Hace unos días, mi hermana que vive en California me envió el video de un discurso de Mélenchon en lo que podría ser el puerto de Marsella. El hombre hablaba con soltura ante una multitud enorme y la cámara enfocaba a ratos el mediterráneo y en ocasiones la antiquísima arquitectura de piedra y la multitud entusiasta.

Lo escuché y no hubo ninguna frase que resonara como los lugares comunes banalizados del discurso político. Incluso si habló del pueblo lo hizo como si el pueblo de ahí y la palabra pueblo se estuvieran encontrando por primera vez. Habló del mar, del mediterráneo, de su historia y de su drama. Habló de los naufragios de inmigrantes con una compasión auténtica y desnuda. Él estaba ahí, a orillas del mar hablándole a la cara. No era un discurso de archivo y aunque ninguna imagen era nueva, el conjunto de su voz, su cuerpo pequeño y el entorno en el que circulaba su aliento; todo en esa filmación y en el discurso a los insumisos era inspirador.

Gracias por la alegría que viene de ustedes/ Somos la Francia generosa que empieza el día recordando la libertad, la igualdad y la fraternidad/ Aquí, antes que nosotros han marchado otros sobre cuyos pasos danzamos hoy día/ Usemos el humor cada vez que podamos porque es el mejor anticoagulante que conocemos/ La rebelión es el carburante de la vida en común/ 

Mélenchon movilizaba las palabras como si estuviera disponiéndolas en una formación en la que los sonidos y las personas se mueven juntas en el oleaje. No piensen en la figura del surfista dominando la ola. Aquí la gente y el orador estaban unidos por una intuición que los mueve al ritmo de una palabra que se ha ido despejando y aligerando a medida que ha sido llamada para reinventarse.

No escuché la retórica quejumbrosa de la vieja izquierda ni el discurso alegórico que es de esperarse de los escasos recursos de lenguaje disponibles para los que quieren cambiar al mundo o hacer valer una justicia menospreciada. No era un discurso de metáforas directas y moralizantes. Era, tal vez porque esa sea la herencia francesa, un recorrido entre conceptos e imágenes que producen en su enlace esa soltura que es el reverso poético del racionalismo francés.

Si había una entonación lírica en la voz de Mélenchon, no era la entonación épica del libertador sino más bien una tonalidad de colorido emotivo y reflexivo. Lo escuché hablar de lo que le importa y de lo que interesa a los franceses, como si su vecindario incluyera todas las dimensiones de los viejos negocios, los antiguos conflictos y los muchos devenires de la adversidad.

Cuando Mélenchon apela a la República y a su reforma, lo hace desde la intimidad de una tradición francesa que está forjada en el dolor de un largo paso por la muerte. Lo hace desde el pacifismo, la hospitalidad y la reivindicación de la soberanía ciudadana. No lo hace como la derecha chilena que en la pobreza de sus ideas, evita referirse a la democracia y esconde el autoritarismo que añora, en una denominación republicana de oídas, de claustro o de opereta académica.

Mélenchon muestra como el cambio de la política implica transformaciones en el lenguaje. No en lo que se dice sino en el modo de decir y en los mundos que se abren a través del lenguaje para lo que vemos y lo que queremos. He leído que Mélenchon es un Bolivariano. Pero el tipo me ha parecido más un libertario que un libertador o un estatista.

Es la amplitud del lenguaje lo que permite a Mélenchon hacerse cargo, desde la insumisión y la insistencia en la libertad, de todos los aspectos de los problemas políticos de los franceses. Habla de problemas pero apela a la alegría. Habla de rebelión pero puede hacerlo en nombre de la razón y de la responsabilidad.

El mundo que se abre cada vez que este hombre deja de lado la deriva autocentrada y perseguida, -propia de la función del candidato-, es un mundo de vínculos amables e inesperados. Mélenchon es un político capaz de conciliar la épica con la vida cotidiana, la revolución con la administración y la ciudadanía con la representación. Probablemente sea además, capaz de hacer un gobierno eficiente y de grandes reformas democráticas.


Director Fundación Chile Ciudadano