Adelantando sus campañas electorales, los candidatos comienzan a dar luces sobre sus políticas de gobierno y entre las más populares aparece inevitablemente el tratamiento de la migración.

Nuevamente fuimos testigos del populismo del ex presidente y actual candidato de Chile Vamos, Sebastián Piñera, en un seminario organizado por El Mercurio de Antofagasta. No sorprende que los dichos en este evento estén marcados por una visión restrictiva y añeja de las migraciones, la misma que se plasma en su vanagloriado proyecto de ley.

No es casual que haya relacionado una vez más la migración con hechos delictuales en una ciudad en la que se han vivenciado importantes sucesos marcados por el racismo. Lo que sí aparece como una novedad es esa mirada positiva de la migración, que revela una asesoría política “progresista”.

Durante el año pasado pude participar en un debate, organizado por una universidad privada de la capital, donde un cientista político, perteneciente al Instituto Libertad y Desarrollo, planteaba la importancia de abrir las puertas a la migración, pero no a cualquier migración.

Se refería expresamente a la migración calificada, la que llega al país en avión y que viene a cubrir las brechas de profesionales y que tanto ahorro le genera al Estado.

También se refería a la mano de obra poco calificada que debiera estar feliz por ganar el sueldo mínimo en nuestro país, pero que trabaja. Claro, porque para ellos, hay migrantes que no quieren trabajar.

Como si lograr obtener un contrato laboral en Chile fuera algo fácil para un migrante, al punto de que muchos de ellos pagan por tener un contrato, que les permita optar a una visa y vivir relativamente tranquilos en Chile.

Como si no costara mantener vigente una visa sujeta a contrato o por motivos laborales, ya que se requiere de un contrato para renovarla que no siempre se tiene, o porque se venció el plazo y no se alcanzaron a reunir los requisitos, comenzando a acumular el monto de la multa.

Como si el cobro de multas no fuera excesivo y extremadamente castigador, empujando a las y los trabajadores migrantes a la vida en clandestinidad, al trabajo informal y a la exposición a todo tipo de abusos (Leiva, 2016).

Cómo si ingresar al país no estuviese marcado por las arbitrariedades del control migratorio, me refiero a la exigencia de una “bolsa de viaje” que no existe en ninguna normativa, entre otras prácticas que hemos estudiado (Liberona, 2015).

El paradigma de las migraciones, que propone el candidato Piñera es totalmente inconducente en los tiempos actuales. Por un lado, da continuidad a la doctrina de la Seguridad Nacional – alma del Decreto de Ley 1.094 que regula actualmente la migración-, pero oculta una realidad indiscutible y es que en tiempos de globalización no se pueden controlar las migraciones, no existen vayas, muros, cercos, ríos bravos, mares mediterráneos, ni alambres púas que frenen el ímpetu de las personas por ejercer su derecho a migrar…o a sobrevivir.

“Por qué tenemos que dejar entrar cosas [sic] que le hacen mal al país. Puedo decidir quién quiero que entre a mi país”, dijo Piñera. ¿No es esta frase de una arrogancia ignorante? Como si los Estados y sus mandatarios tuviesen esa capacidad.

Los impedimentos del ingreso de migrantes a Chile no frenan las migraciones, sólo vulneran las condiciones de ingreso de las personas, afectando sus derechos y, con ello, aumentando los riesgos vitales.

No está demás, que en 2016 murió una mujer dominicana en la frontera, víctima del tráfico de migrantes, pero por qué no decirlo también víctima de lo que Sassen diría, la fronterización de nuestro país.

También viene a bien recordar el legado de los históricos litigios fronterizos con Perú, que atentan contra la integridad de las personas hasta el día hoy cuando un migrante -víctima del orden fronterizo de las cosas, como diría Gloria Naranjo (2015)-, pisa una mina antipersonal, como el caso del joven dominicano, que a mediados del año pasado perdió su pierna.

La mediatización de estos dichos, sólo promueven la criminalización de las migraciones. No está de más señalar que las investigaciones en comunicación plantean de manera generalizada que los medios de comunicación generan un discurso ideológico al entregar hechos y acontecimientos presentados como “verdades” (Van Dijk 2002, 2006, Witker 2005, Póo 2009, Browne y Romero 2010, Browne et al. 2011, Arévalo 2014).

Así, la información puede transformarse, en el imaginario social, en prejuicios y estereotipos, referidos al “otro” (Póo, 2009). Estos estereotipos permiten que el extranjero sea presentado como fuente de conflicto, amenaza, impidiendo una percepción de la inmigración como proceso social (Liberona, 2015).

La ignorancia aparente del candidato no sorprende, pero si hace daño, ya que una vez más escuchamos como se asocia la palabra “migración” a delincuencia, adquiriendo una connotación negativa, a-histórica, deshumanizante, donde el “otro” latinoamericano, indígena, negro es visto como un enemigo, un objeto de desprecio y humillación (Tijoux, 2015).

Esto se llama xenofobia y racismo, conceptos que han servido para avalar las más grandes barbaries de la humanidad, como el holocausto, el apartheid, los fatídicos muros de la frontera sur de Estados Unidos y las masivas muertes en el Mediterráneo que han marcado las noticias internacionales de los últimos años.

Hoy en día, la movilidad humana es uno de los fenómenos constitutivos de la globalización. Es nefasto para nuestra sociedad seguir avalando estas opiniones, en particular si quien las emite pretende representarla.