Un 41% de avance. Esa es la cifra que el intendente de Atacama, Miguel Vargas, entregó hoy 25 de marzo. “El proceso de reconstrucción en la Región de Atacama avanza conforme a lo planificado”, señaló.

A dos años exactos del aluvión, menos de la mitad de las obras de reconstrucción se han llevado a cabo. Desde la Intendencia dicen que el plan estará concluido el 2020, que ya se han invertido cerca de $200 mil millones, que los servicios de agua potable, alcantarillados y conectividad terrestre funcionan con normalidad y que ya se han adjudicado un total de 5.900 viviendas.

“Estamos en la etapa de diseño de las obras, éstas duran 6 años para su construcción, pero nosotros queremos acortarlo a la mitad. El compromiso que tenemos es que al final de este gobierno dejaremos listos los diseños”, añadió Vargas.

Mientras el gobierno entrega cifras oficiales, la conmemoración de una de las tragedias más grandes que azotó al Norte Grande de Chile sigue guardando historias que los grandes medios pasan por alto. En Copiapó, Chañaral, Alto del Carmen, Tierra Amarilla y Diego de Almagro, los lugares más afectados por el aluvión, son miles las familias que aún esperan por volver a su vida antes de aquel fatídico 25 de marzo del 2015.

El espíritu de rescatar esas historias anónimas fue el móvil que llevó a Jonás Romero Sánchez (25), joven periodista de la Universidad de Chile, a realizar “Crónica de un aluvión”, el libro que lanzó este años bajo la editorial Cinco Ases y que narra con una admirable rigurosidad periodística lo ocurrido antes, durante y después de la catástrofe.

Con una prosa que no requiere de adjetivos ni clichés para ser estremecedora, Romero revive el suspenso, el terror y el desamparo del aluvión con una minuciosidad heredera de grandes escritores de no ficción como Juan Villoro, Ryszard Kapuscinski o Gabriel García Márquez, aunque ninguno de estos autores es necesariamente un referente de Romero.

No obstante, a lo largo de la narración se recrean atmósferas que recuerdan a las de algunas obras de García Márquez: pueblos sumergidos en el abandono, donde el tiempo transcurre lentamente y donde la resignación es la sensación que prima en el día a día de sus habitantes (“para quedarse a vivir en Chañaral, hay que ser valiente, romántico o hueón”, dice el cronista en una de las frases para el bronce que tiene el libro).

Jonás es un periodista inquieto, con pasión por las historias y con una prolijidad que amalgama con su pluma ágil e intensa. Con tan sólo 25 años ya ha escrito para The Clinic, La Cuarta, La Hora y HoyxHoy, el medio en el cual hoy trabaja.

Ese entusiasmo y talento fue lo que llevó a la editorial Cinco Ases a interesarse en publicar este libro, el cual se lanza este jueves 30 de marzo en el Café Literario de Santa Isabel, en Providencia. Las mismas virtudes que llevaron a El Desconcierto a querer conversar con Romero sobre cómo dio vida a un relato como éste, tan necesario para un país de tragedias como el nuestro.

¿Por qué decidiste escribir un libro sobre el aluvión? ¿Por qué te interesó ese tema?

Cuando pasó el aluvión, yo estuve todo el día pegado a la tele. Hacía algunos años yo había viajado por a Atacama con dos muy buenos amigos, y era un poco terrible ir reconociendo todos los lugares en las noticias.

Creo que fue la misma tarde del 25 de marzo cuando mi polola de ese entonces sugirió que me fuera para el norte a reportear, y usara el tema para mi memoria de título de periodista.

En dos días armé un itinerario bien rudimentario de lo que quería saber, porque obviamente no cachaba mucho, me compré unos zapatos de seguridad –de esos que pegan unos puntetes bacanes- y partí con una compañía de bomberos, la 5° de Conchalí, a Paipote. Me terminé quedando casi dos semanas, entre Copiapó, San Antonio y Chañaral.

¿Cómo fue el proceso de reporteo para dar vida a este libro?

Para el reporteo viajé dos veces a Atacama, la primera junto a los bomberos, y luego solo, ocho o nueve meses después de los aluviones.

