Existen tres formas de pensar y representar los mundos en los que habitamos (físicos, biológicos, sociales, mentales): bajo la forma de las singularidades, bajo la forma de la totalidad o bajo la forma de lo común. Hacerlo de una u otra manera incidirá en nuestra posición y disposición frente a cada uno de ellos. Con estos tres conceptos nos aventuraremos a mirar las tensiones independentistas catalanas, tensiones que en último término lo que expresan es el “malestar del vínculo social”.

El mundo de las singularidades es el mundo visto desde la multiplicidad de los seres; lo que pensamos y nos representamos es su abundancia y proliferación. En su vertiente positiva es, pluralidad y variedad, biodiversidad y sociodiversidad. En las singularidades están las reservas de posibilidades para la creatividad, es decir, las condiciones necesarias, a partir de las interacciones contingentes, para la emergencia de lo nuevo. En el desenvolvimiento empírico de las singularidades aparecen discontinuidades y relaciones múltiples. Las singularidades pueden tener variadas e intempestivas interacciones al mismo tiempo. Su topología es borrosa, es decir, cada unidad puede estar a la vez en un sistema y en otro, pueden cambiar algunas de sus relaciones sin cambiarlas todas. En su vertiente negativa el mundo de las singularidades es distancia, individualismo, egoísmo y separación. Es la negación de la posibilidad del estar y actuar en común. Es el reverso complementario de la totalidad y del totalitarismo.

La totalidad se identifica con lo universal, definido como un concepto de la razón y del derecho. Es el mundo de lo imperativo y de la no-excepción, es decir, lo que desde la totalidad-universal se afirma vale necesariamente siempre y para todos. La totalidad aspira a representar a todas las partes de un conjunto, por las buenas o por las malas: por imposición o por servidumbre voluntaria; por totalitarismo o por “hegemonía”. En su aspecto positivo significa, por ejemplo, igualdad de derechos. Es la base del derecho de ciudadanía y de los derechos humanos, entre otros. En su dimensión negativa uniformiza, anula las diferencias y la multiplicidad de lo real. La totalidad busca encerrar la proliferación de las diferencias en un marco que las contenga y, a la vez, las anule. Es la energía de lo UNO, indivisible y autoritario. Tiene en el Estado, de cualquier tipo, grande o pequeño, su forma más acabada. Sus efectos son aplanamiento, sometimiento y chatura. Su imagen predilecta es la pirámide: un centro vertical que privilegia las relaciones arriba/abajo y contiene o reprime las relaciones abajo/abajo. El todo subsume a los componentes del conjunto, es decir, los considera como casos particulares de un principio o norma general.

Usando la vieja teoría de conjuntos escolares, podemos representarnos a lo común como el “conjunto intersección”. Es el lugar del agrupamiento o condensación de las similitudes entre los diferentes, pero iguales. Lo común emerge de las interacciones entre las singularidades que buscan cercanía y, a la inversa, las singularidades emergen por distancia de lo común.

Lo común expresa el deseo de no totalizar las singularidades en una unidad absoluta que las anula y homogeniza. Busca la unidad por entrelazamiento de las partes en acontecimientos contingentes, empíricos y parciales. Aspira a complementar las disyunciones (esto o aquello) con conjunciones (esto y aquello). Lo común propone diferentes modalidades y grados de conjunción; los vínculos tienen distintas extensiones e intensidades. Frente a las totalidades restrictivas, lo común actualiza lo expansivo, es decir, la apertura hacia órdenes que emergen de las interacciones horizontales entre las partes de un sistema. En lo común no hay subsunción de las partes en relación al todo. Las singularidades no pierden su identidad, sino que están en permanente negociación entre ellas y con los comunes más amplios.

Lo común es la posibilidad de expansión de lo singular y, a la inversa, lo singular es la posibilidad de condensación de lo común. En la articulación de singularidades bajo la lógica de lo común no hay totalidades que representen democrática o autoritariamente a las partes. La “voluntad común” se opone a la “voluntad general”, como “multitud” se opone a “pueblo”. Las posibles totalizaciones se basan en la articulación variable de “comunes de comunes”. Lo común es siempre intersticial, lábil, indeterminado, gaseoso, no tiene forma definida. Es el mar que, al mismo tiempo, une y separa a las islas de un archipiélago.

Depende de cómo se la piense o como se la represente, Cataluña es una singularidad, una totalidad, o un espacio común. Entendida como una singularidad, el nacionalismo catalanista afirma que posee una identidad lo suficientemente diferente como para merecer un Estado propio, entendiendo a la forma Estado-Nación como el punto culminante y necesario de una identidad nacional. Los catalanes no nacionalistas quieren que conserve el estatuto de nación integrada dentro del todo que es el Estado español. Pensada como totalidad el nacionalismo presiona para la homogeneidad interna y para la diferenciación externa. Sus líderes hablan en nombre del “pueblo catalán”, considerándolo uno, indivisible y homogéneo. Construye un todo que subsume las heterogeneidades internas. Todos los nacionalismos, centrales o periféricos, construyen identidades contradictorias o al menos paradójicas: proyectan una diferencia hacia afuera, denunciando la imposición de la totalidad mayor, pero realizan el mismo proceso totalizador hacia su interior, reduciendo diversidad e imponiendo jerarquías desde su propio UNO. Es la vieja oposición de totalidad contra totalidad.

