Hace unos meses atrás se cumplió el primer aniversario de la muerte del semiólogo, escritor y crítico de la cultura contemporánea Umberto Eco (Alessandría, 5 de enero de 1932 – 19 de febrero de 2016, Milán, Italia). No voy a hablar de los aspectos más profundos y sus aportes a la cultura, y en especial a la semiótica, ya que hay expertos y estudiosos de su obra que han dedicado años a la investigación de este gran intelectual del siglo XX, cuya influencia sobre la escena de la crítica cultural comprendió desde los inicios de la década de los sesenta en adelante, centrándose en la aparición y consolidación de los medios de masas. Recuérdese el ya clásico Apocalípticos e integrados.

Escribiré de mi experiencia como un simple lector citadino, un lector in fabula enredado en lo cotidiano.

Según mi apreciación lo considero parte importante de la pléyade de los grandes pensadores y escritores que ha dado la alta cultura italiana a la sociedad moderna, desde el trecento italiano en adelante. Petrarca, Dante Alighieri, en la escritura; Masaccio, Giotto en pintura o el mismo Galileo, abriendo paso a la astronomía como una aventura del pensamiento, y muchos otros eruditos italianos que contribuyeron al pensamiento de la modernidad. Así como ellos, que aportaron nuevas maneras de ver el mundo, también lo hizo Eco, desde la crítica cultural, como semiólogo y gran intelectual y observador de su entorno.

Los grandes pensadores no están en las cosas mundanas, sino en las altas esferas del conocimiento. Me viene a la memoria mi experiencia como estudiante que leía a Kant, Heidegger, Benedetto Croce y esos amargos trasnoches tratando de entender lo que decían. De allí me propuse como venganza de corte “paranoico crítico” –siguiendo el modelo de producción artística de Dalí–, que cuando pudiera hacer una denuncia pública contra el lenguaje denso, pastoso, críptico, poco amable hacia el lector, lo haría. Desde esa experiencia hoy huyo de los escritores de talla menor que nos hacen creer que entre más confusa es la escritura, más alto vuelo y profundidad tienen sus escritos, y de ellos se puede hacer una larga lista. Como dijo Albert Camus, “si escribes claro tendrás lectores, si escribes oscuro tendrás comentaristas y discípulos”. Pienso que finalmente Eco terminó teniendo grandes lectores.

Como estudiante, mi acercamiento no fue el más amable. Siendo alumno de la carrera de Diseño, tuve que leer en la asignatura de comunicación parte de sus libros más clásicos, el Tratado de semiótica general y la Estructura ausente, algo que como joven no pude asimilar y la verdad entendí muy poco. Además, me había cambiado de carrera, venía de varios años de Historia y Teoría del Arte, huyendo justamente de la teoría y no quería saber nada de textos densos. Lo primero con que me encuentro es nuevamente leyendo uno de ellos y muy complejos, hasta con fórmulas matemáticas, logaritmos, etc. y me preguntaba qué tenía que ver con la comunicación. Sin embargo, al tiempo después cayó en mis manos Apocalípticos e integrados y Obra abierta y me gustó un poco más la obra de Eco. Por fin leía a alguien que se ocupaba de lo que sucedía hoy con la cotidianeidad. Por algo me había cambiado a Diseño, mi preocupación, el mundo de los objetos, de la visualidad de todos los días, en aquellos años de la TV nuestra, de Canal 7, el 13 y el 11, de los diarios La Tercera, El Mercurio –ya hace cinco años que no los leo–, de las revistas Paula, Cosas, de la publicidad, de las revistas de comics El Trauko, Matucana, Bandido, Pájaro de Cuentas. Hablo de la década de los ochenta.

Durante ese período estaba haciendo mi proyecto de título en la historia de cómics en Chile. Por fin encontraba una mirada cercana y profunda de lo que vivía a diario, la mirada aguda de la contemporaneidad. También allí encontré al gran pedagogo Eco con su libro de escritura simple enseñándonos cómo hacer una tesis. A propósito de cómo escribir, de la claridad que se debe tener en la exposición de ideas, cito lo que el mismo Eco recomendaba en su libro Como hacer una tesis: “Existe la creencia de que un texto de divulgación donde las cosas son explicadas de manera que todos las comprendan, requiere menos habilidad que una comunicación científica especializada que, por el contrario, se expresa a través de fórmulas comprensibles sólo para unos pocos privilegiados. Esto no es totalmente cierto”. Lo mismo que recibí de mi directora de tesis doctoral Anna Calvera, que fue su estudiante en Bologna, quien me enseñó que la escritura debe ser simple, clara, transparente, pero profunda, tanto para un lego como para un especialista. Difícil tarea escribir así.

Siguiendo en este breve discurso y dicho lo anterior, el Eco que me atrajo es el que indaga en la sociedad de masas, en la construcción de signos permanentes, y así poder entenderla como fenómeno propio y característico del siglo pasado, y aún en continua evolución. El Eco que miró el cómic –mirado con hondura– como un objeto de estudio; el Eco de lo cotidiano, el estudioso de la belleza y la fealdad, en alusión a sus libros que aborda estos temas, hoy tan necesarios de revisitar, La historia de la belleza, La historia de la fealdad, forman parte integral de mi período formativo.

Así, con el tiempo mi gusto fue creciendo, mi vínculo fue mayor con su novela llevada al cine El nombre de la Rosa. Fui a su estreno en Santiago porque actuaba una chilena al lado de un gran actor como Sean Connery. Mi decepción fue grande pues solo aparecía unos breves minutos, desnuda y su diálogo, unos sonidos guturales. Sin embargo, allí mi aprecio fue creciendo. Después vendrían El péndulo de Foucault, La isla del día de antes, Baudolino, y una seguidilla de obras muy exitosas. Con ellas ya me acerqué definitivamente a la conciliación absoluta con uno de los críticos y novelistas más lúcidos que he leído.


Académico Departamento Diseño, Universidad de Chile