Duele constatarlo, pero en los hechos Nicolás Ibáñez Scott comprendió mucho antes que nosotros los porteños la importancia que tiene el club de fútbol de la ciudad y las potencialidades económicas y políticas de aquel cliché cursi pero real de que “Valparaíso es Wanderers y Wanderers es Valparaíso”.

En tiempos en que el controlador de la sociedad anónima deportiva que administra la rama fútbol profesional del decano del fútbol chileno se encuentra enfrascado en una pelea personal contra el alcalde Jorge Sharp por las torres que pretende construir en el Parque Pumpín, la importancia estratégica de Wanderers comienza a develarse ante los ojos del habitante del puerto principal, que puede al fin entender por qué un experto y hábil empresario como Ibáñez no sólo ha ingresado a un negocio deficitario como el fútbol, sino que a pesar de las constantes pérdidas ha decidido mantenerse e incluso aumentar su participación en el mismo.

Como bien señalaba Norberto Bobbio, el poder tiene por un lado la habilidad de camuflarse a sí mismo, y por otro la capacidad de maquillar sus verdaderas intenciones al momento de hacer pública su actuación. Llevado a términos futboleros, el poder juega de “9” de área – estilo Silvio Fernández – de esos que pasan desapercibidos todo el partido al punto de hacernos olvidar que están allí, pero al menor descuido te recogen una pelota en el área chica y te vacuna, pero al mismo tiempo juega de “10” y, al igual como hacía Jaime Riveros mientras nos deleitaba a punta de talento en Playa Ancha, nos hace creer que va hacia a un lado, cuando en realidad apunta el pase hacia el sector opuesto. Eso es exactamente lo que ha hecho Ibáñez en Valparaíso y particularmente en Wanderers.

Hasta hace algunos años, el ex controlador de D&S (Supermercados Líder), utilizando la plataforma comunicacional que gustosos le brindaron los medios ligados a la derecha, pregonaba que había llegado a Wanderers con la intención de plasmar su amor por Valparaíso. Pese a estar tradicionalmente vinculado a deportes náuticos o de turismo-aventura, Ibáñez declaraba que sentía que debía devolverle algo a la ciudad –cómo no, si en la capital de la V Región comenzó a forjarse su exorbitante fortuna–, y para ello contactó a su amigo de universidad, Jorge Lafrentz Fricke, a quien puso a la cabeza del proyecto, al cual también se sumaron pesos pesados como Mario Valcarce (ex gerente general de Enersis y ex presidente de Endesa), Jorge Carrasco (el mismo de los contratos forwards en el caso Penta), Wolf Von Appen (Ultramar, TPS) y el abogado y socio de Ibáñez, Alberto Eguiguren.

Discursos bonitos, algunos gráficos y balances inentendibles, promesas de eficiencia económica, transparencia, profesionalismo, éxitos deportivos y, por sobre todo, la desesperación de los socios caturros bastaron para convencer a éstos de aprobar un contrato de concesión que entregó por 30 años la administración de la rama fútbol profesional del decano del fútbol chileno a la naciente Joya del Pacífico S.A.D.P., hoy Club de Deportes Santiago Wanderers S.A.D.P., en condiciones aún peores a las que tienen otros clubes como Colo Colo.

¿Pero qué ha ocurrido en estos casi 10 años de concesión en Wanderers? A los magras campañas deportivas –salvo el 2° lugar del 2014 y quizás la reciente clasificación a Copa Libertadores en medio de la lucha por no descender todo ha sido mediocridad– se suman resultados económicos desastrosos, manejos turbios y el permanente atropello de la dignidad del hincha. Desde el 2008 a la fecha, con la excepción del 2013, todos los ejercicios han arrojados pérdidas grotescas, al punto de que la suma de éstas supera en más de un 600% el monto de los pasivos que mantenía el club a la época de la concesión; se dejó aumentar la deuda previsional a más de $2.200 millones; se creó una persona jurídica sin fines de lucro de papel para poder optar truchamente a los beneficios de la Ley de Donaciones Deportivas, basurearon a un ídolo como Jorge Ormeño, se hizo aplicación injustificada y arbitraria del derecho de admisión en algunos casos y vulneraron un acuerdo del CORE que favorecía a los hinchas de menores recursos, entre otras barbaridades.

Pese a los resultados negativos, Ibáñez Scott aumentó su porcentaje accionario en la S.A.D.P. De tener el 32% al comienzo, hoy ostenta aproximadamente el 78% de la propiedad a través de Fundación Futuro Valparaíso, controlada por él. Más aún, la concesionaria pierde mes a mes una cantidad cercana a los $100 millones, situación que es “generosamente” salvada por Fundación Futuro Valparaíso, quien presta los dineros necesarios a una tasa del 4,5% de interés. O sea, endeuda a Wanderers S.A.D.P. al mismo ritmo que aumenta los créditos de su fundación. Fue justamente estos créditos que ostenta lo que le permitió a fines del 2015 amenazar con pedir la quiebra de la empresa concesionaria.

