La política se apropia de un sector del espacio público. El duopolio de los medios periodísticos cierran sus contundentes filas a favor de la candidatura del ex presidente Sebastián Piñera. Lo hacen de manera consensuada mediante la administración de sus materiales y el cuidado extremo que se ejerce en torno a los problemas tributarios y de conflictos de interés (pasados, presentes y acaso futuros) que rodean a su candidato.

Los discursos políticos ingresan de acuerdo al formato de entretención que se propuso la televisión para así resguardar su relación con los financistas y el rating necesario para invertir. Pero también, más allá de las ganancias de los inversionistas, hay que pensar la televisión, diarios y radios, en manos de poderosos privados, no solo como una fuente de ganancias contantes y sonantes (muchas de ellas tienen pérdidas asombrosas), sino especialmente como instrumentos de poder, como una manera de “producir” sujetos dóciles, adictos a la simpleza y al melodrama, como una forma de alienación programada, como una manera de intensificar controles y opciones políticas pactadas por el gran capital. Por supuesto, todos los espacios son porosos y los periodistas y participantes de los medios pueden disentir con las líneas trazadas por la hegemonía en las industrias de comunicación, pero eso no anula la intención mayoritaria de esos medios.

Más allá de estas consideraciones ya muy sabidas, muy, como diría, Jacques Derrida, deconstruidas, el espacio televisivo en este tramo electoral se ha transformado en una especie de teatro de la humillación que, bajo el presupuesto de la información, la veracidad, la neutralidad (que no existe) construyen la figura de la o el periodista bajo la impronta heroica de una superioridad moral que “desnuda” a su entrevistado o entrevistada. Así se inscribe como moda una forma de violencia muy binaria sostenida en la intensa pregunta: sí o no. Precisamente en este “sí o no” descansa lo peor de la cultura occidental que propicia lo homogéneo contra lo diverso lo plural, lo simple contra lo reflexivo, la certidumbre frente a la constante esperanza de modificaciones en un escenario: blanco o negro. Más que entrevistas se adopta el formato de un temible interrogatorio. 

Pero, quizás no se pueda o no se deba pedir más en un espacio enteramente controlado por un neoliberalismo demasiado prolongado y con pedagogías largamente probadas. Sin embargo, cuando el candidato Manuel José Ossandón, ofreció balas para La Araucanía en un periódico y después lo confirmó en el espectáculo mediático, causó un legítimo revuelo, porque más allá o más acá de la realidad de sus palabras existía en él una pulsión criminal frente al pueblo mapuche.

Pero, lo que en verdad me pareció inédito, asombroso y verdaderamente aterrador para la democracia y un real Estado de Derecho fue la presencia de la “víctima de la delincuencia”, Pablo Oporto. Un sujeto que mató en defensa propia a DOCE asaltantes y que hasta donde se vio en el programa, no había recibido ni una sola herida (ni él ni su familia) por parte de sus cien agresores. Más aun, lucía sus aptitudes paramilitares disparando, a la manera del Far West, en un territorio sin dios ni ley. Personalmente me pareció semejante a un ajusticiador en serie de delincuentes. Pensé que bajo el ropaje de la víctima se escondía, quizás, una forma de placer retorcido, más allá de la exculpación jurídica. Y como si fuera poca la violencia que experimentamos los televidentes de ese programa que nos empujaba a “compadecer” a una persona que mató a DOCE personas, la periodista Mónica Rincón, le preguntó a la candidata Beatriz Sánchez si ella dispararía (mataría) a un asaltante para defender a un hijo. De esa manera se abrió un escenario melodramático conocido que promueve la abnegación materna hasta llegar al crimen y a la pérdida de lucidez por el peso de las emociones más que estereotipadas inculcadas por la supremacía masculina.

Quiero pensar que Mónica Rincón, defensora de los derechos de la mujer, entre ellos el derecho a ser inteligente, cuando le preguntó a la candidata invitada: “sí o no” (mataría) lo que buscó en realidad es que Sánchez le contestara lo que una persona con vertebralidad política y ética (máxime una candidata a la presidencia de Chile) haría. Y la candidata lo hizo, saltándose la cuerda binaria del sí y del no: rechazó “esa” pregunta abiertamente sensacionalista. Porque “esa” pregunta dirigida hacia una mujer, contenía una maternidad que deja fuera la vida pensante y lúcida de la madre y la suple por la abnegación (del tipo religioso) al hijo al punto de cegarla. La candidata Beatriz Sánchez contestó que no tenía armas y que buscaría otros mecanismo de defensa para sus hijos.

Comprendo bien la defensa propia. Forma parte del régimen jurídico. Comprendo también el pavor, la ira y la indefensión ante los asaltos y los robos (de hecho, me han asaltado más de una vez) pero mostrar la delincuencia con un comerciante que mató a DOCE personas en “defensa propia” (que además presumió en TV con sus imágenes como pistolero) me parece no solo siniestro sino impulsar al convencimiento de que un asaltante merece la muerte. Y, más aún, implica un llamado al exterminio de todos los asaltantes por parte de comerciantes y privados. Una real negación de la desigualdad, del reconocido aporte de los niños del Sename estatal como semillero delictual, de un estímulo ante un hecho inaceptable en la televisión abierta como es incentivar la balacera en manos de civiles mediante la compasión acrítica a una persona que ha matado en forma tan reiterativa que empuja a la sospecha. ¿Habrá más “casos” espantosos en este tiempo? Quizás el espectáculo periodístico tétrico, saturado de escenas de terror (para algunos de nosotros verdaderamente inaceptables) esté recién empezando.


Escritora y académica