La radiografía es sempiterna, una historia de privilegios insoslayable, que viene desde la fundación de Chile, y que ha tenido una trazabilidad morfológica de composiciones distintas.

Entre la historia de los dos siglos, el corto siglo XX, y el intrigante siglo XXI que se asoma como un predominio del capitalismo de la necropolítica, llamado neoliberalismo, que no es más que el exterminio humano.

Cerrados los circuitos de la emancipación, ya no hay catarsis ni simbolismos que profeticen algún lugar en que la vida sea mejor para las mayorías, las izquierdas atrapadas en las cartografías de la derrota, están teniendo un difícil tránsito por la condición preformativa de la desregulación. Hay una imaginería que requiere bríos, renovación estética, relatos, y proyecto político.

La necesidad de la creación de un léxico, como de la creación de un pueblo son artillería conceptual de primera necesidad, y ahí, el progresismo aun parece atrapado en la sobrevivencia, la sustracción implícita de la socialdemocracia termina por relativizar la eficacia de los copamientos de los estados, porque la arquitectura final del límite a la gobernanza deja la política en la gestión tecnocrática, la tramitación del conflicto deja las transformaciones en un espejismo patrimomonial del siglo XX.

Se le fabrican monolitos a la historia para encasillarla y neutralizarla, dejarla en el truco de la memoria inmemorial del olvido, aquel que quiere borrar el compromiso fascista de las derechas latinoamericanas, que ahora se visten de “yuppies” para blanquear su desprecio por la condición humana.

La versión “nazista” que instalo el “apartheid” en la noción del “enemigo interno”, sirvió para fabricar centros de aniquilación en toda la orografía latinoamericana. Miles fueron asesinados y hechos desaparecer a nombre de la acumulación de dichas clases acomodadas, fue la política de la “doctrina de seguridad nacional”, que contó con muchos civiles colaboradores, la que rego de sangre el flujo de los ríos que vienen de la aborigen genealogía de la violación y saqueo de este continente a nombre de la cultura occidental cristiana.

Desde la segunda mitad del siglo XX, 18 países de América Latina conocieron la violencia de las dictaduras militares sangrientas. Las cifras en toda la región son difíciles de determinar, pero se pueden estimar en más de 470.000 afectados, incluyendo muertos, desaparecidos, torturados y presos políticos (The prisma, 2017).

Los nuevos aborígenes de izquierda fueron condenados a los calabozos para acallar sus voces, mientras los “regalos regulatorios” entregaban nuestros países a las manos avarientas del enriquecimiento basado en el dolor. Esa fue la fórmula de la derecha chilena para despojar a los mapuches de sus tierras y para someter a todo Chile a la necropolítica de la privatización de la vida social, donde todo es por dinero, y las coberturas sociales tienen los límites del gasto social macroeconómico.

Los derechos sociales, el “contrato social” rousoniano, desapareció de todo discurso, se desfiguraron los compromisos keynesianos, el capitalismo naturalizo su hegemonía como la evolución de los tiempos, vendiéndonos una nueva modernidad tardía, tercerista y extractiva exportadora, sin más creatividad que la “destrucción creativa” de todo lo vivo transformado en mercancía.

Todos fuimos capital humano, y nuestras identidades se renovaron como competencias, para no aprender nada importante, sino a aplicar los modelos de la construcción concentradora, tan así que el nuevo mapa de la riqueza nos ha ofrecido estadísticas de orden concluyente, el Banco Central (2017), en un estudio, plantea que un 72 por ciento de la riqueza del país, es concentrada únicamente en el 20 por ciento más rico. El estudio evidencia que el índice de Gini para la riqueza neta de los hogares chilenos alcanza un valor de 0.73. Consideraciones del estudio sitúan al 0.50 como un valor superior que representa alta desigualdad, ósea Chile está en una condición grosera de concentración de la riqueza.

