Fueron días largos. De dormir poco y de ajetreo, de luces y de litoral. Del Hotel Sheraton a la Quinta Vergara, de ácida crítica social en pantalla a comentar las noches del Festival junto a sus “nietitos” en su popular cuenta de Twitter.

Así transcurrieron las extensas jornadas de Pamela Jiles Moreno, alias “la Abuela”, durante la semana del Festival de Viña 2017. Una edición donde Pamela dio que hablar desde su rol de panelista en Fiebre de Viña, el programa satélite del certamen en CHV.

Desde ese espacio, y fiel a su estilo, la periodista ha hecho lo que sabe hacer hace largo tiempo: imponer una mirada política en medio de la frivolidad farandulera. En esa línea, apoyó la protesta de los vecinos del campamento Felipe Camiroaga en el piscinazo de Kika Silva, reivindicó a Mon Laferte como la mejor artista de este año (a quien señaló como “muy superior a Isabel Pantoja”) e hizo finos análisis sociales de las rutinas de humor de cada noche de la Quinta.

En medio de la vorágine del regreso a Santiago de los equipos del canal, Pamela Jiles se dio un rato para analizar junto a El Desconcierto lo que fue el humor durante los seis días del festival. Para la periodista, este año nadie alcanzó “la densidad artística” que tuvo -por ejemplo- Natalia Valdebenito el 2016. Pero sí tiene un par de nombres para rescatar: Fabrizio Copano y Daniela Aguayo. El resto de comediantes cree que sufrían en el escenario y que “eso se nota y atenta contra su performance”.

-Las rutinas de humor en Viña se han convertido en grandes columnas de opinión y sirven como un termómetro de la sociedad chilena. ¿Cómo viste la relación entre humor y política en este festival?
-En los libretos, casi siempre escolares, binarias y carentes de inteligencia. El humor debe incomodar para tener categoría y trascendencia. Sólo la presentación de Daniela Aguayo subvirtió el orden y chasconeó al establishment.
A mi juicio, el Festival es un atrio semiótico mucho más expresivo de la cultura que el Teatro a Mil o la Muñeca Gigante. Allí irrumpe lo plebeyo y se contrapone al discurso hegemónico de una manera dramática, altisonante, imposible de obviar.

-¿En qué sentido Chiqui Aguayo chasconeó al establishment? ¿Lo dices por las críticas que la acusan de ser vulgar?
-Daniela Aguayo viene trabajando hace tiempo con el lenguaje de la marginalidad. Dirigió una joya de la dramaturgia chilena contemporánea, “Las niñas araña”, que rescata muy vitalmente la poética del coa, y pertenece al colectivo Central de Inteligencia Teatral. Es decir, me parece que Aguayo instaló ex profeso una perspectiva que está en las antípodas del poder, que pertenece más bien a los explotados, a los proletarios, la “chuZma”, los “sin monea”. Ella asume posición y se planta ideológicamente, culturalmente, del lado de “los flaites”. Convierte en atributo el no profesar la moralina prepotente y represiva de la clase dominante.

-A mucha gente le chocó escuchar a una mujer joven hablando a chuchada limpia en TV.
-Ella subió al escenario con sus lunares peludos, su escatología y su desparpajo, puso patas pa’rriba a los guardianes del decoro y las buenas costumbres. Y, lo más notable, no pidió disculpas ni se victimizó frente a la andanada que se le vino encima de parte de los medios más conservadores. Muy por el contrario, profundizó su relato y generó debates medulares.

-¿Y qué te pareció Fabrizio Copano? Su rutina ha sido considerada la más sólida de este Festival.
-Copano mostró recursos actorales, seguridad, desplante y sofisticación escénica. A partir de una presencia minimalista fue ocupando el espacio conceptual de manera fresca, inteligente y estética, desplegó capacidad de improvisar y divertirse con lo que ocurría allí. No entiendo muy bien qué hace radicado en Estados Unidos. ¿Por qué no se va a Bolivia o a Ecuador que están mucho más vivos? Es raro eso.

La ideología del humor

Fuera de lo que ocurrió en el escenario de la Quinta Vergara, una de las polémicas más comentadas fue el round que enfrentó a Pamela Jiles con Checho Hirane en el panel de Fiebre de Viña el martes 21, en la previa de la segunda jornada del Festival.

