Hace once años que la revista musical Billboard celebra el papel de la mujer en la canción a través de “Billboard Women In Music”, evento que cada año destaca a una mujer por sus logros dentro de una industria que es principalmente comandada por hombres. En su última versión, el título a “Mujer del Año” fue otorgado a la dueña de siete premios Grammys y acreedora nuevamente del récord a la artista que más vendió en su último tour: Madonna. “Gracias por reconocer mi habilidad para continuar mi carrera por 34 años, enfrentando misoginia, sexismo, constante intimidación e implacable abuso”, dijo la cantante frente al podio al momento de recibir el premio.

En su discurso, la reina del pop recordó el inicio de su carrera y a quienes fueron sus mayores fuentes de inspiración: grandes mujeres como Debbie Harry y Aretha Franklin. Pero quien verdaderamente dejó en ella una marca fue David Bowie pues, a su juicio, encarnaba perfectamente tanto el espíritu femenino como masculino, ideal que ella soñaba con representar. Pensó que no había reglas. Y es cierto, aseguró, si es que eres hombre. Las mujeres deben aprender a jugar el juego, según ella.

Pueden ser bonitas, tiernas y sensuales, explicó la cantante, pero no muy inteligentes. No se les permite tener opiniones que salgan de los estándares, se les permite ser cosificadas, pero no ser dueñas de su propia sexualidad; se les prohíbe envejecer y, en definitiva, se les permite ser lo que los hombres quieren que sean y con lo que las mujeres se sientan cómodas.

A modo de ejemplo, Madonna recordó que al mismo tiempo en que a ella la llamaron puta, zorra y bruja por sacar material musical con referencias sexuales, Prince saltaba arriba del escenario en tacones, medias y con la boca pintada mostrando su trasero.

El discurso de Madonna ilustra en mayúsculas la gran diferencia que hay entre las libertades de hombres y mujeres en la industria musical, diferencias que además existen en la vida misma. En Chile, el escenario no es muy distinto.

“Siempre se evalúa primero lo superficial”

Con cerveza en mano, sentada en un galpón en Bilbao con Salvador, Vicky Cordero, vocalista de la banda Círculo Polar, espera su turno para ocupar la sala de ensayo que comparte con Medio Hermano, agrupación liderada por su excompañero de canciones en la difunta (y siempre recordada) banda La Reina Morsa, Juan Fernando “Mico” Rubilar. De fondo, las carcajadas del resto de Círculo Polar se mezclan con Arturo, el himno que dedica Medio Hermano a un perro sin dueño ni amo.

Si bien Vicky no ha visto el video viral del discurso de Madonna en los Billboard, entiende perfectamente de qué habla sin mayor explicación, pues ella lo ha vivido en carne propia. No sólo se trata de una diferencia de libertades entre géneros, sino de una imposición de cánones que la sociedad ha transformado en regla para las mujeres músicos:“Hay una diferencia con respecto a las exigencias que tienen las minas en relación a la música. Por lo general, nunca son cosas que tienen trasfondo artístico, siempre se evalúa primero lo superficial, como el tema físico”.

“Yo creo que pasa con casi todas las mujeres, pero cuando te expones públicamente recibes un feedback que es más amplio porque estás susceptible a opiniones y apreciaciones de un montón de personas que no te conocen. Entonces existen los comentarios en YouTube y todo ese tipo de cosas donde esencialmente siempre estás siendo evaluada por ese tipo de hueás”, agrega.

A mediados del 2009, Vicky y Mico, acompañados de Leo Saavedra (Primavera de Praga), formaron La Reina Morsa, banda de “letras llenas de animales y nostalgias juveniles”, describe en su página web el Sello Cazador, casa discográfica que los acogió y ayudó a lanzar sus primeros materiales. Ya por esos años Vicky sentía esta presión y exigencia que no veía en el resto de sus compañeros músicos. “Hubo muchas veces en que el Mico tocaba en traje de baño y camisa y nadie le dijo ni una hueá, jamás o ponte tú el (Cristóbal) Briceño que de repente toca con chalas o con buzo o con cualquier cosa y de nuevo, nadie le dice nada”.

