En el marco de la reciente campaña electoral y de las muchas cosas que ocurrieron y que son y serán comentadas, vale la pena no olvidar un acontecimiento, sobre todo para quienes están interesados en el tema de la libertad de prensa. Me refiero a la decisión que tomaron los canales de televisión abierta de organizar y transmitir un debate de los candidatos a primarias de la derecha, y negar esa misma posibilidad a los candidatos del Frente Amplio.

¿Qué implicancias tiene esa decisión editorial grupal en relación con los grados de libertad de prensa en nuestro país? ¿Cuándo hay o no libertad de prensa y de información en un país? Vale la pena hacerse esa pregunta para el caso de Chile, después que los canales de televisión permitieran un debate y clausuraran la posibilidad de otro.

No muchos parecen haber advertido la gravedad que reviste esta conducta editorial de los canales chilenos -con la destacable excepción de Mega- para los estándares democráticos que se espera de un país, que dice cumplir con la libertad de prensa y pretende dictar cátedra a otros en la materia.

Porque, tal vez, con la libertad de información en Chile ocurre lo mismo que con la corrupción. Pensaban muchos que éramos el país menos corrupto de América Latina. Una excepción continental. Y ya sabemos cómo somos realmente.

¿Cuándo hay libertad de información en un país? ¿Cómo estamos en Chile en ese terreno? Estas preguntas no son fáciles de responder si quieren ser abordadas con seriedad. Pero es lo que hay que hacer, pues se ha convertido en norma evaluar la calidad democrática de los países según los grados de libertad de información que haya en éstos. Es decir, la libertad de prensa se ha convertido en un criterio comunicacional que opera como termómetro socio-político.

Lo que sí sabemos es que la respuesta a esa pregunta no está en lo que afirmen ni CNN, ni El Mercurio, ni la SIP o la OEA; como tampoco en lo que a cada uno le parezca.

Las Naciones Unidas han hecho un esfuerzo político y académico serio por responder dicha interrogante, llegando a definiciones consensuadas por expertos. En su publicación Índices de Desarrollo Mediático (Unesco, 2008), señalan que para que exista libertad de prensa e información en un país se deben cumplir tres requisitos generales: que haya diversidad en los tipos de medios; diversidad en la propiedad de los medios; y diversidad en los discursos mediales (el contenido).

¿Cómo estamos en Chile? En cuanto al primer criterio, el de los tipos de medios (pueden ser comerciales, públicos y comunitarios) ya sabemos que todos los medios públicos que alguna vez tuvimos fueron desapareciendo uno a uno. Radio Nacional, por ejemplo, o la señal 9 de tv abierta que era estatal, hoy es privada y la disfrutan los dueños de Falabella; o el diario La Nación que lo cerró Piñera al poco tiempo de asumir como Presidente. ¡Y todo esto en la “democracia” de la Concertación! Sólo queda TVN que es el único canal estatal del mundo que por ley debe autofinanciarse y que, por lo mismo, opera según la lógica comercial; consiguientemente, no es un canal público. A eso sumemos la aberración de que el directorio de TVN se elige en sesión secreta del Senado, ni eso es público, de acuerdo a la ley chilena.

Respecto de los medios comunitarios (radio y televisión), y a pesar de la demanda social, estos funcionan entre la precariedad y la ilegalidad en Chile. A diferencia de Bolivia, Argentina o Uruguay no hay reserva de espectro igualitaria para ellos; las radios tienen limitaciones en el alcance de su cobertura o incluso para contratar publicidad, así como mayores dificultades y requisitos que las emisoras comerciales para la renovación de sus licencias; además de un régimen sancionador muy severo para las que carecen de permisos. O sea, lo único en relación con este criterio que funciona bien en Chile son los medios comerciales.

En cuanto al segundo criterio – diversidad en la propiedad-  todos los estudios que se han realizado demuestran un fenómeno de hiperconcentración en nuestro país. No sólo es evidente que lo que existe son mayoritariamente medios comerciales, sino que éstos están cada vez en manos de menos propietarios. De hecho, en el caso de la prensa escrita es común hablar del “duopolio” en Chile. En lo radial Prisa viene hace tiempo acaparando una cantidad de concesiones, de audiencia y de torta publicitaria que en países como Estados Unidos estaría prohibida. Y en el caso de los canales de TV, estos han experimentado una creciente concentración y extranjerización, así como el ingreso de la banca a su propiedad. La opacidad es tal en este ámbito que recientemente el Consejo de Transparencia obligó al CNTV a entregar los antecedentes sobre los cambios en la propiedad y en la administración de Canal 13, Canal 2, La Red, Mega y Chilevisión, producidos entre los años 2010 y 2015, luego de un amparo de acceso a la información presentado por el abogado Luis Cuello en contra del CNTV,

Y llegamos al tercer criterio que demandan las Naciones Unidas para hablar de libertad de información: diversidad y pluralismo en el contenido de los medios, en sus discurso. Si a alguien le cabía alguna duda al respecto, la decisión editorial de los canales chilenos de organizar, transmitir y ofrecer a la audiencia un debate entre los candidatos de la derecha a pocos días de las primarias legales, pero impedir y censurar el de la izquierda resuelve este punto con una contundencia implacable.

Hubo una colusión editorial de corte ideológica entre los canales que decidieron dar cobertura a una opción política (Chile Vamos), pero se la negaron a la otra (el Frente Amplio), es decir, decidieron mostrar a la audiencia chilena candidatos y ofertas electorales de un bloque, pero invisibilizar la del otro. No hay otro argumento. Ninguno. Ni el rating, ni la capacidad operativa, ni la voluntad de los candidatos, nada. Sólo censura editorial consensuada.

Es tan escandalosa la situación producida si lo miramos a la luz de los criterios democráticos que miden grados de libertad de prensa en un país, es tan evidente que este episodio quedará en la infamia de la historia de las decisiones editoriales de la televisión chilena, es tan obvio que después de esto los canales y sus periodistas no tendrán moral para criticar a otros países o creerse más respetuosos de la libertad de prensa que otros, que hasta el presidente del Servel, Patricio Santamaría e incluso Andrónico Luksic tuvieron un mínimo de pudor y expresaron sus reparos ante este veto ideológico de los canales de la televisión abierta chilena.

Lo menos que ahora uno esperaría ahora de parte de esos canales y de sus profesionales cómplices es que dejen de pretender dar lecciones a otros países del continente, como siempre hacen con Venezuela, acerca de la libertad de prensa. Si al periodismo y a los periodistas duopólicos tanto les preocupa la libertad de información, que la exijan primero en nuestro país, en el cual no se cumple ninguno de los tres criterios señalados por las Naciones Unidas.


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