La discusión comenzó porque Hirane -reservista del Ejército y conductor de Radio Agricultura- criticó la “denostación a las Fuerzas Armadas”, a propósito del chiste de Juan Pablo López que hacía alusión al multimillonario robo del Fondo Reservado del Cobre develado en el “Milicogate”.

Mientras se comentaba la rutina de López, Jiles emplazó a Hirane a explicar su posición tras afirmar que él no era pinochetista, pese a haber visitado en la cárcel al ex agente de la DINA Miguel Krassnoff. Ahí se generó una polémica a la que los conductores Francisca García-Huidobro y Julio César Rodríguez trataron de bajarle el tono con bromas.

El suceso fue ampliamente comentado en redes sociales. Los seguidores de Hirane comentaban que el humorista dejó callada a la ex periodista de Revista Análisis y de que Jiles había arrugado. Al mismo tiempo, sus “nietitos” la defenieron con uñas y dientes y acusaron a CHV de censurar la crítica a las Fuerzas Armadas.

-En la polémica con Hirane pareció que fuiste algo censurada. ¿Cómo te sentiste frente a eso?
-En el panel estamos jugando todo el tiempo. Somos un equipo afiatado y maduro. Tocamos todas las teclas. Mi tarea en ese espacio es preguntar lo que corresponde desde el periodismo y hacer un análisis de industria asertivo en un contexto misceláneo. Y me parece que dijimos todo lo que era necesario, considerando que Fiebre de Viña era un programa satélite del Festival donde se promocionaba a los artistas invitados. Hoy es un espacio donde nos reímos, participamos de la fiesta, hacemos comedia, pero también asumimos la contingencia. Gracias a eso el público nos prefirió claramente y alcanzamos 15 puntos de peak.

-¿Por qué un icono del humor pinochetista como Checho Hirane sigue estando en la palestra el 2017?
-No me parece que siga estando. La rutina de López lo revivió. Logramos tenerlos ese mismo día sentaditos uno al lado del otro. Y tuvimos la suerte de que Hirane declarara ahí que no es pinochetista. Un “manjarshhh”.

-¿Te gustó la rutina de Juan Pablo López?
-Tiene algo de payaso triste ese López, como Garrick que dice “el carnaval del mundo engaña tanto; que las vidas son breves mascaradas; aquí aprendemos a reír con llanto y también a llorar con carcajadas”.

-José Miguel Viñuela criticó el show de López al mismo tiempo que alababa el humor que hacían comediantes noventeros como Dino Gordillo u Óscar Gangas. ¿Crees que hay una añoranza a un tipo de humor más apolítico?
-No hay humor apolítico. No hay contenidos apolíticos en ningún orden. Hoy se debate justamente sobre si lo que hemos llamado “humor familiar, blanco, transversal” es realmente aséptico, en tanto da cuenta de la ideología oficial: mujer cosificada y sin vagina, niños que no escuchan garabatos, miedo a la realidad, clasismo, encubierta homofobia, nostalgia del orden y subordinación a las instituciones de la elite.

¿Por qué se ataca a un humorista que pone en el tapete a los militares y se recuerda a otros que hacían chistes burlándose de homosexuales y del rol de la mujer?
En palabras de Álvaro Bisama -el crítico más lúcido de nuestro medio-, porque “se pone en evidencia el lazo concreto del evento con el mundo que lo contiene, sacándolo de esa burbuja de corrección y glamour falso que parece que lo justifica”.

-Ja Já Calderón fue el exponente de un humor más conservador. Comparó a Camila Vallejo con mayonesa casera y dijo que los vagos quieren todo gratis, ¿crees que este tipo de humor sigue teniendo buena recepción y cabida en el Chile de hoy?
-Ja Já Calderón no merece ni siquiera una reflexión. Es un humor intrascendente y paupérrimo.

-El público de la Quinta abuchea cuando se mencionan los casos Penta o Caval, y al parecer hay indignación, pero las personas siguen sin organizarse ni hacer nada ante esto. ¿Crees que el humor tiene algo que aportar para ayudar a cambiar las injusticias que existen en nuestro país?
-Vamos avanzando. Hoy queda en vergüenza la periodista que dice “los pobladores empañaron el piscinazo”. Distinguimos cada vez mejor al enemigo principal. A veces pienso que lo tenemos rodeado, en el suelo y sólo falta una chispa.