Norton Maza, artista visual: “Es importante que el arte cumpla su función de ser la herramienta que abra el diálogo sobre las propias experiencias”

Su imaginario de arte contemporáneo es irónico y lúdico por parte iguales. Funde realidad con ficción para crear en tamaño natural escenas de caos y fantasía que dejan perplejos a quienes observan. Toca varios mundos: la performance, la instalación y la fotografía, lenguajes con los que cuestiona y pone en tensión principalmente las operaciones de poder político y económico, la tragedia de un modelo contradictorio que “globaliza el mercado, pero no lo humano”.

Hablamos del artista visual Norton Maza (46), un hombre migrante, oriundo del pueblo de Lautaro, radicado en el exilio durante su infancia en Francia y de joven en Cuba, isla que dejó para regresar a Chile a los 22 años, nutrido de una vasta experiencia de contrastes sociales. Conversamos con él hace unos meses en el taller del séptimo piso de Balmaceda Arte Joven, una gran maestranza de objetos y las más diversas herramientas. En ese entonces estaba muy ajetreado, en plena faena creativa de la exposición “Vestigios de Frontera” que viajaría al Centro Cultural Matta de la Embajada de Chile en Argentina, donde exhibió su trabajo hasta el 22 de julio.

Actualmente existe la necesidad de un arte que salga de su hermetismo para involucrarse directamente con las personas. ¿Cuál es la importancia que le das a la creación comunitaria?

Lo ideal es que en el arte existan vínculos con los espectadores, ya sea en galerías, museos o espacios públicos. Pero también siento que es muy importante tener lazos más estrechos con la comunidad o con ciertos sectores de la ciudad, grupos humanos diversos que, a través de la creación, pueden generar diálogos, análisis, compartir no desde experiencias muy elaboradas, sino desde la sencillez poder hablar de su mundo, del mundo en el que conviven.

Entonces, es importante que el arte cumpla la función de ser la herramienta que abra ese dialogar sobre las propias experiencias. Eso ha sido parte importante de mi trabajo, poder vincular gente. Como en un proyecto antiguo “Transformer, las luces de Tujac” con el que recreamos en una ciudad de Francia una especie de ficción como una saga de la película Transformers y el juego de palabras “Transforma la mirada sobre ese barrio”. La gente hizo sus trajes de superhéroes y luego se exhibían en los buses, en los paraderos y en otros espacios públicos. La comunidad más estigmatizada se tomó la ciudad, en vez de nosotros llevar gente al barrio, el barrio se tomó la ciudad, se hizo un proceso inverso en el que la galería es toda la ciudad. Además, se generó también un vínculo estrecho con la prensa ya que después comenzó a hablarse de inmigración, a raíz del arte. Eso fue impresionantemente rico para todos.

Hablamos de arte relacional entonces. Una de tus más recientes exploraciones fue la que desarrollaste en tu natal Lautaro con “El pueblo de los pensamientos”. ¿Cómo fue esa experiencia?

Fue otro proyecto que desarrollé en el lugar donde yo nací, en Lautaro. Cada uno de los habitantes que participó tenía su máscara y la intervino, luego junto a Juan Carlos Gutiérrez hicimos fotografías de ellos en sus labores cotidianas portando sus máscaras intervenidas por ellos mismos, es decir, todo el pueblo, todo el lugar se hace parte de una creación. Estamos en un mundo en el cual no existen vínculos o cada vez menos, uno cree que se está globalizando en términos de unir cosas y de intercambio, pero no es tan así, se globaliza en el sentido del mercado, pero no en el sentido humano. Entonces pasa lo contrario, mientras más globalizados más fronteras hay, más bloqueo en relación a las distintas culturas, flujos y grupos migratorios. Todo eso hace que hoy en día las personas estén más sometidas a otro tipo de lenguaje cotidiano que es algo que básicamente va en contra el desarrollo colectivo.

