Rodrigo Karmy señala en su última columna que el Frente Amplio se enfrenta a una situación similar a la que Marx describe en su célebre discusión con Bruno Bauer respecto a lo que se denominó, en su tiempo, la “Cuestión Judía” o la emancipación política, que se entiende como la mera lucha por la reivindicación de derechos, o la emancipación humana, que Marx la entiende como la libertad verdaderamente relevante.

Lo que estaba en discusión en este artículo consistía en resolver si los estados europeos, de mayoría cristiana en el siglo XIX, debían o no remover diversas prohibiciones legales que recaían sobre las comunidades judías y reconocer sus miembros como sujetos plenos de derechos. Al igual que Marx, pero en el contexto actual que enfrenta el Frente Amplio, Karmy sostiene en su columna que la mera reivindicación de derechos es insuficiente y que un proyecto de izquierda debe ofrecer también una propuesta de emancipación relevante. En esta réplica quiero mostrar que dicha columna retrata injustificadamente las aprehensiones de ciertos sectores de la izquierda contra el liberalismo, si lo hace precisamente dentro del marco que propone Marx en la Cuestión Judía. Quiero mostrar cómo, al contrario de lo que piensa Karmy, la posición de Marx es compatible con el tipo de liberalismo que defendí en mi primera columna.

Primero, Karmy asume injustificadamente que el liberalismo es simplemente una tradición de derechos. Si bien es cierto que el liberalismo ha sido una de las fuentes más fecundas en la tradición moderna del derecho, es un error pensar que se agota en la tradición jurídica que contribuyó a generar. Esta lectura legalista del liberalismo confunde filosofía política con filosofía del derecho. Si interpretamos que Marx es el origen de esa lectura legalista del liberalismo, perderíamos de vista una lectura más fecunda y totalmente compatible con lo que Marx quiere defender, a saber, que la expresión de un proyecto político emancipador no se termina allí donde se alcanza el reconocimiento de derechos. Así, toda la crítica de Karmy, que quiere identificarse erróneamente con la crítica de Marx a Bauer, depende de esta mal comprensión de la tradición liberal como reivindicación de derechos.

Lo que hace pensar al autor de esa columna que la crítica de Marx es asimilable a su análisis de la situación que enfrenta el Frente Amplio es que Marx capturaría su misma intuición respecto de la relevancia injustificada del individualismo cuando se trata de la lucha por reconocimiento de derechos. Esta lucha es insuficiente porque la idea de derecho implica el reconocimiento de un individuo abstracto, irreal. Una emancipación política no implica una emancipación humana, porque no se libera al individuo real, sino que a una construcción ideal, abstracta, que subyace a la generalidad de la ley. El punto importante para Karmy aquí es que, dado que confunde liberalismo con reivindicación de derechos, el que la izquierda chilena recupere al liberalismo implicaría solo una emancipación legal, dejando así intacta la captura de la vida social por el neoliberalismo, un mundo de la vida donde las relaciones entre las personas están colonizadas por las lógicas de la eficiencia económica y del auto-interés del mercado.

Dicho lo anterior, hay un segundo problema, relativo a su interpretación de la Cuestión Judía. Estoy de acuerdo con su diagnostico sobre la captura neoliberal vigente y la insuficiencia de una política de reivindicación de derechos para revertirla. Pero creo que no lleva suficientemente lejos la distinción marxiana y esto le impide rescatar la potencia que tiene el liberalismo para repensar el valor de una emancipación humana.

Respecto a tal emancipación, Marx en la Cuestión Judía no es del todo claro al expresar en qué consiste, pero sí al señalar lo que determina, a saber, dos condiciones interrelacionadas donde la primera es la consecuencia de la segunda: una sociedad sin antagonismos de clases y la abolición de la propiedad privada. La clave aquí es que para Marx lo que va a determinar la emancipación humana es la transformación del régimen de propiedad: de la privada a la social. Y lo cierto es que, más allá de la oposición que usa Marx (emancipación política vs humana) estas condiciones de emancipación son ciertamente políticas, al menos en el sentido amplio de la palabra, dado que este cambio en el régimen de propiedad va a determinar la realización efectiva de la participación en igualdad de condiciones de todos los miembros de la sociedad en la toma de decisiones.