“Cuando tocábamos con La Reina Morsa de repente veía comentarios en YouTube como: ‘¡Ohh no, está gorda!’ o ‘¡qué mal le queda ese vestido!’”, recuerda Vicky.

Es cierto que hay bandas que se presentan y caracterizan por tener cierta indumentaria y estética, pero esa es su decisión, no una imposición. Según ella, el cómo esté vestida o cómo se vea no es para nada determinante al momento de la interpretación misma. “A menos que estés tratando de tocar con esos tacos de Lady Gaga y no puedes apretar un pedal porque te vas a sacar la chucha”, fundamenta la cantante.

Y esto no se queda simplemente anclado a los comentarios de YouTube. “Hasta en contextos mucho más cotidianos me dicen: ‘No, Vicky si te ves bacán, pero en verdad si fueras más flaquita te verías súper bien’, ‘podrías hacer la hueá que quisieras’ o que me iría mucho mejor en la música si es que fuera como más mina, entre comillas, con respecto a los estándares establecidos. Esa hueá me la han dicho como desde que tengo diesiciete años y para mí es una falta de respeto. Nunca nadie me ha dicho como: ‘Mira, creo que para que te vaya mejor tal vez deberías tocar más, escuchar estos discos, podrías comprarte otra guitarra o usar otras cuerdas’, muy pocas veces en comparación a este otro tipo de comentarios”.

/ larata.cl

Arriba y abajo del escenario

Para Gonzalo García, vocalista de la banda Planeta No, la situación es completamente diferente. En sus presentaciones usa los labios y uñas pintadas, lleva una flor detrás de su oreja y en algunas ocasiones canta usando un sostén. En contraste a lo relatado por Vicky, “a nosotros no nos han dicho nada, por ejemplo, el Camo (Camilo Molina, bajista) puede que esté gordo o yo puede que esté muy flaco y no nos dicen nada. Muy pocas veces nos han dicho que estamos muy flacuchentos o que alguno está guatón, no corre para nosotros que somos hombres”.

Con respecto a su indumentaria arriba del escenario, vestimenta socialmente acordada a la mujer: “Con varios periodistas es una pregunta natural, alta complacencia que yo no quiero creer mucho. Y de repente me llegan preguntas sólo por curiosidad, que me parecen más honestas, sobretodo me gustan las reacciones en niños porque ellos tienen mucho menos filtro que los adultos, entonces me hacen ver, me dicen: ‘Oye, pero esto es de mujer, ¿qué onda?, explícame esta cuestión po’”.

Caso similar ocurre con Felipe Huerta, una de las voces y guitarras en Amarga Marga, que tanto en la calle como sobre el escenario usa uñas y labios pintados. Dos contextos en que las respuestas ante su apariencia contrastan. Por un lado, en la calle “hombres y mujeres se ríen o me insultan o me gritan cosas, pero yo no me puedo poner en el lugar de una mujer, porque no lo soy, sólo estoy utilizando algo que es visualmente acordado o acostumbrado exclusivamente para una, pero yo soy hombre y el tipo de juicio que me hacen los demás no es el mismo al que le hacen a una mujer”.

Mientras que arriba del escenario “nunca me han dicho nada. La gente en las tocatas, al menos de mi entorno, me ha tratado súper bien, quizás igual causo miradas y todo, pero yo me siento cómodo así. Si a mí me van a decir algo por cómo me veo, trato y espero que no me afecte porque es algo súper personal. Tampoco estoy intentando imponer algo o nada, lo hago porque me gusta cómo me veo. Pero no, no me han llegado críticas negativas”.