Otro estudio, sobre la riqueza total de los hogares chilenos durante 2016 identifica un aumento de 7,69%, según el estudio Global Wealth 2017. El estudio concluye que 115 hogares concentran cerca del 14% del total de la riqueza del país (Emol, 2017).

Piketty (2015), plantea que la desigualdad en Chile se expresa en un 1% más rico que concentra el 35% de la riqueza nacional, siendo la cifra más alta del mundo.

Un estudio de la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad de Chile (2017) plantea que el ingreso per cápita mensual de las 1.200 personas más ricas supera cifras por sobre los US$10 millones al año. Este monto es casi 3.000 veces mayor que el ingreso promedio del 80% más pobre de la población. Chile es un país cuya jibarización habla un lenguaje ideológicamente excluyente.

Este es el modelo, que se ha sustentado, bajo una misma arquitectura, la arquitectura de la desigualdad y la exclusión, esto es escandaloso, y el neoliberalismo es así, un golpe de clase para reinstalar una primacía en la reproducción de las elites como culturización hegemónica.

El mejoramiento del poder adquisitivo de los chilenos, los deja en la ruta de los accesos, ahora estas generaciones acceden a lo que otras generaciones ni siquiera supusieron. Por eso, somos felices, en esa dimensión plástica de la felicidad adquisitiva, pero lo cierto, es que dicho exitismo, esconde una precariedad constitutiva, una vulnerabilidad transversal del 80% (Hardy y Espinoza) de la población nacional, lo cual se plantea como una paradoja.

El 53,5% de los trabajadores chilenos gana menos de $300.000 y el 70% menos de $426.000 líquidos. Sólo el 15,9% gana más de $652.000 líquidos (Fundación Sol, 2015).

Según Adimark (2017) el 41% de los chilenos está endeudado o le cuesta llegar a final de mes. Esto corresponde a casi 7.000.000 de chilenos. Según, un informe sobre la inversión, y el financiamiento sectorial en el segundo trimestre de 2016 del Banco Central, el endeudamiento alcanzó un 63,5% del ingreso disponible de cada hogar, el doble de lo que alcanzaba el 2003.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS, 2017) señala que en Chile 844.253 personas mayores de 15 años tienen depresión, es decir, el 5% de la población. Y 1.100.584 personas, además tienen ansiedad, correspondiente al 6,5% de la población. La última Encuesta Nacional de Salud destaca que un 17,2% de la población nacional reconoce síntomas depresivos, con un número importante de casos en mujeres (Fonasa, 2017).

Según datos de la OCDE, se suicidan en Chile anualmente algo así como 1500 personas, las estadísticas están concentradas en los adolescentes, y los adultos mayores nacionales, dependientes de un sistema de pensiones de hambre, que se engarza muy bien, con el despiadado abandono, con que el individualismo y utilitarismo trata a nuestros viejos.

Enquistar la idea de que el país es perfectamente administrable por sus dueños, y esto el efecto impúdico, de haber construido una democracia de elites. Esto es casi feudal, y hace de Chile no la concepción de un país, sino la imagen de un feudo, se trata por tanto, de ciervos y no de ciudadanos.

No es posible sostener que la derecha lo hará mejor porque los países se pueden administrar como las empresas, que da lo mismo quien administre porque todos roban, y una serie de alusiones que instalan una subjetividad donde la política se encuentra encarcelada, donde la dejó Pinochet.

Y esta es su principal herencia, es lo que no entienden estos tecnócratas de cuello blanco y corbatas afiladas, su majestad plebeya, es la “política”, quien no hace política, no hace pueblo. La reconstitución de un pueblo, solo se logra sepultando la tecnocracia, reemplazando la tecnogestión por la movilización, y acentuando la organización social, por sobre cualquier pragmática de la gobernanza.

El arte más acabado de captación de la realidad es la política, no hay manera de reemplazarla, y ella espera en su potencia plebeya, en su capacidad de transformación.