Y aquí está la fortaleza de la poca claridad de Marx para describir su idea de emancipación humana: al cambiar el régimen de propiedad, lo que allí suceda será la política de una sociedad emancipada y, por tanto, la descripción de ese estado de cosas no puede depender de una teoría sino de los procesos históricos concretos que esa sociedad llevará a cabo. Ahora, este argumento que propone Marx se fundamenta en la afirmación de que el individuo es un ser constitutivamente social. Una sociedad sin clases ni propiedad privada, en consecuencia, es aquella que determina la emancipación humana porque expresa apropiadamente esa naturaleza constitutivamente social, naturaleza que no puede capturar la política de la propiedad privada, que para Marx se expresaba en el Estado Burgués. La columna de Karmy no repara ni en lo que determina la emancipación humana por oposición a la emancipación política ni en la concepción de individuo. Y esto lo lleva a otra confusión: a interpretar que el liberalismo asimila la propiedad a la vida y su “potencia”, dejando sin debatir el argumento de Marx que me parece consistente: el régimen de propiedad es aquello que determina las condiciones sociales materiales para “la vida y su potencia” por cuanto expresa adecuadamente la constitución social del individuo.

Lo que hace en cambio Karmy es adoptar una crítica contra el liberalismo inspirada en la ontología social de Foucault. Aquí lo problemático no es Foucault, cuya obra es de primera necesidad para entender las prácticas de poder normalizadoras y socialmente disciplinantes. El problema es invertir el argumento político práctico de Marx priorizando un argumento ontológico. Porque Marx no está primariamente haciendo una crítica histórico-filosófica sobre la ontología social del individuo, sino que está persuadiéndonos sobre por qué debemos comprometernos políticamente con una emancipación humana. Está implicado en sus fundamentos, por cierto, una ontología social del individuo, pero eso es analíticamente distinto. Como consecuencia, la crítica ontológica de Karmy es inocua, pues la distinción que nos propone Marx es ante todo práctica, es decir, que una cosa es la descripción crítica respecto a cómo nuestras prácticas de poder se han naturalizado en la historia y otra cosa es la evaluación normativa respecto de cuáles son las practicas legitimas de poder y cuáles las ilegítimas. La crítica inspirada en Foucault que propone en su columna hace la primera, pero la Cuestión Judía de Marx subraya, sobre todo, la segunda.

Aquí llegamos al punto relevante. Al igual que Karmy, muchos en la izquierda reconocemos cómo el neoliberalismo ha capturado la esfera social, legitimando solo aquellas relaciones intersubjetivas que pueden dar cuenta del individualismo egoísta y de las relaciones de interés. Y, consecuentemente, el tipo de política que genera. Y es que en esto consiste precisamente el dogma de la captura neoliberal: la de seres atomizados auto-interesados, de la sociedad como canal para satisfacer los intereses humanos y de una política que debe simplemente administrar tales transacciones. Al no adscribir la posición completa de Marx sobre las condiciones materiales que determinan la emancipación humana, avanza una ontología social que solo podrá contrarrestar la captura neoliberal de la “vida y su potencia” a costa de transformarse a sí misma en otra captura, pero esta vez la captura de una ontología social. El argumento de Karmy da vuelta las cosas, anteponiendo un argumento ontológico a uno práctico. La fuerza de la posición de Marx está en priorizar y distinguir analíticamente la primacía de un argumento práctico, transformar el régimen de propiedad es políticamente valioso y legítimo por cuanto ello determina la emancipación humana de su propia posición ontológica, el individuo es un ser social.

Hay que agradecer a Karmy por haber traído precisamente a esta discusión la Cuestión Judía de Marx, porque una interpretación completa de sus argumentos nos lleva a precisar el valor concreto que tiene el liberalismo para la izquierda si lo vemos no solamente como una tradición de derechos, sino como una tradición de pensamiento político que, como en Marx, antepone el valor práctico de las condiciones materiales que determinan la realización de la libertad y la emancipación, condiciones que son necesarias para la realización concreta de los miembros de la sociedad. La crítica de Foucault sobre las prácticas de poder es útil en esta tarea, que duda cabe, pues nos ayuda entender el modo como las sociedades han normalizado históricamente la práctica de la libertad y la gubernamentalidad, o Schmitt, cuando nos recuerda la manera en que la tradición liberal se ha expresado en el parlamentarismo inglés. Porque son los procesos históricos y los luchas de poder las que van modelando en la práctica el valor de la libertad y no están exentos de capturas ilegítimas. Pero ello es radicalmente distinto a rechazar el valor que la tradición liberal pone en la legítima demanda por emancipación. Y la izquierda chilena pierde la oportunidad de denunciar verdaderamente la captura neoliberal si con ello rechaza al liberalismo como fuente de sus ideales emancipatorios.


PhD Student School of Politics, Economics and Philosophy Research Centre for the Social Sciences, University of York