En el caso de Lautaro, me interesaba mucho unir al pueblo, los dueños de las empresas de cecinas, los bomberos, el señor del kiosco, la ferretería… en fin, todo tipo de personajes se unió en un proyecto y se generó una instancia colectiva. Eso es interesante porque finalmente es transversal, no solamente un sector de Lautaro, sino que muchas personas tomaron las máscaras que hice de cartón y las intervinieron con objetos, fotografías y mucha pintura. Luego se ponían la máscara y seguían haciendo sus labores cotidianas como, por ejemplo, en el club social el camarero o los jugadores de bolo con su máscara puesta… en fin, todas las personas que antes dijeron que era difícil hacer algo así en el pueblo, participaron finalmente y eso habla de la apertura que se logró con el proyecto, el diálogo que se generó entre todos al verse en pantalla grande en un diaporama que proyectamos en el autocine, fotografías y video que siguen exhibiéndose en algunas exposiciones itinerantes del Museo de Bellas Artes, es decir, el pueblo sale de su comuna y empieza a darse a conocer a través de otra vida, de otro modo, como un pueblo creativo, con otro lenguaje, otra poética. Y eso es bonito porque no es solamente relatar lo cotidiano, sino bañarlo de esa poética propia de cada personaje, lo cual genera mucho diálogo.

Pensando desde la lógica de movilizar obras hacia otros espacios, y en relación a los temas que te interesan, ¿cuál crees que es el lugar del arte hoy?

Yo no creo que exista un lugar en particular. Yo creo que el arte tiene esa capacidad de circular en distintos soportes, distintos espacios, en distintos lugares. Por ende, cada artista o grupo de artistas tiene distintas realidades que narrar, que contar. Yo en mi trabajo utilizo bastante el tema de los poderes, ya sean económicos, políticos, religiosos (aunque religioso cada vez menos). A mí me interesa muchísimo hablar de esos temas sociales y transversales que a todos nos preocupan e involucran sí o sí, como lo que está pasando con las AFP o la educación, temas que abordo no desde un panfleto, sino desde la poética que genera reflexión.

Ahora mismo estoy haciendo un proyecto para Buenos Aires, una de cuyas obras se llama “La barrera del sonido”, es un avión militar M-16 que rompe la barrera del sonido y al hacerlo genera un cono, un efecto físico que se visualiza en una milésima de segundo. Yo estoy recreando ese cono, pero con puros objetos cotidianos que tienen relación con los niños, el juego, la infancia, el hogar… todos esos objetos quedan suspendidos en el aire al romperse la barrera del sonido. Subliminalmente está la realidad que vivimos hoy en día, el caso más directo es Siria, pero hay muchos otros lugares de genocidio de los cuales no se habla porque son lugares que no tiene petróleo o no tienen relevancia geográfica, por lo tanto, pasan a segundo plano.

En el caso de Chile tenemos el tema mapuche, del cual hemos visto que todo lo que ha acontecido incluso ya forma parte del paisaje mismo. Uno va al campo y se puede encontrar con un tanque de carabineros instalado en un camino de tierra protegiendo un fundo privado. Son parte del paisaje, casi como un árbol más.

Foto: Norton Maza

Políticas públicas en Chile

¿Qué mirada tienes de la política cultural que se está llevando a cabo en Chile?

Yo descentralizaría. Pero desde Santiago hacia el interior, porque son espacios a los que dudo que vaya la gente porque están sumamente a trasmano, aun cuando llegue el metro en unos años más, así y todo creo que es un lugar que está muy lejos del flujo cotidiano.

¿Y específicamente en las artes visuales?

En las artes visuales, en general, las políticas culturales –que no sé muy bien realmente cómo funciona el sistema- pero en lugares como el MNBA sucede que son espacios sumamente precarios, faltan muchos recursos en esas áreas y se ha burocratizado el financiamiento, lo cual hace que las artes visuales en Chile tengan ese velo burocrático precario que no permite agilizar los procesos por problemas técnicos de destino de recursos entre la DIBAM y el CNCA.

También entra en ese juego la curatoría. ¿Qué visión tienes al respecto?

