Llegar a Roma para presentar “Cabros de mierda” ha sido como estar en el túnel antes de entrar a la cancha a un partido de la Libertadores. Esta era la primera experiencia de este tipo para Nathalia (Aragonese) y para mí.

Fue el jueves cuando fuimos a la sede de la Festa dil Cinema di Roma, el auditorio Parco della Musica. Es un gran gran auditorio, con una acústica espectacular y una gran pantalla. En cuanto a participantes, ha estado gente como Christoph Waltz, Xavier Dolan, Nanni Moretti, el compositor Michael Nyman, Vanessa Redgrave, Ian McKellen y cierra David Lynch. Además películas realmente buenísimas.

La primera función de “Cabros de mierda” fue el viernes 27 de octubre, cerrada solamente para la prensa. Nosotros esperábamos que hubiese unas 60 personas, pero llegaron 180 periodistas viendo la película. Según nos comentaron después, pasó algo que es muy poco común: los periodistas se pusieron a aplaudir. Los periodistas no aplauden. Cuando salieron decían “Bravo, bravíssimo”. Se nos acercaron directores italianos destacando la emotividad y las actuaciones. A la Nathalia le dijo que hace mucho tiempo que no veía una escena donde una actriz pasara por un espectro emocional tan amplio en un solo plano.

La crítica especializada ha sido nada que ver con la que hizo El Mercurio, que dijo que era “pornográfica”, que todo estaba exagerado.

Para mí no era mostrar “nuestra” película, sino parte de la realidad de un país, de Latinoamérica, por lo que eso resuene en gente que no tiene que ver necesariamente con esas historias es emocionante.

Fue un buen augurio para el estreno al día siguiente.

El sábado 28, después del desayuno, salimos con la Nathalia a caminar para distraernos un poco. En la tarde, el festival puso a nuestra disposición un maquillador y un estilista, que fue como vivir la parte glamorosa, algo que no de vive en Chile por ser una industria sufrida con pocos recursos. Fuimos a una sesión de fotos y a una conferencia de prensa, donde nos preguntaron de la exhumación de Neruda y la realidad del país.

Es curioso, porque mientras en Chile me preguntan por la reacción de Italia ante la película, acá nos preguntan cuál fue la reacción de Chile. Se sorprenden cuando decimos que nadie quedó indiferente. Que mientras hay gente que la odió, que “cómo seguíamos haciendo esto” y gente que amenazó a Gonzalo (Justiniano) por Twitter, hay otra gente que ha tenido la reacción que tuvieron acá.

Respecto a la pregunta de la realidad de Chile, nosotros tenemos claro que las heridas que dejó la dictadura las han intentado esconder debajo de la alfombra. Cuando te hacís el hueón con una herida, se te infecta. Y mientras no la trates, no va a cicatrizar y no se puede seguir adelante. Yo creo que la película aporta una conciencia para poder establecer las bases de un proceso de cicatrización, al menos desde el arte.

También nos preguntaron cuál era la visión de la Nathalia y mía sobre Chile, al venir de una generación post dictadura. Yo dije que creía que era muy homologable con lo que ocurría en las familias. En mi caso, la familia de mi viejo es de derecha, defienden el régimen económico y toda esa huevada. En el caso de mi mamá, a mi abuelo lo asesinaron cuando ella tenía 17 años para una navidad. Es gente de izquierda.

Es una analogía de lo que pasa en Chile. Dos lados sumamente marcados que no han sido capaces de afrontar la realidad. Un lado por el trauma -una evasión del dolor- y el otro por la negación.

[Lee la entrevista de El Desconcierto: Gonzalo Justiniano, director de “Cabros de Mierda”: “Las críticas que vienen de la derecha me las paso por el culo”]

Por último, preguntaron por cómo construíamos los personajes. Para hacer el cura Samuel tuvo mucho que ver mi experiencia en el colegio, donde curas como Gerardo Whelan inculcaban valores como “la realidad tienes que ir a experimentarla, no la vas a encontrar en un libro”. Lanzarse a observar la realidad es el concepto clave. Samuel con su cámara registra las imágenes que Justiniano grabó en sus documentales de la dictadura. Es un observador que se inserta en una realidad. A partir de eso descubre una realidad distinta a la escrita.

