Parece que nos enorgullece ser llamados el “milagro económico” de Latinoamérica. Lo cierto es que las cifras no mienten, el desarrollo económico que ha experimentado nuestro país durante los últimos años es digno de reconocimiento. Incluso dentro de un contexto de bajo crecimiento, Chile se posiciona como la economía más competitiva dentro de la región.

No es de sorprendernos, por lo tanto, habernos transformado en un centro de atracción para la gran cantidad de inmigrantes que en el último tiempo han llegado nuestro país, con la esperanza de encontrar nuevas oportunidades que les permitan acceder a mejores ofertas laborales, y en consecuente, a la anhelada calidad de vida.

Al respecto, numerosas han sido las discusiones que se han presentado en todos los niveles de nuestra sociedad y que han expuesto evidentes conductas racistas y xenófobas, hasta el momento relegadas dentro del país.

Frente a esto, son dos los episodios que han marcado dura y tristemente la pauta. Hace una semana, fuimos testigos de cómo una madre haitiana, Joane Florvil, murió tras la desesperación de ser incomprendida por quienes arbitrariamente la juzgaron. Más reciente, nuevamente somos espectadores del cómo un taxista abandona a una madre, también extranjera y a punto de dar a luz, en medio de la calle propiciando un destino fatal, la muerte del recién nacido.

¿Machismo? ¿Racismo? ¿Misognia? Son muchos los adjetivos que podríamos utilizar para calificar semejantes episodios, ambos nefastos. Pero en este sentido, el cuestionamiento fundamental es otro. Cabe preguntarse entonces, ¿Qué sentido tiene avanzar económicamente, si lo hacemos en desmedro de valores esenciales que apelan a lo más básico de nuestra humanidad? Incluso desde otra perspectiva, en esta sociedad declarada fehacientemente cristiana ¿Dónde queda la premisa “amar al prójimo como a ti mismo”?

Aparentemente este principio solo responde al oportunismo, ya que a priori, la lógica predominante es atender a cualquier situación que nos brinde algún beneficio práctico e inmediato, de lo contrario corresponde ignorarlo porque sencillamente “no es nuestro problema”. Es así como egoístamente nos limitamos a ocuparnos de las cosas que solo nos afectan directamente, muchas veces en menoscabo del resto, pasando por encima de todo el que creemos menos valioso. Por eso, es necesario instalar la reflexión: ¿De qué estamos orgullosos los chilenos? ¿De ser el país que mayor poder adquisitivo tiene para ir cada fin de semana al Mall? Representamos una oportunidad para todos aquellos que humildemente vienen en busca de algo mejor, debido a las dificultades por las cuales atraviesan sus países de origen, pero solo encuentran un conjunto de vejámenes y humillaciones por parte de quienes equivocadamente creen ser superiores.

Quisiera pensar que estos casos son aislados. Que el final es producto del infortunio de dos madres, que se cruzaron con la peor cara de la sociedad chilena. Empatía, respecto, amabilidad, un mínimo de bondad y buena disposición podría haber hecho la diferencia, así como puede hacerla en cualquier caso venidero.

Reconocer al otro como un ser humano igual y digno, sin distinción de etnia, nacionalidad o clase, es imprescindible para no seguir siendo testigos de estos episodios. Más aún, es necesario entender que el crecimiento de cualquier tipo se transforma en algo inorgánico y desechable, una vez dejamos de potenciar el desarrollo más valioso que cualquier persona o sociedad podría tener. Y que finalmente, es el trascendental: nuestra calidad humana.