Sí, claro. El trabajo de los artistas y los curadores también es bastante segmentado, son determinados grupos de personas que entre sí se van uniendo para desarrollar proyectos en conjunto, pero en verdad es sólo entre ellos, pequeños grupos. Por lo tanto también es un daño, porque yo siento que algunos artistas que tienen mucho potencial quedan al margen porque no pertenecen a ese grupo, no tienen los contactos, no estudiaron en determinada escuela o no tuvieron determinados profesores. Siempre hay una cosa muy soterrada que tiene mucha relación con lo que es hoy Santiago: muy pequeño, hay un solo circuito de arte. A mí me consta a través de algunos amigos que son figurativos y que ya están bastante dejados de lado porque no tiene ninguna posibilidad al no ser más conceptual, ese es el “enrollamiento” del artista nacional, algo muy ligado a la curatoría del trabajo que se exhibe.

¿A qué crees que se debe esa mala práctica?

Yo creo que el arte en Chile, y obviamente a nivel mundial porque en realidad sucede en otros lados, está muy ligado al sistema neoliberal donde todo es válido, donde el aplastar al otro se acepta igual. Es un sistema crudo y Santiago es crudo, digo Santiago porque la gente de provincia tiene otro carisma, otra forma de ser, es mucho más generosa. Pero acá en Santiago todo es salvaje. Entre las autopistas, los museos y el lobby, está lleno de dureza para los artistas, sobre todo para los emergentes.

Además en el actual contexto de feria que impera, muchas veces los jóvenes artistas no logran sustentar su trabajo.

Claro. En las ferias tienen que tomar el riesgo de arrendar stands y eso muy difícil. Es decir, partes tu carrera endeudado y con el sueño de ser millonario, que es lo que plantea la sociedad. Ese riesgo siento que es demasiado abusivo muchas veces, porque son espacios en los que no hay apoyo y no hay coleccionismo real, no hay una historia de la obra.

Evidentemente hay cambios que se van produciendo, pero eso requiere de un tiempo, creo que debiera ser más rápido, más ágil y más jugado por parte de la gente que tiene más recursos en Santiago. Pero me refiero no a la clase media sino a la clase alta, la cual lamentablemente en Chile es muy ignorante, no le da prioridad al arte o, cuando sucede eso, están ligados a expresiones tradicionales en las que todo es tabú, todo es un problema, no se puede hablar de esto ni de esto otro, lo que complejiza aún más conseguir auspicios y apoyos de empresas. Eso es una pena realmente porque yo creo que hay un gran potencial ahí, el hecho que exista una empresa distinta que financie proyectos que son parte de una escena que pone a la sociedad en evidencia, eso igual es power porque, a la par, a una empresa le daría un cariz distinto, una imagen distinta.

Pero acá en Chile eso es muy difícil porque son muy conservadoras. Si existe una empresa de leche tú tienes que poner a una vaca, es decir, tiene que ser una imagen literal, no puede ser una vaca con iPad que escucha música mientras da la leche jajaja. No sé, la publicidad podría ser mucho más atractiva y tener vínculos con los artistas, pero no lo es. Los directores creativos son demasiado tradicionales, porque en realidad la ignorancia genera una cierta tradición.

Hay una falta de sensibilidad y también cierto encierro ahí.

Sí, además hay cosas que son vinculantes ahí. Por ejemplo, el Centro Cultural 660 en Las Condes, que es un espacio que está ligados a los medios porque los dueños del espacio son los mismos dueños del diario y de las revistas que publica la noticia, dueños de la fundación, etcétera. Entonces no hay una objetividad porque todo está ligado entre sí, gente que se mueve y publica en su propio medio, ramificados entre ellos mismos, haciéndose publicidad a ellos mismos, aun cuando hay otros espacios potentes que tienen cero cobertura. Es ahí donde entra en juego la democratización, porque al final pasa por un tema de poder básicamente. Todo es poder. Para una pequeña galería lograr que escriban una nota de prensa puede llegar a ser algo terrible, pero ellos sí que pueden dedicar páginas enteras a sus propios intereses y ponerlos como algo maravilloso, que puede serlo, pero ciertamente hay un abuso de poder por parte de los medios y en cómo éstos funcionan. Eso es muy evidente en las artes, no sólo en las artes visuales, sino también en el teatro y la música.