Los nacionalistas catalanistas remarcan su identidad, su diferencia externa (histórica, cultural, genética) con una homogeneización interna “somos un pueblo”. Los nacionalistas españolistas hacen lo mismo: “Una, Grande y Libre”. Algunos españolistas nacionalistas quieren reducir al máximo la posibilidad de la diferencia catalana y subsumirla en Estado-nación español. Ambos sienten pasión por las banderas, síntesis de sus pulsiones gregarias. Una bandera es el emblema de una banda. Los nacionalismos superponen la ideología con la vexilología. El problema de los nacionalismos es que su defensa de la diferencia se solapa con la defensa de la superioridad de su diferencia. Es decir, posicionan su identidad tanto en un eje de diferencias como en un eje de jerarquías. Sus banderas generalmente quieren atestiguar esa superioridad.

Cualquier modelización dicotómica del tipo ellos/nosotros, dentro/fuera o amigo/enemigo reduce artificialmente la complejidad de una realidad social hecha de solapamientos, imbricaciones, superposiciones y conjunciones identitarias. Sabemos que los mapas nunca coinciden con los territorios, sean estos físicos, mentales o culturales y que las fronteras son siempre de los primeros, nunca de los segundos. Por eso, las cartografías de los nacionalismos, centrales o periféricos, son siempre trazados artificiales sobre una realidad donde sólo hay borrosidad y conjunciones azarosas. Reducen la variabilidad y la riqueza social. En Cataluña las intersecciones y superposiciones identitarias empíricas con el resto de los habitantes y las instituciones de España son múltiples. Siglos de interacción y con-vivencia promovidas por el todo estatal, pero también por las interacciones espontáneas, evidentemente dejan huellas. La complejidad y la imbricación real es mucho más fuerte que los sentimientos de singularidad excluyente. Cualquier identidad no conjuntiva es actualmente una imposición artificial, sectaria, tribal y violenta.

El diseño de las autonomías en España no está pensado desde una mirada de lo común. Es una modelización híbrida e ineficaz que define autonomías parciales con una unificación totalizante dentro de Estado. La totalización estatal es, por definición, ciega y sorda debido a su razón legalista y universalista, a las diferencias y a las excepciones. Las autonomías parciales contenidas en el todo estatal son refractarias a lo común.  En sentido estricto, no hay posibilidad de diálogo dentro de la lógica estatal: lo estatal es impositivo y no dialógico.

Lo común es el concepto ausente dentro de debate catalán. O se habla desde la exacerbación de las singularidades o desde la exacerbación de la totalidad. Incluso las propuestas mediadoras lo hacen desde totalidades excluyentes (el patriotismo de Pablo Iglesias, por ejemplo). Todos pueden hablar retóricamente de sus heterogeneidades internas pero su obsesión es la unidad, entendida como homogeneidad, “nacional”. No se habla de las intersecciones entre los iguales, pero diversos, capaces de construir “comunes de comunes”, intra y transfronterizos, más allá y más acá del Estado.

El “problema político”, como cualquier problema social o cultural, es siempre el viejo problema de la “unidad en la diversidad”. Ni la actual España ni la actual Cataluña son modelizaciones políticas capaces de dar cuenta de la diversidad empírica ni de las formas de convivencia entre los distintos pero iguales. Son modelizaciones que producen malestar en el vínculo social.

Lo singular y la totalidad llevan a modelizaciones diferentes de la realidad: la proliferación de singularidades lleva al exceso de las diferencias; la condensación totalitaria lleva a reducción de la variabilidad. El “federalismo” del PSOE y otros sigue siendo una propuesta de integración bajo una totalidad: una integración desde el Estado, una yuxtaposición de diferencias jerarquizadas desde arriba.

Sólo la modelización a través de lo común no estatal permitiría, al mismo tiempo, manejar el exceso particularista y ampliarse a una imbricación no totalizante bajo la forma de infinitos “conjuntos intersección”. Una modelización de este tipo implica reconocer los existentes y crear nuevos espacios de intersección que, en algunos casos, reemplacen y en otros complementen los actuales significantes culturales contingentes “España” y “Cataluña”. España debe perder su identificación con el Estado y ser el espacio común de las diferencias e igualdades en interacción dentro del territorio peninsular: un espacio de intercambio, una koiné política, un ámbito que no simbolice a ninguna de sus partes y, a la vez, las simbolice a todas. No es mediante la hegemonía estatal sino mediante un comunalismo no nacionalista que podremos avanzar en la re-composición y nueva composición del vínculo social maltrecho.