Un desesperado progresismo recorre el mundo. Ha quedado impotente y, sin embargo, mantiene intacta su crítica sin posibilidad de ver sus limitaciones. Se sorprende del advenimiento de candidatos verdaderamente fascistas, que lo han robado todo o que pretenden robarlo todo, que han destruido todo o que pretenden destruirlo todo, que sino han construido un muro contra el “migrante”, sueñan todos los días con ello. El progresismo se sorprende que gane tal violencia con tales violentos.

No entiende cómo la “brutalidad” de estos personajes ha alcanzado los puestos que el propio progresismo detentaba, no entiende por qué si el progresista era el más inteligente de la tierra, un analfabeto que sólo se ocupa de aterrorizar a los pueblos, puede alcanzar tan alto sitial. Sin embargo, lo que verdaderamente sorprende es la sorpresa con la que el progresismo enfrenta este tipo de fenómenos. Su sorpresa es inversamente proporcional a la falta de una crítica histórica y política acerca de sí mismo y de su presente. En el remedo permanente de la idea de que “se ha avanzado” yace exactamente su debilidad. En la obsesión por el futuro ve disuelto el relámpago del presente, en el ideal del mañana ve pudrirse la dimensión histórica y política del pasado.

El progresismo se ubica respecto del fascismo exactamente igual a como la conciencia del yo lo hace respecto de la dimensión inconsciente del ello en la tópica del aparato psíquico planteado por Sigmund Freud. De otro modo: el progresismo se ubica en la zona ideológica sin nunca atender las relaciones reales en las que acontece la lucha de clases, según Karl Marx.

Por eso, el progresismo está condenado a no entender jamás el funcionamiento del fascismo. Es algo constitutivo, en la medida que toda su visión de mundo se sostiene en presupuestos racionalistas (idealistas) que escasamente pueden constituir norma histórica: que quien se proponga a ocupar la primera magistratura del país “deberá” ser una persona éticamente proba, que “debería” no tener problemas con la justicia ni menos aún con los impuestos. Recalco el “debe” como el lugar al que apela el kantismo progresista para tranquilizar su buena conciencia. Advierto sobre el “debe” en cuanto será precisamente ahí donde se pierde el lugar por el cursa la materialidad de los cuerpos y el desgarramiento de la lucha de clases que cotidianamente circula a través de cada uno de nuestros cuerpos.

Se trata de cuerpos y no de “deber”, se trata del desgarro de lo real y no de las robinsonadas de un “ideal” cuya crítica solo alcanza para respirar tranquilos mientras el mundo se nos viene abajo. En este escenario, se multiplica en todas partes la misma crítica a Piñera: desde los cercanos a Ossandón hasta quienes apoyan a Guillier o a alguna candidatura del Frente Amplio: que alguien corrupto no puede ocupar la primera magistratura. Si bien, podría ser racionalmente cierto, hay que recordar que lo mismo dijo el progresismo respecto de Trump y, sin embargo, ganó. El presupuesto “racionalista” del progresismo neoliberal resulta enteramente abstracto: como antes lo hacía cierta socialdemocracia sostenida en el horizonte de acumulación keynesiano que, con justa razón, generaba transformaciones clave en orden a constituir a la salud, educación y pensiones en derechos sociales, el progresismo neoliberal articuló un léxico similar pero desfondado de poder transformador y apegado a una vocación de adaptación al nuevo horizonte de acumulación neoliberal. Al menos en Chile, el progresismo neoliberal parecía estar destinado al fracaso: su propia política que apelaba a la “gente” o a la “ciudadanía” (jamás al “pueblo”) contradecía a esa misma “gente” o “ciudadanía” puesto que terminaba favoreciendo a la oligarquía corporativa-financiera vigente.