Además de estos dos contextos, existe un tercer escenario: Internet. En la red la seguridad y comodidad que otorga el anonimato invita a escribir cosas que difícilmente se mencionarían cara a cara. Felipe, por ejemplo, ha encontrado vídeos en YouTube con opiniones sobre el tema. “Yo tampoco sé la opinión directa de ese tipo, pero si fuese una opinión respecto a si parezco mujer o me pinto como mina o soy gay o algo así, creo que estaría súper equivocado en negar la validez de la música”, afirma.

El pasado año fallecieron importantes rostros del espectáculo que encarnaban, como decía Madonna, tanto el espíritu femenino como masculino: David Bowie, Prince y nuestro referente más cercano, el divo de Juárez, Juan Gabriel. Todos hombres. Sin embargo, al igual que Felipe, eran juzgados por el ojo público.

En palabras de Gonzalo García: “¿Juan Gabriel podría existir en la calle?, el arquitecto Juan Gabriel, el médico Juan Gabriel. ¿A tú papá le gustaría que te atendiera el médico Juan Gabriel?, ¿con la pinta de Juan Gabriel? No sé si le gustaría, a mí papá tampoco, no estoy culpando al tuyo. Yo creo que (encarnar tanto lo femenino como lo masculino) no está permitido para hombres, pero sí para hombres que funcionan en el entretenimiento, como los músicos. Y no está permitido para mujeres, quizás para mujeres que trabajan en entretenimiento, pero la batalla sigue estando mucho más perdida, porque mientras no se permita que haya Juan Gabriel en la calle, no es tan bacán que existiera Juan Gabriel en el escenario, son excepciones no más”.

Gonzalo García

Foto: Nicolás Martínez R.

“¡Arréglense más, sáquense provecho!”

Catalina Albornoz cursaba segundo año como estudiante de interpretación de canto popular en el Instituto Escuela Moderna de Música y Danza hasta hace tan solo unas semanas, hoy ya no estudia ahí. “Me cansé de la gente de mierda”, afirma. En referencia a las palabras de Madonna, Catalina hace un alcance que considera importante. Cuando la intérprete de Like a Virgin afirma que la industria hizo lo que quiso con ella, porque, a su juicio, el trasfondo en esto está en que primero debes gustarle a la industria.

Tienes que ser atractiva, por eso desde un comienzo a la mujer la buscan por la imagen, no por cómo canta. A mí se me hace difícil crecer en Chile porque siendo ‘gordita’ o por cómo me visto no me pescan. Una profe me exigía ser sensual al momento de cantar y yo en verdad no entendía por qué mierda tenía que hacer eso si no me nacía, pero al fin y al cabo eso es lo que vende. Al momento en que te contratan tienes que hacer todo lo que ellos te dicen”, comenta.

Durante los dos años que estudió en la Escuela Moderna, recibió infinidad de comentarios en relación a su físico y forma de vestir. Recuerda un episodio donde uno de sus profesores le dijo a ella junto a otra compañera que si no bajaban de peso nunca nadie las iba a llamar. Y eso, afirma Catalina, “lo veía mucho en la Escuela. Las minas que son flacas y altas tienen harto trabajo. ¿Crees tú que durante el 2016 tuve alguna pega? Subí de peso, pesaba ochenta y cuatro kilos y no me llamaron para nada”.

Otra profesora le criticó el labial morado que solía usar, indicando que si ella alguna vez encontrase un trabajo para sus estudiantes, no la consideraría a menos que se presentara vestida y maquillada de otra forma.

Exigencias impuestas que, nuevamente, corren solo para un lado. Catalina cuenta que “al momento de una presentación nosotras nos empezábamos a arreglar dos horas antes. Que el peinado, que el maquillaje, que los zapatos, etc. Porque si salíamos al escenario como solemos vestir, te bajaban la nota y todos hablaban de ti. Los profes al momento de darte una nota te decían: ‘mmm tu presentación personal estuvo ahí nomás, creo que deberías haber usado otro vestido u otro peinado’. Mis compañeros, en cambio, en zapatillas y a veces una camisa, pero eso pasaba casi nunca porque siempre andaban con polera y nada más. A nosotras nos decían: ‘¡arréglense más, sáquense provecho!’.

