Cuando una mujer se presenta “Hola, soy Fulana de Tal, tengo 2 hijos…”, pienso en el enorme peso del condicionamiento cultural que hace que lo primero que nos identifique, después del nombre, sea el rol de madre. Bueno, en este caso, dado el tema que nos convoca, es pertinente; de manera que me presento: soy Guisela Parra Molina, tengo 2 hijos y también 2 abortos, uno inducido y uno “espontáneo”.

Quiero empezar este relato diciendo lo que todas las madres sabemos: ¡hay que ver lo difícil que es ser mamá! Muchas veces (aunque no siempre) al mirar la carita dolida de mi hija, al oírla decirme que no pidió nacer, o al pensar en la historia de mi hijo y ver sus ojitos tristes, he sentido que debería, de plano, arrepentirme de haber deseado y decidido parir a mis hijos. Muchas veces me he arrepentido incluso de haber tenido ombligo, vagina, útero y tetas con leche. Bajarse de la cruz de la ideología patriarcal donde nos suben los hijos y nosotras mismas ¡también hay que ver lo difícil que es! Porque por muy feministas que seamos, por muy feminista que sea la crianza que demos a nuestras hijas e hijos, los roles y estereotipos que nos instaló la historia los llevamos tatuados nosotras, nuestras hijas y nuestros hijos.

Dicho esto, quiero compartir mis vivencias de aborto y violencia ginecológica, ya que siempre los espejos contribuyen a la conciencia que nos libera. El primero fue a mis tiernos 16 años, siguiendo el modelo de mi madre, cuyo aborto fue a los 15. Eso me lo contó cuando yo tenía como 11 años, junto con darme la información pertinente sobre sexualidad, que aunque era básicamente sólo biológica, era más de la que tenía la mayoría de las mujeres de esa edad en aquella época, porque mi mamá era adelantada a su tiempo y muy poco convencional. Entonces, en esa ocasión me enteré oportunamente de algunas cosas importantes: 1, cómo se hacen las guaguas; 2, que más vale evitar el embarazo; 3, que si una es muy chica cuando hace una guagua es preferible no tenerla; 4, que eso está prohibido, de manera que tiene que hacerse clandestinamente, y 5, que es una experiencia horrible, traumática. Tanto así, que ella decidió no hacerlo de nuevo, cuando al año siguiente quedó embarazada de su segundo pololo (lo decidieron juntos, en realidad), o sea, mi papá. Por eso tuve la suerte de nacer, y tuve la suerte de nacer de esa madre y ese padre. Suerte tuve también con mi propio primer aborto, porque sobreviví, lo que es un cuento que muchas mujeres no pueden contar.

Siguiendo el modelo de mi mamá, inicié a los 15 años mi actividad, digamos, sexual propiamente dicha, o sea, la que conlleva riesgo de embarazo. Con esta iniciación empezó también mi experiencia de maltrato ginecológico, porque mi mamá atinó más que la suya y me llevó a ese especialista, pero seguramente no contó con que el hueón me iba a atender con cara de furia y punto menos que a grito pelado: “¡¿Qué no sabe que se puede embarazar?!”. Solución no dio.

