Su nombre era Vladimir Dúrov y amaba a los animales. Venía de una familia rica y no sabía mucho del comunismo ni de los hechos del 17 de octubre de 1917, tal vez los más relevantes de todo el siglo XX. A Dúrov le bastaba con que el comunismo convocara al desarme bélico y a la construcción de una nueva sociedad con y para los más postergados. Y para él, no había nadie más postergado en el mundo que los animales.

La historia de Dúrov es el reflejo de la esperanza que generó la revolución rusa. El comunismo también estaba en los detalles: el mismo año en que el payaso ruso lloraba a Baby, su pequeño elefante con el que iba de lado a lado, Thomas Edison, en Estados Unidos, probaba su silla eléctrica -su creación más lucrativa- en una elefanta.

La de Dúrov es una de las tantas historias que el filósofo argentino Federico Galende recopiló en el libro Memorias de Octubre, que ofrece una fina selección de experiencias del mundo cultural en torno a la revolución rusa. En conversación con El Desconcierto, el director del departamento de Teoría de las Artes en la Universidad de Chile repasa los pormenores de sus historias y del acontecimiento que, hace 100 años, cambió el mundo.

– A 100 años de la toma del Palacio de Invierno, ¿cómo definirías la revolución rusa?
– Partiría diciendo que es uno de los acontecimientos más importantes, si no el más importante, de los últimos tres siglos junto a la revolución francesa. Es muy interesante que un acontecimiento tan importante haya coincidido con un momento muy único de las artes, con los últimos momentos de los sueños y de la felicidad de la humanidad en su conjunto.

– Llama la atención que a través de las artes y de historias del mundo de la cultura intentes reflejar lo que significó la revolución rusa.
– Sí, porque para mí todo está en las artes. Desde que el arte existe como arte, está en el mundo. Todo lo que está en el mundo está abreviado y resumido en las artes. Si uno va a las vanguardias soviéticas y las prácticas artísticas de ese período, tienes una lectura de ese horizonte utópico que se abre con la revolución rusa, que en realidad si uno quiere saber cuál iba a ser el futuro que se palpitaba en los años 15 en Rusia, los experimentos del joven Eisenstein o lo que está pintando Malevich resulta ser más expresivo que lo que encontramos en el diario de un zar. Esto no es exclusivo de la revolución rusa. Si quieres saber cómo era un país como Chile en los años 70, no necesitas revisar página a página el gobierno de Allende, a lo mejor basta con ver cuál es el horizonte que está trazando Balmes, qué pasa con el muralismo, con las pintadas callejeras, con las ferias del arte, con Matta subiéndose al carrito de la Ramona Parra para pintar la ciudad. Entiendo que el capital avanza hoy a una gran destrucción de las artes y me parecía clave rescatarlo, porque esa destrucción es como un servicio que el capital se sirve a sí mismo para empastillarnos a todos, dejarnos sin sueños y dejar que cada uno se salve por la suya. La defensa del arte como gran práctica política de las épocas y como memoria de los procesos de las épocas es una figura tremendamente importante.

– ¿Cómo llegas a elegir estas historias tan particulares? Como la de Dúrov, el payaso comunista y el paralelo con el capitalismo en Estados Unidos.
– Esa historia es mi favorita jaja. Hay siempre un contrapunto entre lo que pasa. Acabo de llegar ahora de Detroit, que es donde nació la cadena de montajes creada por el perverso Henry Ford. Entonces uno dice, qué curioso que se esté desarrollando una cadena de montajes con los sufrimientos y penurias que todos sabemos qué significaron para el hombre y en el mismo momento el montaje soviético se convertía en un método de liberación de las experiencias y la forma de recepción de los grandes públicos revolucionarios. Y está este contrapunto de la relación de Dúrov con sus animales. Él es alguien que viene de la dinastía, muy vinculado a un padre que era un defensor del zarismo, pero invierte esta relación. A mí me encantan esas vidas que terminan siendo completamente distintas a lo que la educación había trazado para ellas. Dúrov es un ejemplo fabuloso de eso, de su cariño por los animales que amaestraba, de su relación de igual con los animales y de cómo esa relación era expresión del igualitarismo que comenzaba a funcionar como un presupuesto performático en los años de la revolución.

