, no había  mayor diferencia si ganaba uno u otro, la alternancia del poder se cambió por turnos en el poder. Nuestras vidas las empezaron a controlar las deudas. Los derechos sociales -base para una democracia plena- fueron entregados a los grandes grupos económicos. La alegría no llegaba y la democracia, por la que tanto peleamos, cada vez parecía menos importante. Había que conformarse con que “al menos ya no te matan”. Bueno, salvo que seas mapuche.

En la quietud de la eterna transición, algunas voces se levantaron. No debemos olvidarlas. Familias de mineros que vieron una vida cerrada ante sus ojos; los mapuche que volvieron a reclamar por tierra y cultura; las familias que buscaban un lugar digno donde vivir y terminaron endeudadas, viviendo en ghettos lejos de sus orígenes y redes.

Pero con el tiempo el miedo empezó a desaparecer. Nuevas generaciones que no vivieron el terror empezaron a buscar esa alegría prometida que nunca llegaba. Llegaron los pingüinos, y exigieron su derecho a una educación de calidad, igual que la de los colegios del barrio alto. Lógico, les dijeron que ahí estaba la clave del éxito. Y ahí estaban los expertos de todos los colores, que agradecieron el llamado de atención de los jóvenes y levantaron sus manos anunciando un nuevo porvenir. Pero la alegría tampoco llegó, ni mucho menos el tan anhelado sueño de hacer caer la educación de Pinochet.

Seguía pasando el tiempo y esos mismos jóvenes crecieron, entraron a distintas universidades, porque ahora todos podemos estudiar, es cosa de pedir un crédito. Pero pese a que todos podemos estudiar, los secretos del éxito seguían siendo enseñados a unos pocos, igual que 20 años atrás. Entonces estos jóvenes volvieron a salir a la calle. Tras, o junto, a esos jóvenes salieron los adultos, los que por más de 20 años habían guardado sus banderas, obedientes de este nuevo trato donde la política era cosa de expertos y la democracia había que cuidarla del manoseo populista y del enfado militar.

Creció el descontento de los estudiantes, de las regiones olvidadas. Salimos a las calles diciendo “No a Hidroaysén”, defendiendo nuestros ríos, parando Alto Maipo y Castilla, exigimos proteger nuestra tierra. Se levantó el malestar y cansancio de la gente adulta mayor que no tenía cómo vivir la vejez, de las y los pobladores que vivían hacinados, de trabajadoras y trabajadores que sufrían nuevas formas de explotación, y para las cuales las viejas organizaciones sindicales -dirigidas por los partidos de gobierno- no tenían respuestas. Nos manifestamos, llenamos las calles de colores, felicitaron nuestra creatividad, nuestra capacidad de instalar temas en la agenda. Parecía que ahora sí estábamos rozando la democracia, una hecha a pulso y, aunque estábamos molestos, al mismo tiempo estábamos un poco más alegres.

Pero como las leyes no se redactan en las calles, alguien tenía que llevar esas banderas al gobierno. Ahí volvió la presidenta, esa que prometió a las mujeres un nuevo horizonte, que se fue entre aplausos. Y si bien no eran las mismas banderas, prometió llevar al gobierno unas más o menos parecidas. Error. Chile había cambiado, había despertado, habíamos vuelto a llenar las calles, los que no habían cambiado eran los tecnócratas, los que hacían las leyes.

Con el retorno de la presidenta desembarcó en el gobierno un gabinete que venía directamente de los directorios de las principales empresas del país, y rápidamente fueron poniendo paños fríos a las demandas sociales. Estos nuevos expertos nos explicaban que había que proteger la democracia de los intereses populistas de la gente, era evidente que la prioridad estaba en la CPC, en el crecimiento, en la lógica de gastar poquito presupuesto fiscal para la gente. Pero para rescatar a las forestales, mineras, pesqueras y a las empresas eléctricas el dinero estaba a destajo.

Aparecieron las boletas falsas, financiamiento de campañas -incluso de las que se vendían como nuevas y de manos limpias-, raspados de ollas. Nos enteramos de cómo se redactaban leyes directamente desde los gremios empresariales. Vimos la puerta giratoria entre directorios de empresas, dirigencias de partidos y los principales puestos del gobierno. Y, en ese proceso, vimos cómo esas banderas, inicialmente parecidas a las originales, terminaron siendo como la Tomy Cola de las demandas que movilizaron al país.

Así entendimos que no bastaba con protestar, ahí fue cuando dijimos “no más”. No podemos delegar en otros la responsabilidad de terminar de construir un Chile alegre y democrático. Entendimos que tras los rostros amables que pretendían renovar la vieja política se seguían escondiendo los intereses de los financistas de los partidos, y ante eso, poco podían hacer sus militantes bienintencionados. Entendimos que el problema no era la democracia, si no que ella también había sido olvidada.

Entendimos también que las organizaciones que habían impulsado las coloridas movilizaciones sociales, debíamos superar las diferencias que por años nos dividieron para asumir la responsabilidad del desafío histórico de hacernos cargo de nuestro propio futuro; entendiendo que la diversidad será nuestra riqueza. Pero, por sobre todo, entendimos que estos mismos partidos, por sí solos, no bastaban, que la unidad era importante, pero siempre y cuando estuviera primero la unidad con la gente, porque el desafío es conquistar un Chile de derechos, plurinacional, feminista y radicalmente democrático; para que la alegría llegue, pero llegue para todos y todas.

Por eso acá estamos, hombres y mujeres de distintas edades; estudiantes, trabajadoras y pobladores. ecologistas, feministas, demócratas varios, liberales, humanistas, ciudadanos empoderados, estamos los que nos sentimos herederos de la larga tradición de la izquierda y los que no nos encasillamos en la dicotomía izquierda/derecha, pero todos con la misma convicción: construir la fuerza política transformadora que consolide los derechos de las y los chilenos.

A este esfuerzo le hemos llamado Frente Amplio. Un proyecto en construcción, diverso, que busca abrirse a toda la gente, los encantados y desencantados de la política. Que tiene como únicos límites la total autonomía respecto al poder económico y los poderes de la vieja política; y donde nos une la voluntad de, ahora sí, conquistar esa esquiva alegría prometida hace ya tantos años.