Eran los tiempos del amor libre, “make love not war”, y entonces, además de fumar marihuana, eso era lo que yo hacía, porque era una hippie criolla de tomo y lomo. Lo practicaba al pie de la letra, con mi pololo hippie (sólo con él, eso sí, nunca tan suelta de trenzas a tan tierna edad), usando el infalible método conocido como “la ruleta de El Vaticano”, que milagrosamente, durante el tiempo que estuve con él funcionó; no así con el pololo que vino después, que no era hippie, sino militante del MIR; aunque no creo que eso haya tenido que ver, ni con eso ni con lo que siguió. De él me embaracé a poco andar y continué con el modelo de mi madre, contando con su apoyo emocional y con el pololo en cuestión, que se encargó de toda la parte práctica: contactar al médico que le recomendó su papá; pagar con la plata de su papá; concertar una fecha; llevarme de Concepción a Tomé puntualmente; esperar lo que demoró el procedimiento, y meterme en un taxi de vuelta, con prescripción de reposo un par de días, después de lo cual iba a estar fresca como lechuga para volver al liceo. No fue así, sin embargo: la hemorragia me tuvo en cama como 2 ó 3 semanas y me provocó anemia. Esto ocurrió por allá por el año 1971, época en que el aborto terapéutico no era ilegal; pero yo no conocía siquiera el concepto (me tinca que tampoco mi mamá ni mi pololo; aunque él no era ni tan adolescente como yo, era ya mayor de edad). De cualquier modo, no creo que hubiera una manera de saber tan tempranamente si un embarazo cabía en esa categoría, sólo con la cornetita ésa con que se escuchaban los latidos del feto.

En fin, esa es la parte, digamos, práctica, objetiva, anecdótica, tangible, o como se llame. La otra, la emocional, fue un poco más bizarra. No puedo decir que haya tenido algún conflicto en la toma de la decisión. Por una parte, porque la historia de mi mamá me hacía tener una especie de sensación de naturalidad respecto del proceso; es decir, el paso que sigue al embarazo en la adolescencia es el aborto en la adolescencia, como quien dice. Por otra, porque quien decidía no era yo, por supuesto: dónde se ha visto que una mujer, menos una pendeja, tome alguna decisión de esa envergadura. Es lo único que tengo para agradecerle a ese pololo (y a su papá, claro). No tengo idea si la vivencia del aborto habrá gatillado de algún modo lo que vino de ahí en adelante; pero de cualquier modo, no voy a atribuir a eso el infierno que siguió, porque sería como el clásico de culpar al copete y no voy a caer en echarle la culpa al empedrado. Lo cierto del caso es que a partir de ahí se desarrolló una siniestra, típica y, según me hizo ver alguien hace poco, mal llamada, relación de “violencia de pareja”, que duró más o menos un año y me hizo trizas. Esto me ha hecho agradecer todos los días de mi vida que de ahí no haya nacido una creatura, que habría sido más desdichada de lo que han sido mis dos hijos juntos y me habría hecho sentir más culpa que toda la que he sentido a lo largo de mi vida maternal, lo que es bastante decir.

Habría sentido más culpa que la culpa que sentí entonces. Porque saber que había hecho algo ilegal y además demonizado por la sociedad me hacía demonizarme yo misma y además sentirme en riesgo de ser, mínimo, apuntada con el dedo. Por eso mismo había que mantenerlo oculto; incluso hubo que inventar una historia plausible (ni me acuerdo cuál fue), para justificar el largo reposo, ante los profesores, las compañeras de curso, las amigas del vecindario, y todos quienes, con gran preocupación, me visitaban a cada rato durante esas semanas; incluido mi padre, que supuestamente no estaba al tanto de nada. Pasaron como 30 años antes de que me contara que en realidad el muchacho sí se lo había informado (si me lo hubiera dicho entonces me habría sacado una buena parte del peso de encima). Mi familia no era religiosa, menos mal, habría sido peor. Pero mentir era algo impensable en mi árbol genealógico; más o menos equivalente a un pecado de un católico, pero sin la posibilidad de cura confesor. Entonces, era culpable del pecado de mentir y el de esconder un pecado; por tanto, tenía razones más que suficientes para ensartarme una feroz corona de espinas en la frente, y más encima no me quedaba sino seguir atragantada con la culpa y el dolor, porque no podía compartir con nadie esta experiencia, tan devastadora para mí. Además, como se sabe, debía guardar el secreto respecto de la violencia de que era objeto.