– ¿Cómo fue ese proceso de recopilación e investigación? A veces parece una amalgama de información desordenada, que después se entrecruza…
– Es el libro propio de alguien que, para bien o para mal -porque puedo hacerme cargo de que también sea un defecto mío-, no se hace cargo del canon. Es decir, no leo la literatura ni el testimonio ni la historia en términos de un canon autorizado académicamente, sino que prefiero ir pasando de un libro a otro de la manera que más me gusta y más me acomoda y después cocinar algo con lo que leí. No quiero hacer el texto definitivo de nada porque sé que nunca voy a hacer un texto definitivo. Es expresivo de lo que estoy leyendo en un momento determinado y lo que consigo. En todo caso, aplico lo mismo para comer en mi casa, cocino con lo que tengo a mano.

– Tienes también un estilo particular de contar en tus palabras las historias, utilizando tu propia formación, tus propias lecturas. Es una apuesta de escritura.
– Sí, es verdad. Creo que mi apuesta es un poco heterodoxa, que de pronto cobra malas jugadas tanto en el campo académico con en el de la ficción literaria. Yo definiría mi trabajo como el de alguien a quien le interesa literaturizar la teoría. No pensarla como un acumulado de conceptos que sirven para explicar cualquier cosa, sino explicarla como una práctica experimental que tiene siempre un carácter literario Una verdadera teoría, como lo pensaba Foucault o Benjamin, se juega en el modo de exponer las ideas.

– ¿Qué nos puedes contar de Alexandra Kollontai y del feminismo en la revolución rusa?
– Una persona que ha consultado mucho la obra de Kollontai es Alejandra Castillo y, como le tengo un poco de miedo, no me gustaría nombrar nada de lo que ella hable sin nombrarla a ella también jaja. Es una querida amiga, una feminista muy valiosa, muy activa, un activismo donde el problema es la reconfiguración en las relaciones entre los cuerpos.

– A eso apunta lo de Kollontai.
– Claro, hay mucho de eso. Su historia tiene que ver con recordar algo que no se recuerda, ya que la revolución rusa se asocia a los hombres, al machismo, cuando la primera ley de la revolución fue la liberación del vientre de todas las mujeres y la asesoría a través de abogados expertos para que todas dejen a estos rusos violentos que las agredían de diversas maneras. Esa liberación tenía que ver con dos cosas a la vez: con la idea de que el adulterio no puede existir en una sociedad que abolió la propiedad privada. Y por otro lado, con la tensión que empieza a entablar el comunismo con la familia, porque finalmente como algunos lo han señalado, la familia fue el gran problema que tuvo el comunismo, es una especie de núcleo milenario de acumulación, de reproducción de rituales convencionales, que impidió que un proyecto como el de Kollontai consumara la idea de revolución. Mi mayor admiración y cariño va a alguien como ella.

Alexandra Kollontai, feminista rusa.

– A lo largo del texto se vislumbra también este conflicto entre comunismos, de cómo se contradicen dos formas de entenderlo, cómo una prevalece y cómo finalmente es la otra de la que se sigue hablando hoy.
– En el comunismo gravitaron respecto del arte -por eso digo que es tan importante-, dos fuerzas que trataron de articularse pero que finalmente estaban en un estado de contrapunto o de tensión. Por un lado, la idea de que el comunismo se reduce a una transformación permanente de las comunidades y el mejor lugar para expresar eso es el arte experimental, que cambia la relación entre las cosas. Estos cambios de relaciones que arman comunidades nuevas entre lo material y el sujeto, es un asunto muy fundamental, amparado y defendido por Lenin y el primer proyecto de la revolución. Esto entra en tensión con un segundo momento, que es el de la institucionalidad, que implica, como deja establecido Stalin -aunque no propiamente él, ya que era una máquina anónima infinita- que, como en todo proyecto de musificación, quiso hacer de la URSS un museo donde se exhibiera la inmortalidad de las cosas que han logrado ser retiradas del mundo de las cosas y el capital. Creo que esa convivencia entre la experimentación radical de los primeros años de la vanguardia y la exhibición de estas prácticas que dan cuenta del museo de la vida, tuvo consecuencias muy impredecibles.

