Digo esto y no sé si me estaré condenando al ostracismo, pues pareciera ser que -tras este pasado fin de semana- en este país las personas se dividen entre las que asistieron y las que no asistieron a la celebración del cumpleaños del multimillonario Leonardo Farkas. Al parecer se trató de un evento imperdible, a juzgar por la cantidad de portadas, titulares y notas que acaparó. Me entero que se trataba, en el fondo, de una fiesta del centenario, porque tanto él como su esposa cumplían medio siglo de vida. Los invitados fueron insignes miembros de esa fauna denominada farándula. Los costos del fiestón, hiper mega extra exorbitantes.

Yo no asistí a su cumpleaños (tampoco me invitaron, hay que decirlo). Pero sólo saber de él me ha producido una mezcla poco digerible de: estupor, rabia, pena, indignación y vergüenza ajena. Podría decir algunos lugares comunes: que cómo este derroche frente al hambre en el mundo, que los niños de África, que los deshielos en el ártico, en fin. Podría decir que es un gasto grosero en forma de bofetada para quienes ganan el sueldo mínimo. En forma de risotada potente frente a los jubilados que intentan sobrevivir cada mes con sus pensiones de risa. Se podrían decir muchas cosas.

Muchos podrán decir también que exagero; que para qué ser tan graves; que finalmente, cada uno hace con su dinero lo que le da la gana; que el cumpleañero tiene derecho a disfrutar sus millones como le plazca; que es un emprendedor (detesto esta palabra), más visionario e inteligente que el resto para haber amasado esa fortuna; que el que puede, puede; o, peor aún, que el que quiere, puede. Sin embargo, todas estas son explicaciones simplistas que sólo contribuyen a legitimar la desigualdad bajo argumentaciones espurias e infantiles.

Lo que me indigna de esta historia es que existan hombres como Farkas, fetiches de un sistema económico que es capaz de generar estos niveles indecentes de acumulación de riqueza en tan pocas manos. Lo que me apena es sentir que estamos vencidos y rendidos antes un neoliberalismo que produce monstruosidades. Lo que me indigesta es que -más encima- la prensa destine horas a cubrir eventos como el cumpleaños de este multimillonario dorado que nos considera borregos. Sí, porque por un lado exhibe su poderío en forma de derroche grotesco y, por otro, lanza billetes al aire para congraciarse con los perdedores del relato neoliberal. Lo que me avergüenza, para colmo, es que haya personas dispuestas a recibir sus migajas. Caridad indigna en envoltorio de filantropía barata. Pan y circo.

Pero las paradojas son también parte de esta historia rechinante: justo este mismo sábado, mientras el señor y la señora Farkas celebraban en Miami sus cien años, esa misma madrugada, moría en París Ángel Parra, aquejado de un cáncer de pulmón desde hacía ya tiempo. Su voz fue parte de la banda sonora de la historia de este país, pero de esa historia decente, donde tenían cabida sueños de justicia social para todos. En el otro extremo de la farkasización de este fin de semana están los Parra, que han amado y dignificado a Chile entregando arte en sus más diversas manifestaciones. Yo prefiero -para no llorar de pena y de vergüenza- quedarme con este clan, con Violeta a la cabeza, con este centenario y con estos versos que aún resuenan fuerte en la voz de este Ángel que debe estar volando al encuentro de su madre: “Y ahí veo al hombre, que se levanta, crece y se agiganta…”.


Doctora en Filosofía, Académica Universidad Católica Silva Henríquez