A Fabián Casas (1964) se le conoce como el escritor que desde los ‘90 en adelante hizo del barrio de Boedo su universo inequívoco. Se trata de una identificación pronto vuelta imperativa, de la cual más de algún periodista cultural por seguro se debió beneficiar: entrevistando al autor in situ, en el escenario mismo de su ficción, la crónica fluiría perfecto y la fotografía de rigor en el entorno —una esquina, una muralla— firmaría una nota redonda. Y si bien sin duda despega desde donde la hinchada del club San Lorenzo tiene su base, a diferencia de otras narrativas circunscritas al redil, la de Fabián Casas sobrevuela y aterriza, como un dron anárquico de gran autonomía de vuelo, sobre cualquier distrito de lectores inquietos.

Es lo que el puñado de reediciones de su trabajo, actualmente circulando, patentiza. “Ocio” (2000), primera aventura novelística de Casas, es un ágil relato formativo escrito en la primera persona de un ex estudiante de filosofía cuya vida cesante es asumida radicalmente bajo la satisfacción de lo elemental (“como, cago, duermo; soy una biología que no tiene rumbo”) y el vagabundeo sistemático con banda sonora que programa tanto The Beatles como Sandro, Led Zeppelin como Spinetta. La junta con los amigotes del suburbio abren a Andrés Stella (¿temprano homenaje al suicida de Cali, Andrés Caicedo Estela?) la onda de las drogas y la charla sobre literatura, el tránsito desde las mozas lecturas de Ernesto Sótano —como llamó Borges a Sabato— hacia el lúcido fraseo del nihilista doctor Céline.

Pero también se trata del particular viaje al fin de la noche que el personaje experimenta como parte de una familia de esferas que rotan aisladas —el padre viudo, un hermano ausente—, a cuyas espaldas Andrés desarrolla efímeramente, nueva jugarreta ociosa, la alternativa económica del microtráfico en complicidad con su verdadero clan de pertenencia, el Roli o el Picasso, la pandilla ya no tan juvenil con quienes comparte esa desocupación adicta que solo la paranoia y la muerte parecen destituir. La prosa de Casas fluye, en este debut, honesta en su rebeldía, sin trucos, con especial habilidad para generar finas observaciones sobre lo que acontece en los diferentes espacios por donde circula un personaje volcado a una adolescencia perpetua, pero que al mismo tiempo narra como escritor fogueado.

Los once relatos que por otra parte componen “Los Lemmings y otros” (2005), tal vez a la fecha el mejor libro de Casas, conforman una unidad estilística donde la atención del autor hacia la cultura popular (música, fútbol, videojuegos, tira cómica) se agudiza y adquiere una relevancia nuclear. En el relato homónimo, el narrador rememora la época colegial, la sexualidad en ebullición y las historias fantásticas (una de ellas sobre mamíferos suicidas del polo norte llamados Lemmings) contadas junto a sus compañeros alrededor no de fogatas sino que de un sacralizado y ritual consumo de jarabe.

En “Casa con diez pinos”, un escritor novato, empleado de una editorial, debe secundar la respetada visita del llamado Gran Escritor, quien al final del día termina encargándole los invaluables originales de sus primeros poemas para ser transcritos y subidos a la red. El empleado, harto de esa jornada, de la explotación por parte del supuesto genio, y desengañado además del mundillo literario al que él mismo acaso aspiraba, acaba deshojando la carpeta de originales en un estrambótico bar, al son de febriles letras de una banda latina de rock setentero.

Uno de los mejores de esta serie, “Asterix, el encargado”, resume bien la poética de Casas. La recomendación de una novela del alemán W. G. Sebald hecha nada menos que por el escritor Fogwill, deriva en la peripecia de cómo el narrador de esta historia alcanzó una vez el satori, la iluminación pregonada por el budismo zen (o el “Boedismo zen”, como inventa otro personaje). Asterix, un tipo solitario, doble del imbatible guerrero galo y cuyo destino será trágico, se transforma en el virgiliano guía que llevará a quien narra hasta un verdadero bacanal popular, donde de súbito ocurrirá el despertar de la conciencia en mitad de una comunidad de cuerpos carnavaleros que tanto distarán del origen europeo-erudito que abre esta notable fábula iniciática.

Seguir diluyendo los límites entre lo sofisticado y lo masivo es lo que parece primar en la agenda de la literatura de Casas. El ideal, como sugiere otro relato, sería ver al esteta Paul Valéry en el tablón de una barra brava. Esta pretensión ya se trasluce en “Diarios de la edad del pavo” (2016), reciente registro de la época en que el escritor argentino era el destapado poeta de “Tuca” (1990) y “El salmón” (1996), e intentaba domar la prosa a fuerza de ensayo y error, leyendo todo lo que cayese en sus manos, selección argentina y resto del mundo, Kafka o Juan José Saer, Zelarayán o Thomas Bernhard.

Tres diarios que cruzan desde 1992 hasta 1997, configuran estas páginas colmadas de apuntes de lecturas, discos escuchados, anécdotas y vaivenes íntimos, encuentros con escritores, experiencias laborales y crónicas de males reales e imaginarios. Casas anota versiones “covers” de los poemas de W. B. Yeats, sigue atento el famoso Diario de Gombrowicz y alucina con el descubrimiento de la obra de Di Benedetto; se sorprende con la poesía de Óscar Hahn, disfruta a Frank Zappa, expone con humor sus avances en idiomas, y registra puntualmente las molestias físicas propias de un lector voraz así como los avatares de no pocas urgencias dentales. En estas páginas las jerarquías se anulan y cada asunto cotidiano consigue un peso en lo que no es sino la secuencia del periodo en que Casas esencialmente explota como escritor.

De hecho, lo que en 1992 parte por ser considerado un “retrete”, dos años más tarde termina siendo estimado como un espacio valioso: “Se me ocurrió que este diario, con su manera desprolija de avanzar, mediocre y casi en el filo de la desidia, era auténtico”. Esta conciencia llega en el momento en que el argentino parece transitar desde su espartana labor en la revista literaria 18 Whiskys, hacia el régimen más bien prusiano del periodismo, “el camino más corto hacia el infarto”, trabajando para tabloides como Clarín y el diario deportivo Olé. Y es ese precisamente el marco que, entre la precariedad de la agobiante realidad cotidiana y el combustible anestésico del rock y la literatura, define el proceso neura y altamente hipocondríaco de gestación, escritura y finalización del manuscrito de “Ocio”, tal vez el verdadero protagonista de aquellos años.

Hablar de Fabián Casas es hablar de una literatura concebida como arte marcial: maniobra físico espiritual en busca de una suerte de iluminación que haga frente a los embates de lo real. Se trata de una obra prima hermana de la de Andrés Caicedo y también pariente no tan lejana de la de Alberto Fuguet, pues escaso neocostumbrismo puede hallarse en una propuesta que consigue descifrarse, gracias a una cómplice comunidad de símbolos y de consumo cultural, más allá del perímetro nacional o barrial. Recordemos que a James Joyce sólo le interesaba escribir sobre la vida de los irlandeses. Y parece que no a otro que a Tolstói, un autor que Casas conoce bien, se le atribuye el aforismo: describe tu cuadra y describirás la galaxia. Por suerte Boedo no es Dublín ni Yásnaia Poliana. De otro modo la literatura del argentino difícilmente atraparía nuestra atención.

Obras de Fabian Casas

Ocio (precio de referencia: $11.900)

Los Lemmings y otros (precio de referencia: $ 11.900)

Diarios de la edad del pavo (precio de referencia: $17.900)