– Y para los mismos personajes de las historias.
– Sí, ellos padecen esto. Saqué un librito hace poco, comunismo del hombre solo, que tomaba desde el cine de Kaurismaki, un cineasta finlandés que cogía todas estas prácticas de la vanguardia, lo que entraba en tensión con la imposición orgánica por parte del poder. Lo que me parece bien defender en este libro sobre la revolución es esta forma no orgánica de la comunidad, esta comunidad no mandatada por una especie de orden superior o de gubernamentalidad instalada en el poder.

– A 100 años de la revolución rusa, ¿cómo ves la vigencia del comunismo?
– Soy de los piensan -a contravenir de, creo, todo el mundo- que el comunismo en absoluto está muerto. El comunismo sigue siendo, como término o concepto al menos, la gran potencia liberadora de una humanidad a la que se han cursado a lo largo de la historia grandes penas e inmerecidos dolores. Todo mi trabajo está asociado a que no podemos abandonar la palabra comunismo. Yo me defino a mí mismo como un comunista.

– ¿Y entre estas vertientes del comunismo que hablábamos, la comunidad o lo institucional, a cuál te sientes cercano?
– No pienso el comunismo a lo Stalin, por supuesto jaja. Pienso que todo eso debe ser vuelto a revisarse seriamente, a contrapelo de lo que hizo la intelectualidad occidental con los fondos de la CIA para construir esta leyenda negra. Revisada y todo, esa no es mi propuesta de comunismo, mi propuesta es la igualdad entre todos los hombres y mujeres que participamos libremente de la construcción de nuestros modos de estar juntos y de reunirnos.

– ¿Y cómo se relaciona con la institucionalidad comunista, que es muy distinta según el lugar? El PC chileno es muy diferente a otras expresiones de comunismo en el mundo.
– Me parece que una posición como la de Putin hoy, con todo lo compleja y mala que nos pueda resultar, es importante en relación a lo que está pasando geopolíticamente con una ultraderecha que está volviendo a tomarse el poder de occidente. Veo saludablemente el contrapunto que Putin juega en esa división. Soy de los que piensan que la guerra fría no terminó y, tomando la idea de Derrida de que la guerra es literatura porque es pura retórica, acaba de comenzar una guerra atómica con los pronunciamientos escandalosos de Trump con Corea del Norte y viceversa. Frente a eso, la palabra comunismo tiene algo que hacer, porque está China, está Putin y están los miles de hombres y mujeres que quedaron fuera de esta dialéctica entre una izquierda liberal, parlamentarista y boba, y una ultraderecha que capitalizó todo lo que el parasitismo de esta izquierda mortificada no fue capaz de capitalizar. Institucionalmente el comunismo tiene algo que aportar en contra punto. Dicho eso, que sé que es bien complicado, el comunismo que a mí me interesa no es ese, es el organizado internacionalmente, el de los hombres y mujeres libres que quedan en condiciones de desplegar sus prácticas. Para que eso ocurra, como dice el propio Kaurismaki, hay que matar a los ricos y activar políticas que les dan en el culo jaja.

Memorias de octubre
Federico Galende
Editorial El Desconcierto
108 páginas
Precio de referencia: $10.000

Lanzamiento:

Jueves 19 de octubre
19:30 horas
Museo de Arte Contemporáneo (MAC)
Ismael Valdés Vergara 506, Santiago Centro