Al comienzo del primer viaje alojamos en una casa en Paipote que se había salvado medio de milagro, y luego me fui solo a Chañaral, donde me dejaron alojar en el Liceo Federico Varela, que funcionaba como albergue para los damnificados y voluntarios que iban llegando. Ese primer reporteo estuvo más marcado por la emergencia: estaba la cagada y media, nadie tenía agua en ningún lado, y uno se sentía medio torpe tratando de hacer entrevistas cuando las personas usaban todas su energía en palear el barro, o buscar a un familiar perdido. Entonces, quedó ayudar nomás. Agarrar una pala, o hacer un turno en los campamentos de emergencia. Entre medio de eso, en los descansos, fumar y conversar.

Antes de dormir me preocupaba de anotar todo lo que había visto en un cuaderno, donde empezaba a pensar más en lo que finalmente iba a contar.

El segundo viaje fui más ordenado, consciente de lo que necesitaba para completar el libro. Las cosas estaban en orden, entonces podía moverme y hablar con más confianza. Me acuerdo que ambos viajes los hice con muy pocas lucas.

¿Cuáles fueron tus referentes literarios o periodísticos a la hora de escribir este relato de no ficción?

Hay un libro que me gusta mucho, y que tuve en la mochila casi todo el tiempo que tomó escribir el libro. Se llama Hiroshima, de un periodista gringo, John Hersey. Es un reportaje que Hersey publicó poco después de que Estados Unidos lanzara la primera bomba nuclear sobre Hiroshima, Japón.

Pero la gracia es que Hersey, gringo y todo, entró en la cotidianeidad y las minucias más íntimas y a veces absurdas de la vida de un grupo de japoneses, en los días, horas y minutos antes de que se lanzara la bomba; y obviamente todo lo que les pasa a ellos después. Lo otro es que las personas no aparecen victimizadas, y eso es algo súper difícil de lograr cuando se tocan tragedias. Es muy fácil caer en la cebolla. Pienso que contar la historia de alguien –con sus defectos, malas caras, etc- no hace menos válido lo que les pasó.

Haciendo el libro, conocí a un matrimonio del valle de Copiapó que me contaron toda su vida, pasé con ellos una tarde entera. Después que me fui, supe que los hueones eran hiper conocidos en todo el valle por vender pasta base en su casa. Y me cagué de la risa. Uno no debiese esconder esas cosas, porque no creo que los haga más o menos merecedores de que un aluvión les pase por encima. Es un poco como la respuesta que dio Nabila Rifo en el juicio, “ya, todo esto me pasó, y efectivamente trabajé como mesera en un topless, ¿de verdad qué tiene que ver eso con que me hayan sacado los ojos?”.

Una mirada más justa

“Crónica de un aluvión” está dividido en dos partes. La primera se llama “Copayapu” y cuenta lo ocurrido en las localidades que rodean el cauce del Río Copiapo. La segunda se llama “El Salado” y se centra en los pueblos adyacentes al río del mismo nombre.

Jonás es una persona muy empática, cuestión que lo vuelve no sólo un gran reportero, sino también un gran cronista. El joven periodista nunca deja de velar por la dignidad de los personajes que retrata, aún cuando estos estén en constante fragilidad. Así lo denota al recordar cómo fue pasar tiempo con los entrevistados que aparecen en este libro.

“En algunos casos, se dio algo más cercano, de compartir horas y días. En otros, y por el evidente dolor que les provocaba recordar ciertas situaciones, la relación fue más bien breve. Hubo entrevistas que me costaron un montón, por lo doloroso de todo”, recuerda.

A través de la crónica (las crónicas) aparecen varias historias personales que están hilvanadas por el aluvión. ¿Por qué la idea de estructurar el texto de esa forma?

Acá había otros temas que quería tocar además de las historias de estas personas; el secado de los ríos en Atacama, el problema de los relaves y las consecuencias de la gran minería en la salud de personas que viven en un pueblo perdido en el desierto. Traté de escribir de una forma en que pudiera contar todos esos temas, y al final espero que haya salido bien.