Él entra en la población La Victoria tratando de ser gentil y no equivocarse. Como si le golpearan las manos cada vez que se equivocaba. “Yo vengo a ayudar aquí al tercer mundo, no quiero ser agresivo”. Hasta que llega un momento donde se le quiebra la identidad, al verse libre del padre y de la religión, al conocer la lucha de la gente en Chile, la sexualidad. Es el primer momento en la vida de este personaje en donde está realmente libre.

Además está el tema del idioma. Me han preguntado si soy americano. Yo les digo que no y me dicen “¿cómo?”. En Chile he ido al estadio a ver un partido del Colo y la gente pensaba que era gringo. Acá en Roma, le decía a Justiniano que lleváramos los panfletos de Samuel para repartirlos afuera de El Vaticano jajaja.

Después de la conferencia volvimos al hotel, teníamos que ir de otra pinta para la función. Nos pasaron a buscar y era como la sensación de llegar a un matrimonio. Tomarse fotos, saludar. Nos metieron en un cuarto de atrás de este auditorio grande para esperar a que entrara toda la gente.

Nos presentaron, entramos uno a uno, y empezaron a pasar la película.

Yo creo que es la primera vez que me emociono realmente con la película. Siempre había sido como “ese no soy yo, es una película, una ficción”. Trataba de generar una distancia, quizás por pudor. Pero ahora, por el contexto en que se genera todo, por primera vez me sentí atravesado por la película.

La primera parte se mueve en la clave de la comedia. Es curioso, porque con la escena de “esta es la perra que se llama Lucía”, en Chile todos se ríen. Acá nadie. Pero de repente había momentos de comedia física que en Chile pasaban piolísima y acá la gente se mataba de la risa. Son distintos los códigos del humor.

También otras cosas. La gente decía “¡Inti illimani!” cuando escuchaban sus canciones, ya que ellos vivieron mucho tiempo en Italia por el exilio. Les impactaba luego la crudeza o la brutalidad con la que aparece la violencia de los agentes de la dictadura.

El momento que realmente me quebró fue cuando aparecen los detenidos desaparecidos en el muro del Museo de la Memoria. Siempre que veo esos rostros digo que atrás de cada uno hay otra historia exactamente igual a esta película, multiplicada por tres mil. Historias anónimas coartadas por pensar distinto. El zoom out de esa escena genera una visión holística donde reflexionas que la realidad que acabas de ver por dos horas lamentablemente es solo una de tantas.

Tengo muy grabada la imagen de ver la luz proyectada de la película en las personas alrededor, y ver cómo la luz iba mostrando las expresiones, las arrugas. Esa luz tenue generaba en ellos una imagen velada.

Cuando terminó la película, hubo aplausos de pie de 2 minutos, que no paraban. Yo estaba llorando como mono. El corazón se aprieta de adentro hacia afuera al ver que en Roma con una sala llena de gente que se emociona por el mural del Museo de la Memoria.

Se nos acercó mucha gente tras la película. Mientras en Chile dicen “¿Por qué siguen haciendo esto?”, una alemana se nos acercó y dijo que por favor siguiéramos haciendo películas así, porque en Alemania se han dejado de hacer filmes de memoria y están reapareciendo los movimientos de ultraderecha. La memoria tiene que ser activa.

La única manera de no repetir episodios terribles es recordándolos constantemente. ¿Por qué no tiramos bombas atómicas? Porque todos estamos demasiado conscientes de lo que fue Hiroshima y Nagasaki. Las experiencias traumáticas tienen que transformarse en una herramienta pedagógica.