“Una feminazi es una mujer que cree que lo más importante en la vida es asegurarse de que se practiquen tantos abortos como sea posible”. La oración, escrita por el locutor radial y conservador republicano Rush Limbaugh en 1992. Buscaba vincular la lucha por la legalización del aborto con el holocausto en la Segunda Guerra Mundial. Desde entonces el término se ha popularizado para criticar al movimiento feminista e, incluso, a cualquier mujer que tenga alguna postura firme.

Este fue el caso de la joven española que alcanzó todos los portales de noticias en el mundo al encarar y grabar a un acosador que se masturbaba observándola en la playa.“Este tío que estoy grabando se está pajeando mientras me mira en la playa”, relataba. Desde que el video se viralizó la joven de 23 años comenzó a recibir todo tipo de insultos en su cuenta personal de Facebook, según comentó a medios españoles. El más repetido, por supuesto, era “feminazi”.

Holocausto y aborto: una relación espuria

La feminista, periodista y judía estadounidense Gloria Steinem ha dedicado amplios párrafos a criticar el concepto. Según recuerda Steinem en su libro “Actos indignantes y rebeliones cotidianas“, asociar al nazismo con el feminismo es un absurdo histórico. El movimiento feminista alemán, conocido por referentes mundiales como Clara Zetkin (también militante de la Internacional Comunista) o Helen Stocker, fueron perseguidas y debieron huir del país.

El vínculo conceptual entre holocausto y legalización del aborto es aún más espurio, según Steinem. Esto, ya que el gobierno de Adolf Hitler cerró las incipientes clínicas de planificación familiar y declaró el aborto como un crimen contra el “Reich”, en la lógica de que si lo importante era la supremacía de la raza aria las mujeres tenían la obligación moral con la patria de parir.

La idea de que las feministas busquen la mayor cantidad de abortos también es una falacia de Limbaugh, lo que no es de extrañar tomando en cuenta que el conservador hoy apoya al presidente de los EE.UU, Donald Trump, quien ha hecho de los “datos alternativos” el eje de sus relaciones públicas. En todos sus estallidos sociales el movimiento feminista ha abogado, globalmente, por educación sexual para prevenir los embarazos no deseados, así como porque el Estado entregue herramientas gratuitas de planificación familiar. A nivel latinoamericano esto se condensa en la famosa consigna: “Educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar, aborto legal para no morir”.

La guerra de Hitler contra las mujeres

Las mujeres, tanto judías como no judías, fueron víctimas permanentes de la política nazi. Esto, porque tanto a nivel de políticas públicas como a nivel de estatus social la condición de las mujeres alemanas se vio muy deteriorado en el orden del III Reich. Aún así hubo famosas mujeres en la jerarquía nazi, como Eva Braun, Leni Riefenstahl, Magda Goebbels e incluso la cantante chilena Rosita Serrano. También son famosas las historias de las aufseherinnen o guardianas de los espacios femeninos en los campos de concentración, que pese a que por ser mujeres no podían ser parte de las SS, sí cumplieron su rol a cabalidad.

Actualmente existe un debate historiográfico sobre el uso de la violación como crimen de guerra durante el holocausto, ya que por la falta de testimonios al respecto es difícil estimar su real alcance. Pese a eso los nazis tuvieron incluso un campo especialmente dedicado a las mujeres, el de Ravensbrück, situado a 90 kilómetros de Berlín, que fue liberado por el Ejército Rojo de la Unión Soviética el 30 de abril de 1945. En Ravensbrück llegaron a ser recluidas 150.000 mujeres, entre ellas miembros de la resistencia, comunistas, académicas, miembros de la comunidad romaní y el pueblo gitana, lesbianas, prostitutas y otras mujeres que no se ajustaban a los ideales nazis de femineidad. Alrededor de 20.000 eran judías, siendo la mayoría polacas. En el lugar murieron 50 mil mujeres.

En Ravensbrück tuvieron lugar experimentos aberrantes respecto a la capacidad reproductiva de las mujeres, como ensayos de mecanismos de esterilización masiva dirigidos especialmente contra un grupo de 70 judías polacas. Entre otras prácticas, se les inoculaban enfermedades venéreas para estudiar sus efectos, se las hacía perder la menstruación y se les alteraba el sistema hormonal.

A partir de agosto de 1941, la cosa empezó a empeorar en Ravensbrück: cada día morían unas 80 internas por enfermedades relacionadas con el hambre. Las prisioneras judías empezaron a ser deportadas a Auschwitz en el verano de 1942.

Recién a partir de 1990 la historiografía empezó a rescatar estas historias. Esto se debe, por un lado, a que Ravensbrück estuvo largo tiempo cerrado para los historiadores occidentales que escribieron sobre el holocausto al haber quedado ubicado dentro de la República Democrática Alemana (RDA) y el polo soviético -por el tabú que existió mucho tiempo sobre la violencia sexual política- pero también por la falta de relevancia que se le da a las mujeres en la historia en general.

“Los que estaban en el este no olvidaron a Ravensbrück, pero lo presentaron como un centro de resistencia comunista, de manera que el recuerdo de las mujeres occidentales y las judías desapareció por completo de la historia. También desapareció la historia de las alemanas que estuvieron ahí al principio, que es una de las más olvidadas de todas”, ha declarado la historiadora Sara Helm, autora de “Si esto es una mujer“, haciendo eco a la célebre obra de Primo Levi “Si esto es un hombre”, que describe su arresto por ser miembro de la resistencia antifacista italiana y su encarcelamiento en el campo de exterminio Auschwitz.

Helm destaca en la memoria de la lucha contra el nazismo a mujeres como la austríaca defensora de los derechos de la mujer, miembro de la Resistencia y socialdemócrata Rosa Jochmann; la feminista socialista de Austria Läthe Leichter o la de la alemana Elsa Krug, una prostituta que se rehusó a golpear a sus compañeras de prisión.