Hace unos días asistimos al solsticio de invierno, al comienzo de un nuevo ciclo de la tierra, donde brotan las cosechas y los días comienzan a ser más largos. Es la celebración del año nuevo mapuche, pueblo que transita por un momento de dolor y rebeldía, aunque también de esperanza, quizás como ha sido durante toda su relación con el Estado de Chile.

Fue sólo hace unos días que nos enteramos que dos jóvenes mapuche habían sido asesinados -otra vez- por un ex teniente de Carabineros. Otros 11 completan casi un mes en huelga de hambre, reclamando por sus escandalosas condiciones de procesamiento y presidio. Ello mientras la denominada “Zona de conflicto Mapuche” se encuentra totalmente militarizada, y se asedia con bombas lacrimógenas a los niños y niñas mapuche sólo por vivir y educarse en un territorio en el que el Estado ha preferido actuar más con violencia que con diálogo.

La actual relación Estado-Pueblo Mapuche nos indigna y nos llama a redoblar los esfuerzos para renovarla. Esta renovación, sin embargo, no debe ser sólo programática, sino fundamentalmente política. Es necesaria otra forma de hacer las cosas, no sólo ideológica, sino que culturalmente distinta y eso es deber de todos y todas.

Es en ese sentido donde la lucha de los y las Mapuches se enlaza con la búsqueda de justicia y bienestar del resto de los habitantes del país. Lo que hemos aprendido de ellos/as a lo largo de su historia es que la transformación del modelo económico, político y cultural debe ser un proyecto descolonizador.

Es imperativo descolonizar nuestros modelos educativos y culturales (competitivos, patriarcales, adultocéntricos, etnocéntricos); nuestros modelos de desarrollo (neoliberales, monopolizadores, depredadores); y nuestros modelos políticos (excluyentes, hegemónicos y de castas).

Nuestra región, ha sido protagonista histórica de procesos descolonizadores. Fue la frontera ante el avance de los españoles durante la colonia, fue clave durante la independencia de Chile, ha sido bastión del regionalismo ante el excesivo peso de la capital y marcó una nueva etapa para el movimiento Mapuche posdictadura durante la resistencia a la construcción de las represas en Pangue y Ralco, uno de los hitos históricos que marcaron el inicio de un nuevo ciclo de movilización Mapuche.

El Biobío sin embargo padece actualmente el reinado de los grandes grupos económicos que, con la venia del Estado chileno, son amos y señores de nuestros recursos y nuestras riquezas. Sus ganancias son millonarias, mientras la región está entre aquellas con los mayores índices de pobreza y desocupación y con mayor número de campamentos del país, realidad que sólo viene a sumar una prueba más a la necesidad de renovar la política a nivel local y nacional.

Es urgente cambiar el estado de las cosas. Es por eso que a días del Wiñol We Tripantu, saludamos al pueblo Mapuche y lo invitamos a renovar la esperanza y el trabajo mancomunado que nos permita construir un proyecto transformador de país plurinacional. Rescatemos nuestra historia, reconstruyamos el espíritu rebelde y autónomo de las regiones. En esa tarea, es fundamental aprender de la sabiduría sobre el poder local y territorial del pueblo Mapuche, y articularnos en pos de su proyecto de buen vivir, con soberanía sobre su territorio y su futuro.


Dirigente sindical y Militante Nueva Democracia