“Estamos disociados con nuestra sexualidad”

Para Vicky Cordero, esta diferencia de libertades radica principalmente en los estímulos. “La sociedad en que vivimos te está entregando (estereotipos) desde que eres niño, eso es lo que condiciona una reacción inconsciente con respecto a estas cosas (…) es una hueá que la ves en la tele, en las revistas, lo ves en que a tus amigos les gustan las minas que son de cierta forma, lo ves en que tu mamá te dice: ‘oye, no te pongas eso para salir porque se ve muy feo’. Yo cuando era chica tuve un montón de esas hueás porque usaba jeans y poleras de bandas desde que empecé a poder elegir yo mi ropa”.

Para Gonzalo, el problema nace desde que hay un sistema social estructurado que no se ajusta a la realidad. “Estamos todos disociados respecto de lo que podemos hacer con nuestros cuerpos y nuestra sexualidad y lo que creemos que podemos hacer. Nuestra creencia está equivocada. Es como si creyéramos que tenemos que andar solo en un pie y tendríamos el otro sobrando y cojeando. Estaríamos como: ‘chuta qué onda, hay un problema’. Que es lo que todos detectamos, hay un problema y estamos a ciegas po. Tenemos normalizada la situación, lo que radica en restringir nuestra sexualidad y llevarla por dos cauces heteronormados”.

Es difícil identificar y combatir un problema con antecedentes tan grandes, pues históricamente el hombre ha logrado posicionarse por sobre la mujer, logrando naturalizar lo evidentemente injusto. Según Gonzalo, esta lucha es un problema actual en su pensar, pues tampoco sabe qué hacer. Cree, sin embargo, que “lo primero es reconocer que uno es opresor, es como lo más básico, eso cambia harto el paradigma y no sé qué se hará para poder zafar de esa opresión, pero lo primero y más básico es reconocer que uno es opresor”.

Y es cierto que desde nuestra posición de privilegio como hombres es bastante cómodo pasar por alto estas diferencias. Pues muchachos, la contienda es desigual y no nos damos cuenta o preferimos correr la mirada.

Felipe Huerta, en tanto, insiste: que es cosa de contar las mujeres y hombres que participan en los grupos activamente. “Dentro de nuestro entorno, es mucho menor a simple vista y eso es algo que no es que yo luche por cambiar, pero trato de que se visualice, porque siendo hombre socialmente es difícil darse cuenta de estas falencias desde tu posición, porque en el fondo uno no sé da cuenta de eso. La música está mucho más enmarcada en un contexto varonil o socialmente masculino. Entonces no puedo ponerme en el lugar de la mujer, pero si puedo tratar como hombre de visualizar los problemas que se pueden conversar o analizar”.

Un perfecto respaldo a este argumento lo entrega Javiera Tapia, editora del portal musical POTQ.net, en su artículo “Mujeres y música: roles obsoletos, sexismo e invisibilidad”, donde entrega cifras sobre la composición de los festivales musicales más renombrados, como por ejemplo, la pasada edición del festival Lollapalooza Chile, donde solo once de un total de cincuenta y ocho shows incluían a mujeres dentro de su formación.

Fenómeno que se replica en diferentes festivales internacionales, como Coachella, donde por primera vez en diez años una mujer lidera el cartel de artistas invitados. El 2007 fue el año de Björk y para la presente edición será el turno de Beyoncé.

Javiera Tapia cierra su artículo con la misma pregunta que conjura este reportaje: “¿Existen diferencias para que hombres y mujeres se desarrollen en la música?”. Sí, las hay. Y no solo en la industria musical, porque también pasa en la calle, en la escuela, en la universidad y en tu trabajo.