Ya hemos sido advertidos. Mientras la clase política se revuelca complaciente en su ignorancia y arrogancia, desde hace años sabemos de los graves daños medioambientales en el territorio chileno y en todo el mundo, todos ellos encadenados: desertificación, deforestación, contaminación urbana, escasez hídrica, destrucción de ecosistemas etc. A lo que se añade el agotamiento del petróleo barato, calentamiento global, deshielo de las capas árticas y antárticas… el listado de desastres es interminable. Todo esto tiene causas antrópicas, no son fenómenos naturales sino el resultado de un modelo económico productivista que funciona de espaldas a la naturaleza y que considera el daño como “externalidades negativas”, no incluidas en las felices cuentas de la economía. El PIB, lo sabemos, es un embuste, no incorpora todas las dimensiones y variables del metabolismo económico y sus consecuencias sobre la naturaleza.

La religión del crecimiento económico y el reino de la mercancía embrutecen el oficio de los tecnócratas que gobiernan el mundo y que cuentan con la complicidad de unos ciudadanos-consumidores que no quieren ver los signos de la catástrofe inminente, mientras puedan seguir usando sus tarjetas de crédito y viajando o soñando con viajar a Cancún o Disney World. Ceguera y sordera para garantizar la quietud y el hedonismo irresponsable. Los tecnócratas, de todo el arco político son incapaces de entregar respuestas que no se basen en los imperativos del desarrollo, entendido como crecimiento económico. Su inteligencia y su voluntad no dan para mucho más.

El capitalismo periférico chileno, en sus diferentes etapas y variantes ha sido depredador y arrogante con el medio ambiente. Con la preciosa ayuda del Estado, lo ha esquilmado beneficiando siempre a unas exiguas minorías. Desde las tempranas quemas de bosques fomentadas por Vicente Pérez Rosales para dejar terreno libre a sus recién importados colonos alemanes (“ofrecí a Pichi-Juan treinta pagas (…) para que incendiaria los bosques que mediaban entre Chanchán y la cordillera”) hasta los actuales proyectos mineros e hidroeléctricos, la historia de la economía chilena es la historia de la violencia ecológica, industrial y militar, ejercida contra el territorio y sus habitantes. El actual modelo extractivista ha elevado el robo y el avasallamiento a la naturaleza y a las comunidades a la categoría de arte.

Frente a esto, es evidente la ausencia de reflexiones y de propuestas por parte de la auto-definida como centro-izquierda acerca de los daños medioambientales y de sus consecuencias. Es tal su atraso, su debilidad ideológica y programática así como su subordinación a la doctrina neoliberal. El actual relevo generacional, el Frente Amplio, por ejemplo, no considera que en las “Cinco propuestas para cambiar Chile” (sic), de su candidata presidencial, sea necesaria incluir iniciativas ecológicas radicales.

Reaccionando al imaginario del crecimiento ilimitado y a la arrogante razón y ceguera economicista que lo fundamenta, ha nacido en los últimos años en Europa primero, para después extenderse por todo el mundo, una propuesta teórica y muchas iniciativas prácticas, que ponen en cuestión el modelo productivista dominante y apuestan por sociedades austeras y “conviviales”. El decrecentismo, como ideología y movimiento, parte de un enunciado a la vez elemental y enérgico: no es posible un crecimiento económico infinito en un mundo finito. La biosfera señala límites no traspasables, so pena de desastre, a la voracidad de la producción y el consumo. El imperativo es, entonces, decrecer. Decrecer en producción y consumo, pero también decrecer en despilfarro, en contaminación y en injusticias sociales. Y, por el contrario, crecer en solidaridad y respeto por todos los seres vivos. El desastre medioambiental previsible y sus consecuencias como desastre civilizatorio, es una hipótesis de trabajo a partir de las cuales se platean las iniciativas decrecentistas y otras como el movimiento de los pueblos en transición, el movimiento de las eco-aldeas, las propuestas de post desarrollo y resiliencia, agricultura ecológica, permacultura etc. Todas ellas hermanadas en un diagnóstico similar y similar voluntad de hacer frente, aquí y ahora, al desastre.