Por otra parte, aquí vuelven a hacer su entrada los preceptos morales y estereotipos de la cultura patriarcal. Creo que la corona de espinas por la mentira no fue tan dolorosa como escalar la mayor de todas las cruces determinadas por este paradigma: la que tiene que ver con la maternidad. Porque como sea, una se siente en falta por haber tenido la posibilidad de ser madre y haberla desechado. Es bien parecido a sentirse mala madre. Y la cueca de esta culpa me la avivaba el macho, al que le faltó no más construir una animita y montar un funeral de angelito con rin y todo. Lamentos y frases como “nuestro hijo” eran muy frecuentes. Incluso me parece recordar que le pusimos nombre a ese “nuestro hijo”, encarnado en un enorme oso de peluche que me regaló cuando yo estaba aún en cama y que encontré descuartizado en el closet el día en que logré juntar el coraje para huir. La figura del aborto para mí parecía ser “asesinato de un hijo por obligación”. Por otra parte, la sensación de pérdida, también motivada por el rol histórico, era inevitable: permití que me arrancaran a mi creatura de las entrañas. Algo así.

Esto hay que sumarlo a las imágenes del shock que conservo hasta hoy: bajar del taxi en Tomé en medio del silencio, en la puerta de una casona oscura que no tiene nada que haga pensar en una consulta médica; mirar a una vieja que abre la puerta con el secreto incrustado hasta en las arrugas de una cara de bruja de los peores cuentos; entrar a un sucucho lúgubre y frío, donde hay un paragüero antiguo; sentir pavor cuando me instalan patiabierta en una camilla, en circunstancias que mis piernas se han abierto sólo para dos hombres y con cuea he visitado al ginecólogo que describí una o dos veces en mi corta vida sexual; sentir en la vena del brazo izquierdo el agudo pinchazo del pentotal que, sin decir palabra, me inyecta el viejo ése, que más parece verdugo que profesional de la salud. Inyección de pentotal… una medida que no evita mi conciencia, intermitente y borrosa, pero conciencia al fin, del “raspaje” (como se llamaba entonces); del tiesto donde cae lo que raspa ese dizque médico, silente, con cara de muy pocos amigos, que me trata como si no fuera persona, sino algo así como un trámite incómodo o un cactus; del color oscuro de las paredes y las persianas cerradas; de la vieja que le pasa los tiestos y los cucharones y serruchos que me incrusta entre las piernas. Finalmente, ser encaramada con eficiencia por mi pololo en el taxi, laxa como una almohada vieja, aún bajo los efectos del pentotal. En fin, mi vida se convirtió en una mescolanza de dolor, culpa, carencia, lamentos y agresiones varias, envuelta en una especie de necesidad imperiosa de parir un hijo.