De acuerdo a tu experiencia en el reporteo y la escritura, ¿cómo viven hoy los habitantes de las ciudades que sufrieron el aluvión? ¿Hay algo que cambió en ellos o entiende que el desastre fue el sino del abandono al que estas localidades han estado expuestas durante años?

Evidentemente, algo cambia. Primero, en la superficie: las cosas de tu pueblo o, en algunos casos, las personas que conocías, ya no están. Y pienso que es algo fuerte reponerse de eso. En Chañaral, por ejemplo, la calle Merino Jarpa, que es donde estaban todos los negocios y tiendas de ropa y donde uno podía ir a tomarse un helado con los amigos del liceo, no pudo reabrir en 8 meses, más o menos, y eso afecta una rutina, pega más de lo que alguien podría creer.

En el segundo viaje me encontré con varios temples, siempre hay gente optimista, que se pone la familia al hombro, pero también hay una procesión interna. Muchas personas me hablaron de una “depresión silenciosa”, y chuta, en muchos casos yo la vi. En familias que tenían que vivir en una casa de 10 metros cuadrados construida en un peladero afuera de la ciudad, con el viento del desierto haciéndote cagar el ánimo. Claro, pasa algo con el tema del abandono.

En algunos casos, el aluvión sirvió como una oportunidad para instalar otros temas: en Chañaral agarró más fuerza la lucha ecológica de decir, cresta, nos pusieron una piscina de relaves gigante en nuestra playa y hemos tenido que vivir con enfermedades desde hace más de 50 años. Y ahí fue el hueón del Lagos a tirarse un piquero, a “reinaugurar” la playa tras una supuesta limpieza, y limpieza mis pelotas. Yo vi el concentrado de cobre que salía de la tierra en la playa. Allá escuché una talla muy buena que usan para referirse a Lagos “aún debe estar rascándose las alergias el viejo ese”.

A dos años del aluvión, ¿crees que las autoridades y el gobierno han estado a la altura de la reconstrucción?

Al menos desde el Estado -y con el dolor que me da reconocer eso-, yo creo que no. En un comienzo, como tras toda catástrofe, la ayuda y los ministros y los comités y todo lo administrativamente posible. Después, todos se retiran y dejan un saco de plata a la municipalidad para que la administre y, chuta, de a poco la plata se va haciendo poca, si me entiendes. El año pasado hablé con el senador Prokurica, con quien puedes tener todos los reparos del mundo, pero me decía que no se había entregado una sola (¡ni una!) vivienda definitiva. Creo que eso lo dice todo.

En Chile las catástrofes suelen ser temas nacionales, pero pasado un tiempo todo el mundo se olvida de ello y no hay un seguimiento a lo que ha pasado después. ¿Tu libro viene a cubrir un poco esa deuda?

Yo no diría que a cubrir una deuda, pero evidentemente era una de mis preocupaciones mientras reporteaba. Acá en Chile –aunque siendo justos, no sé si en otro país sea distinto- las catástrofes suelen ser temas súper teletonescos, muy susceptibles de banalizarse, y por fines muy mezquinos.

Me acuerdo del Martín Cárcamo, quien para una réplica del terremoto en Iquique hizo el show de subir a una señora en silla de ruedas cerro arriba, obviamente con la cámara prendida transmitiendo en vivo, mientras los familiares de la señora le decían “ya, para el hueveo”. Charchísimo, po.

En ningún caso la cobertura o el interés por un desastre dura más de dos semanas, después de eso viene el abandono, que especialmente en regiones, es una hueá terrible.

Eso sí, hay una frase del periodista chileno Cristian Alarcón, que dice algo como que un relato de no ficción, una gran crónica, puede devolverle al público una visión más justa del mundo. Creo que, en mi fuero interno, sí intenté entregar una mirada más justa. Hablar de personas sobre las que no se hablaría si no hubiesen tenido la mala suerte de estar ahí.

Crónica de un aluvión
Jonás Romero Sánchez
Editorial Cinco Ases
99 páginas
Precio de referencia: $7.000