El movimiento de objeción al crecimiento y el decrecentismo conciben a la actividad económica como parte de un ecosistema natural. Señalan que es necesario reconectar la economía con la naturaleza, remarcando que no podemos pretender vivir obviando los límites y condicionantes que ésta nos señala. Frente a un modelo de producción basado en la extracción ilimitada de recursos y en la generación también ilimitada de residuos, el decrecentismo, en el contexto de una economía ecológica, propone modos de producción y consumo compatibles con las leyes que gobiernan el funcionamiento de la biosfera. Nuevas formas de vivir, producir y consumir en común hasta nuevas instituciones que permitan asegurar la subsistencia de todos, sin crecimiento.

El decrecentismo realiza una crítica profunda al concepto de “desarrollo sostenible”. Este ha sido asimilado y manoseado ad nauseam y desde allí ha emergido la “economía verde”, la “responsabilidad social corporativa”, los “productos ecológicos”, la “economía circular” etc. cuya intención, manifiesta o velada, es mantener lo existente y asegurar los beneficios empresariales, haciéndolos “compatibles” con el medio ambiente. Para el decrecentismo ningún tipo de desarrollo o crecimiento económico ilimitado puede sostenerse y ninguna tecnología milagrosa nos salvará de la autodestrucción civilizatoria. Por este motivo, abogamos por un “decrecimiento sostenible”.

La visión decrecentista es que las políticas de decrecimiento deben ir juntas con políticas de redistribución, tanto en los países centrales como en los periféricos. Propugnamos una “equidad sin crecimiento” y, por supuesto, rechazamos, por falsa e inmoral, la famosa teoría del rebalse o “chorreo” que llevaría a un “crecimiento con equidad”. El decrecimiento pone límites a la avidez empresarial y, a la vez, expande la apropiación social del trabajo de todos. Apostamos por sociedades autoorganizadas “desde abajo”, dentro de un proyecto de austeridad comunitaria estimulado por la imaginación decrecentista. En todas estas sociedades existen importantes capas sociales con sobreconsumo, prácticas de despilfarro y ecológicamente destructivas. Esos sectores deberán modificar sustancialmente sus estilos de vida y asumir un exigente principio de austeridad. Por ahora “por la buenas”, las malas vendrán cuando ya no haya nada que repartir y apropiarse.

La propuesta por el decrecimiento es una obviedad. Es el “dos más dos” del sentido común y de la sensatez: afirma que no es viable un crecimiento infinito en un mundo finito y punto. Pero el decrecimiento, lo sabemos, es una propuesta política que no será asumida por el Estado, y sus actores políticos, por impopular, en el sentido de que no genera votos y provoca grandes resistencias en los sectores de la población “emergente” que han vinculado su movilidad social con el sobreconsumo y el despilfarro. Sólo será asumido, esta vez de manera autoritaria y bajo formas eco-fascistas, cuando la tragedia esté desatada y no haya nada que hacer para frenarla. Por eso, el decrecentismo y sus propuestas hermanas, se han hecho cada vez más pesimistas frente a las posibilidades de que los acontecimientos del desastre puedan ser revertidos a partir de las intervenciones estatales. Muchos pensamos que los botones del desastre a lo mejor ya han sido pulsados. Como señala Manuel Baquedano: “los efectos de los límites eco-sociales de esta civilización ya llegaron y hemos comenzado a sufrir sus consecuencias. Serán los hechos mismos que irán sensibilizando a los distintos actores de los dramáticos tiempos que nos tocará vivir. Llegó el tiempo de prepararnos para enfrentar lo incierto”. Por este motivo, cuando la mayoría de las evidencias nos llevan a una razón pesimista, no queda más que hacer una apuesta por la voluntad de construir, aquí y ahora, micro-espacios resilentes de imaginación e intercambio, experimentales y consecuentes. Pero no en el aislamiento de comunidades egoístas sino con deseo pre-figurativo, es decir, ofrecerse como ejemplos de resistencia política frente a la expansión del reino de la mercancía bajo formas socialistas, no jerárquicas y no estatales, que habrá que diseñar de acuerdo a las contingencias. Pero, sobre todo, como anticipación de otros mundos posibles, con la decisión de federarse junto a otros afines para construir redes comunes de pensamiento, de aprendizaje, de afectos, de sensibilidades, de producción, de distribución y de consumo viables. No hay muchas más alternativas.