El segundo aborto fue en 1983. Ése sí habría cabido en una de las causales tan discutidas últimamente, creo yo, ya que se trataba de un embarazo paradójico y absurdo llamado “blighted egg”, o sea, huevo güero, según me informó el obstetra. En ese entonces ya existía la útil herramienta de la ecografía, de manera que el diagnóstico fue suficientemente precoz. Pero eso no tuvo la menor importancia, porque, si bien aún no se había decretado la ilegalidad del aborto terapéutico, me imagino que este médico obedecía a las leyes de dios, que siempre lo han penalizado; de otro modo, no me explico por qué no me informó de la posibilidad de interrumpir de manera oportuna, por tanto, segura, una preñez de tan paradójica naturaleza. Aun siendo adulta, yo seguía sin conocer el concepto, pero habría dado lo mismo. Porque muy adulta sería; pero era mujer, carecía de información pertinente –cuyo acceso no era tan fácil como hoy-, y estaba doblemente vulnerable por la noticia de que mi vientre albergara una creatura que nunca sería creatura. En estas deplorables condiciones, estaba frente a un hombre, un médico, especialista en la materia. Además, eran los tiempos en que mantener la boca cerrada era un aprendizaje subliminal ineludible para la mayoría, no sólo mujeres. Así, me vi obligada a esperar el desarrollo “natural”, “espontáneo”, del proceso, cuyo desenlace “espontáneo” comenzó con contracciones súbitas y dolorosísimas en un cine, siguió con un dolor insoportable que me hacía casi desvanecer en la micro hacia el hospital Higueras, continuó con la espera en urgencias (que en todo caso no era tan prolongada como ahora, menos mal, y eso que era hospital público, supongo que sería por una menor densidad de población) y la inesperada agresión de la enfermera que me recibió con un cuasi grito de “¡¿’ta segura que no se hizo na’, señora?!”, que si no hubiera estado tan atontada por el dolor me habría recordado esa primera experiencia con el ginecólogo. Ni que se hubieran puesto de acuerdo. Esta amable intervención de la enfermera me resultó sumamente desconcertante, ya que había sido un embarazo planeado, deseado y etcétera, después de 6 años de relación estable (bueno, más o menos) y me tenía sumida en un profundo sufrimiento desde hacía 3 meses. Me hospitalizaron y aún pasaron muchas horas interminables, tal vez un día entero, no sé –perdí la cuenta por el dolor y el desamparo-, antes de que sintiera una necesidad imperiosa y extraña de ir al baño, y expulsara en el guáter toda esa placenta sin feto y ese maldito y doloroso feto sin embrión. Todo este “espontáneo” proceso, en la más absoluta soledad. No se permitía la entrada a ningún familiar. Lo que siguió fue una espera de varias horas interminables, patiabierta sobre una camilla igualita a la del aborto de mi adolescencia, en una sala más iluminada, claro, con enfermeras y paramédicos que pasaban hacia allá y hacia acá sin dirigirme la palabra, salvo cuando le pedí a una que me ayudara para ir al baño, dijo que me traería la chata, le dije que nunca había podido hacer pipí en chata, a lo que respondió que entonces me aguantara porque el doctor llegaría en cualquier momento, así es que no me podía mover de ahí. Más comprensivo fue un paramédico, que accedió a no ponerme la chata bajo el culo; pero igual tuve que mear en ella, en cuclillas, ahí, al lado de la camilla, a vista y paciencia de todos los paramédicos, que eran varios, que transitaban por la sala, hacia adentro y hacia afuera. Todos hombres, curiosamente, o eso me pareció. Porque en cualquier momento llegaba el doctor. El diostor, ya se sabe, ése que llega a la hora que se le frunce, no espera a nadie pero hay que esperarlo horas enteras, y sin siquiera mirarla a una, cumple con el puto raspado de rigor –legrado, que le llaman en científico-, en un aborto “espontáneo”.

Pero para ser justa y mirar el vaso con un poquito de agua más que sea, no puedo negar la suerte que tuve de sobrevivir también a la violencia de este aborto de utilería, y también de que entre todos esos personajes del mundo de la salud que no conocen la sensibilidad ni la empatía, cuando convalecía al día siguiente, el turno correspondió a un médico que, por razones personales de la misma índole, sí era empático y me trató con amabilidad y dulzura, lo que sin duda, se agradece.

Este desaguisado concluyó con una depresión que me tuvo varios meses con licencia, encerrada en mi casa, en una pieza que ni se usaba de lo puro chica que era, llorando y tejiendo, llorando y tejiendo ni recuerdo qué, como una Penélope que no tiene bolso de piel marrón, zapatos de tacón ni vestido de domingo, ni tampoco abanico.

Epílogo: si todo esto que he relatado no se llama tortura institucional y, como tal, violación flagrante de los derechos humanos de una mujer, que quienes lo permiten en Chile le pongan un nombre que no sea “defensa de la vida”, por favor. Y que quienes defienden y justifican esta tortura, unos y unas legislando y otros y otras levantando pancartas en nombre de un dios y en nombre de la vida, que nos expliquen, a todas las mujeres que van a vivir esta violación y a las que la hemos vivido, las muertas y las sobrevivientes, la lógica absurda de prohibir por ley el libre albedrío, ése con que muchos se llenan la boca, sólo para cambiar una muerte por otra.


Escritora y traductora