La fábula de Chile, narrativa que renovó el pacto oligárquico gracias a la fórmula del “había una vez” un lobo feroz que podría volver a devorar a sus ovejas, privó a la ciudadanía de incidencia política puesto que la escindió de la intensidad fundamental de la potencia popular. Una ciudadanía sin potencia es equivalente a un soberano sin poder. Se abre una nueva fase de escisión entre lo social y lo político, en que la política implosiona y es capturada por la égida corporativa-financiera. La “gente” y la “ciudadanía” son el signo del vaciamiento de la potencia popular, y de la consecuente estetización de la “gente” y la “ciudadanía” que, por serlo, se produjo sin la “gente” ni la “ciudadanía”. La política de los consensos que fue el pivote de la conocida transición política fue exactamente esa singular forma de “democracia”. Estetización de la democracia y democracia estetizada ha sido la norma histórica del Chile neoliberal. Y frente a ello el progresismo se sorprende del sostenido auge del candidato más idiota: Piñera. No dice nada, no plantea nada más allá de las políticas de los matinales, menos debate y, sin embargo, parece alzarse como uno de los posibles triunfadores de las elecciones presidenciales de  Noviembre. Nos reímos cuando un reputado científico dice que no se “explica” cómo es que Piñera pueda ser tan bruto. Y quizás, he ahí el problema del progresismo: su presupuesto racionalista incapaz de explicar lo inexplicable, de pensar lo impensable. ¿Cómo comprender que el más idiota y corrupto de todos sea quien tenga una nueva posibilidad de llegar a la primera magistratura?

Es aquí donde el progresismo naufraga en su abstracta razón porque otras consideraciones mucho más atentas a la materialidad de los procesos históricos resultan decisivas para pensar. Piñera es un idiota en el sentido neoliberal: alguien que, en la práctica (más allá de sus intenciones y discursos), pretende ganar todo para sí. En ese sentido, es un “idiota” puesto que practica una ética individualista. Lleva su voluntad de poder al extremo de la individualidad, pero en razón de una fórmula muy precisa que condiciona la totalidad del imaginario neoliberal: ganar dinero puesto que sólo el dinero hace ganar. La circularidad de dicha fórmula es la circularidad del capital. Y entonces, ser un corrupto, significa una forma de “ganar dinero” puesto que el dinero es el verdadero objeto de culto en la nueva escena de la religión característica del capitalismo neoliberal. Quienes adhieren a Piñera no son “irracionales” sino que constituyen la desgarradora verdad del progresismo. Ha sido el progresismo el que nos ha conducido a esta situación y precisamente por eso, éste último no es capaz de leer su actualidad más allá de la suma y resta de “retrocesos” y “avances”.

Piñera es la verdad del Chile neoliberal. El núcleo en el que fascismo pinochetista ha podido sobrevivir en la nueva forma neoliberal. Gana Pinochet, es decir, el progresismo neoliberal, es decir, Piñera. Este último es el verdadero progresista, aquél que sabe en que consiste la verdad de todo el sistema y no tiene reparo alguno en estetizar su discurso para exhibir que ganar dinero porque el dinero es lo que hace ganar. El otro no importa (porque es sólo una competencia), la ley tampoco (porque está para suspenderla supeditándola al capital), la vida en común menos (porque no existe). La circularidad de la fórmula “ganar dinero porque el dinero es lo que hace ganar” articula una forma precisa de subjetividad y, por tanto, un singular modo de normalización sobre los cuerpos que ha necesitado años de múltiples formas de violencia para aceitarse.

Mientras la crítica a Piñera siga siendo progresista y sitúe el “deber” por sobre las “prácticas” reales de los actores en cuestión y del sistema que se fraguó aquí, mientras la crítica no sea política  y carezca de total visión para contemplar las fuerzas y los mecanismos por las que se consolidó dicho sistema, Piñera o alguno de sus equivalentes podrán ganar fácilmente (si acaso ya no han triunfado).

A mayor denuncia de su corrupción mayor será la intensidad de enamoramiento tendrán sus adeptos. Porque no se trata de razón, sino de disciplinamiento de cuerpos para lo cual, la razón neoliberal reserva sus mejores dispositivos. Por el contrario, se trata de imaginar una política que restituya la potencia popular conjurada por la renovación del pacto oligárquico de Chile. Una política que libera a los cuerpos de la forma empresa y ofrezca un vivir juntos capaz de quebrar el culto al dinero al que nos ha subsumido la religión capitalista en su nueva versión neoliberal. Freud decía que los niños nada saben de dinero (su religiosa obsesión es asunto de “adultos”). Quizás, una política radical consista en volver a pensar nuestra infancia en la que el dinero y sus rituales carecían de todo sentido. Un cierto “retroceso”, no un “avance”, un cierto pasado para poder apropiarnos del futuro, una vuelta a la “edad más feliz” vigilada por los fuerzas de Saturno que, hace ya varios siglos, fue recordada por Dante Alghieri en De Monarquía.


Académico, Universidad de Chile