Cuando nosotras hablamos de escritura estamos haciendo referencia a posibles rutas de producción de conocimiento. Nosotras decimos que no hacemos literatura porque encontramos en ella una historia que reproduce tácitamente un régimen sexo-genérico donde no tenemos un aquí. Nosotras hablamos de una escritura feminista porque no existimos en la imaginación heterosexual. Nosotras queremos proponer nuevas imaginaciones, imaginaciones negras, digamos ahora, también, masisi. Una imaginación donde mediante nuestras confusiones podamos explicarnos como un aporte a la renovación de la política.

Hablamos de escritura para decir a su vez que nosotras, colectivamente, nos estamos haciendo una vida fuera de las pautas caligráficas de la genealogía heterocentrada de la literatura universal. Apostamos por lo local, por lo autobiográfico como lugar epistémico, necesario, emancipador. Nosotras decimos escritura porque ahí existimos transitando géneros, países, identidades, amantes, fiestas. Traficando mediante la producción de la letra una zona temblorosa que todavía no existe sino únicamente en una incertidumbre que el tiempo que inventemos develará.

Hablo de escritura para responderle a quienes me dicen en Chile una y otra vez que mi acento está cambiando. Que mi voz cada vez está más neutra, como una historia de un viaje hacia el fin del mundo, con mi cuerpo transnacional expuesto intento hablar de escritura pensando que es posible dinamitar espacios donde la lógica de la idea de lo nacional se naturaliza a pensar de su violencia. Escritura para decir: soy una especie de antagonista de las negras y los negros sacados de su sitio con violencia. Un antagonista que sobrevivió a un genocidio esclavista. Quiero moverme y hacer de ese movimiento geográfico y de género una contribución a los archivos de las resistencias transfeministas. A una episteme de la extranjería. Soy parte de una generación empoderada de la carga simbólica e histórica (histérica, también) de tener un determinado color de piel, el pelo así, la carga material de haber nacido en una isla donde inició la masacre colonial. Donde todavía soy una vergüenza.

Nosotras hablamos de escritura intentando proponer torcer la línea recta que sustenta la hegemonía sexual que constituye la familia y los espacios donde nos desenvolvemos. Hablamos de escritura para decir al mismo tiempo que somos nosotras las que estamos cambiando, tomando riesgos. Escribo aquí: escritura y adiós Antonio. Como un nuevo ritual funerario total de flores amarillas saliendo de mi ano, ahora, sostenidas por unas manos que te acariciaron honestamente aunque no nos entendiéramos, no por nosotros, sino porque todavía seguimos reproduciendo lógicas coloniales donde a pesar de los esfuerzos que hicimos, de los textos que nos atravesaron, de los textos, reitero, las lecturas que nos atraviesan, había una pulsión humana/humanista que nos falta desaprender más. Ojalá continuemos aprendiendo de las plantas, aprendiendo a transformar nuestros espíritus. Yo existiendo con las ánimas, en las conversaciones sobre Obatalá y tú ofreciéndole al mundo, mediante tus ojos hermosos, una luz, poniendo en mi cruz algunas flores, Agua de Florida y tres quetiapinas, para de nuevo, en una performance personal –sin museo, sin galería, sin registro- lanzarme de espaldas de un cerro para focalizar en este cuerpo de hombre que no me gusta mi dolor.

Es en los bosques donde yo quiero encontrar mi posibilidad trans, en las montañas. Yéndome al bosque y a las montañas en una peregrinación cimarrona es donde yo quiero posicionar políticamente lo que estoy proponiendo con mi vida, con mis imágenes, con mis textos. Llenar de sentido todos los riesgos que continúo experimentando, traicionando, insisto, la idea de patria, al régimen heterosocial. Es bailando entre los árboles donde yo quiero encontrar la emancipación cognitiva, la gnoseología que todavía no puedo explicar. Es bailando en los bosques, en las montañas donde algún día me voy a encontrar porque en el registro de lo humano mi cuerpo, todavía, no está.

A mí no solamente me está cambiando la voz, los modismos, la fonética. A mí me está cambiando el ánimo, la emoción, el olor, el diagnóstico médico que antes de nacer en una ecografía vio un pene y me asignó un género que no es mío. A mí no solamente me está cambiando el acento, también he podido enfocar mi pena morena, esta rabia.


Escritor y performer de la República Dominicana. Vive y trabaja en Chile