Foto: Norton Maza

Educación artística y memoria

Pensando en tu obra “La necesidad de jugar”, ¿crees que se puede tensionar ese malestar del que hablas con ejercicios de recuperación?

Yo estoy trabajando con el reciclado, pero no en el sentido romántico, sino con el objeto, ya que se trata de juguetes que pertenecieron a alguien y que hoy son recuperados. Pero la recuperación en mi caso permite también tener una forma de trabajo más atractiva sobre juguetes rotos que adquieren un nuevo sentido, posibilidad que permite el sobreconsumo. Si no hubiera existido todo esto, habría tenido que hacer los juguetes yo y habría terminado la obra en dos mil años más, en cambio el sobre consumo a veces tiene esas cualidades, esa suerte, uno puede reutilizar y modificar, como en mi caso, para tener un lenguaje artístico.

Ahora bien, mi trabajo también tiene el componente personal que a mí me interesa mucho la realidad y la precariedad, comparar realidades en las que uno vive. En “La necesidad de jugar” se trata de restaurar una parte del juguete que está rota versus la otra parte que está impecable. Es decir, alguien botó un juguete porque se rompió una rueda y otro lo toma lo arregla, lo repara con palitos y vuelve a jugar con él. Eso yo lo viví durante diez años en Cuba.

¿Qué recuerdos guardas sobre esos juegos en la isla?

Me acuerdo en Cuba que se nos pinchó una pelota de fútbol que me habían mandado desde Francia. Alcanzamos a jugar un día nomás en la calle, estábamos jugando una pichanga, pasó una micro y la reventó. Fueron diez minutos geniales, pero ya no había más pelota y no había dónde comprar, no vendían pelotas en Cuba. Se terminó. Pero uno igual jugaba. Jugaba con la lluvia, con el barro, jugaba con el imaginario. Eso es lo importante y eso es lo que se ha perdido.

Hoy yo juego PlayStation y me muero de la risa, juego para relajarme. Tal vez porque cuando chico no tuve un atari jajaja, entonces ahí también hay una reparación, pero psicológica, no voy al psicólogo, pero me desestreso después del trabajo jugando un FIFA. Quiero decir, no está malo eso, pero debe existir un equilibrio para no perder la sensibilidad de la que hablábamos antes. Es como cuando uno ve en televisión los noticieros, hay tanto desastre que al final uno queda inmune frente al drama humano, ya no impacta nada, sino al contrario, alguien se tira del Costanera Center, se suicida y la gente se saca una selfie. A ese nivel ha llegado el lado salvaje del ser humano, a esa frialdad. A través de los juguetes reciclados uno vuelve a lo humano y vuelve a reencantar.

Entonces la memoria colectiva no es particularmente un motor en tu obra. ¿Cuál es la reflexión que haces sobre el presente y el pasado reciente?

No trabajo tanto la memoria en sí misma, a mí me interesa lo reciente. Ahora, evidentemente, para poder avanzar uno tiene que tener la memoria del pasado, como en los casos de Derechos Humanos en los que se necesita asumir desde la génesis. Es decir, ¿cómo construir un país con justicia si todavía hay gente que cometió tortura, gente que sabe quiénes fueron los criminales y resulta que están ahí al lado tuyo, libres en la calle, comprando en la feria contigo? Eso es terrible. Todavía hay gente que dice que el pasado fue así porque hubo una guerra en el país. Eso también muestra que se requiere de una educación para que se deje de validar la tortura y la desaparición como un tema de ideología. Hay que educar. Sobre todo porque el mundo entero está en esa, hay permanentes conflictos que se generan y uno cree que va a parar, pero no se acaba nunca porque hasta el drama humano hoy es un negocio, el tráfico de armas es un híper rentable negocio.

Cuando yo hago estos trabajos y hablo de la memoria es el sentido de juguetes que provienen de un pasado acorde a otra realidad mucho más sencilla y creativa. Ahora, yo hago un paralelo entre la guerra y la pobreza, tengo una obra que habla sobre metralletas, pero metralletas de cartón, el lado pobre de la guerra en el que hay un tipo que genera lucas con la pobreza, una obra donde hay muchos contraste. Eso sí tiene que ver con la memoria vivida que hace el presente.