Aquí vemos la real dimensión del poder que ostenta Ibáñez. A priori, sólo un altruismo digno de santo podría permitirnos entender que siga invirtiendo en un negocio que se desangra en pérdidas. Sin embargo, el engaño está en que por un lado para él no implican tantas pérdidas como se cree –más cuando se encuentra próxima la venta del CDF–, pero más importante aún, en que Wanderers significa para él un enclave de poder dentro de Valparaíso.

El fútbol, desde su carácter de masivo y popular, constituye la posibilidad de penetrar en capas de la sociedad a las que otras instituciones difícilmente logran llegar y, por lo tanto, se transforma en una herramienta útil para la construcción de una hegemonía política-ideológica. En otras palabras, lo que Ibáñez persigue es transformar su “verdad” en la “verdad” de Valparaíso y para tal propósito Santiago Wanderers, con sus más de 5.000 socios y decenas de miles de hinchas, resulta clave.

El empresario Nicolás Ibáñez con la polera de Santiago Wanderers

Para entender esto, convendría recibir el pase en profundidad que nos envía Foucault cuando habla del poder positivo. Tradicionalmente se ha entendido el poder en su concepción negativa, esto es, como prohibición, represión y censura. O, en otras palabras, como aquella fuerza que se ejerce sobre nosotros para impedirnos ser lo que queremos ser. Algo así como ver jugar a Víctor Cancino en el puesto de volante de corte, rompiendo todo lo que el rival intenta crear a punta de fuerza, fiereza y patadas.

Sin embargo, el poder tiene también una cara distinta, más amigable y por lo mismo, probablemente más peligrosa: aquella que nos hace ser como somos, que nos moldea, que nos determina, es decir, el poder como productor. Un poder que construye cosas, discursos, saberes y placeres. Llevado al fútbol, sería un equivalente a ver a Ronaldinho aplastar y golear al Real Madrid, al mismo tiempo que es aplaudido por todo el público merengue en el Santiago Bernabeú.

Pues bien, es ese el partido que se juega hoy en nuestra ciudad y que nos enfrenta a Nicolás Ibáñez como rival. De acuerdo a la reciente encuesta Adimark, Valparaíso es una de las dos ciudades en Chile donde no existe predominio de simpatizantes de Colo Colo, sino que sus habitantes mayoritariamente se declaran caturros. A su vez, Santiago Wanderers es la institución más grande y transversal existente en este territorio y es allí que radica su valor táctico.

El empresario, declarado pinochetista, tiene una idea de cómo debe ser Wanderers, en la que la identidad sirve sólo si produce plusvalía, en la que los hinchas y socios son transformados en consumidores y clientes, y en la que lo más importante es maximizar la ganancia del capital, para que por aplicación de la ley del chorreo seamos beneficiados todo el resto. Asimismo, Ibáñez tiene también un proyecto de ciudad, en el que nuestra identidad local es útil en tanto produce ganancias para la industria del turismo, en el que lo importante es tener edificios en los cerros y malls en la costa para poder vender a nuevos consumidores y en el cual a nosotros a nosotros los porteños nos quedan trabajos precarios y gentrificación.

Los principios que rigen una y otra son exactamente los mismos y son precisamente éstos los cuales Ibáñez Scott busca imponernos, de forma sutil y disimulada, utilizando al club de la ciudad como arma. La relación “Valparaíso/Wanderers” usada magistralmente a su favor.

Es por ello que si Jorge Sharp y la alcaldía ciudadana pretenden hacer frente a Ibáñez, deben necesariamente mirar a Wanderers no con el desdén con que tradicionalmente se ha acercado la izquierda al fútbol, sino que valorándolo en toda su dimensión social.

Por lo demás, nuestras luchas son análogas. Mientras el alcalde ha dicho que Valparaíso debe ser decidida por los porteños, nosotros hemos sostenido que Wanderers debe ser de propiedad y administración de los wanderinos. Como organización que se plantea la recuperación de los clubes para sus socios, socias e hinchas entendemos que nuestra lucha y la de todos aquellos que tanto en Wanderers como en otros clubes dan cara a sus respectivas sociedades anónimas, no se encuentra desvinculada de otras reivindicaciones sociales y que, por lo tanto, somos aliados naturales de todos aquellos que crean en un mundo en el que, apartados de las lógicas neoliberales, las decisiones son tomadas ya no por unos pocos que se sirven del trabajo ajeno, sino que por aquellos que realmente producen la riqueza.

Tenemos al mismo rival y usamos la misma camiseta. Ya es hora de que comencemos a jugar como equipo, le tranquemos la pelota a quienes han intentado apropiarse de ella y que todos comprendamos la importancia de generar movimiento social en torno al fútbol, pues recuperar nuestros clubes no es sólo un capricho de unos cuentos “cabezas de pelota”, sino que implica la conquista de un bastión clave en la lucha contra el capital.