El Teatro Principal del Centro Cultural Matucana 100 está al máximo de su capacidad. Más de 500 personas -la gran mayoría de ellas menores de 30 años- repletan las butacas del recinto. Las luces se apagan, se proyecta un video de presentación y, ante el aplauso cerrado del respetable, aparece en escena.

La rutina de Lucas Salvador Espinoza Arias (25) es la primera de la noche. Con pantalones de pitillo y una noventera chaqueta de colores, se queda mirando fijo al público y exclama sorprendido: “¡ohh, la cagó!”.

Así comienza el último show del año de El Amor Es Más Fuerte, la sociedad que conforma junto a Ignacio Socías (Frente Fracasados) y a Benito Espinosa (Dejen Algo) y que, tras consolidarse como un exitoso programa de Radio Injuv, hoy son la cara más visible de la generación de comediantes forjados al alero de YouTube. El miércoles 8 de noviembre, el trío tuvo la presentación más grande de su corta carrera, la cual compiló lo mejor del repertorio que cada uno ha hecho madurar en estos años de amistad y trabajo.

Un par de días antes de lo que él mismo considera el evento más importante que ha tenido, Lucas Espinoza visitó la redacción de El Desconcierto para conversar sobre su presente. Dice que está en una etapa de maduración, que quiere comenzar a incursionar más en el cine y planear un futuro más allá de su alianza con Benito y Socías. “Quiero cerrar ciclos. Después de Matucana 100 nos gustaría hacer algo más grande, un Nescafé de las Artes y, eventualmente para cerrar y despedirnos con El Amor es Más Fuerte, un Caupolicán”, revela.

Lucas, Benito y Socías al final del show en Matucana 100 / Andrés Larraín

—¿Se va a acabar El Amor Es Más Fuerte?
—Nunca lo hemos pensando así como que se va a acabar, pero…

—Es que lo acabái de esbozar igual.
—A mí me gustaría cerrar todo diciendo “cabros, hicimos un buen trabajo”. Si hacemos un show en el Caupolicán de 5 mil personas que pagaron por vernos, creo que ya no es necesario seguir haciendo shows juntos. El Beno y Socías eventualmente van a querer ir al Festival de Viña, que es un salto medio evidente en la comedia en Chile. Y si alguno de nosotros tres va a Viña -o alguno de los dos, porque a mí no me interesa en verdad-, el que llegue no va a querer participar con el resto, tanto por un tema monetario como de tiempo de presentación.

—¿Sentís que se han desgastado entre ustedes?
—Estamos desgastados de Internet. O en realidad yo, particularmente. Como equipo no estamos desgastados, pero definitivamente necesitamos un aire nuevo. Nos pasa que ya estamos muy “anichados”, llegamos a un cierto público que es grande, pero nos quedamos estancados. A mí me gustaría que haya alguien haciendo zapping en la radio o en la tele y se encontrara con nosotros. Llegamos a un público en que sólo los fanáticos están muy pendientes de lo que hacemos, pero qué pasa con las personas que están buscando nuevos contenidos y no saben dónde encontrarlo. No es tan fácil llegar a la comedia.

No soy youtuber

Comenzó haciendo stand up a los 17 años, yendo viernes por medio a un micrófono abierto del desaparecido Bar Aroma de Ñuñoa. No sabía escribir chistes y sus únicos referentes en el tema eran la SCA de Vía X y Seinfield. “Era medio penoso, no sabía nada. Tenía muchas ganas, pero era muy malo”, confiesa.

Estudió Comunicación Audiovisual y, tras terminar la carrera, hizo un diplomado de guión. En 2012 creó Proyecto Lupa, el canal de YouTube de sketchs sencillos y cotidianos que lo lanzó a la fama. En 2013 comenzó a trabajar con las “42 frases” de la productora Woki Toki. En 2014 formó parte de la última camada de rostros de El Club de la Comedia de CHV antes que cancelaran el programa.

En estos años también ha comenzado a explorar en el cine. En 2015 asumió el papel protagónico en “La isla de los pingüinos”, cinta que retrata la revolución secundaria de 2006 y que fue estrenada en el último FIC Valdivia. En 2016 incursionó junto a Socías en “Tiempos mozos”, una webserie en clave comedia dramática donde toca temas como la amistad juvenil y el aborto que aún está a la espera de fondos para poder llevarla a cabo.

Se considera un humorista generacional, pero actualmente está en proceso de maduración y replanteando su contenido. Proyecto Lupa lo hizo conocido dentro de una segmento sub-25, universitario, de cierta clase social y despreocupado por su entorno, pero hoy asegura que aspira a llegar a un público más adulto y politizado. “Antes hacía chistes sobre fumarme un pito, eso ya no es divertido para mí”, cuenta.

—O sea, querís ser más masivo.
—No quiero llegar a todos, tampoco quiero ser ese comediante latero que quiere ser under toda su vida, pero sí asumí que no voy a llegar a todo Chile. Por eso no iría al Festival de Viña, no me llama la atención, no me gustaría estar contando un chiste que a mí me parece bacán y que me interrumpa Rafael Araneda, me daría vergüenza.

—¿Cómo es ese público, entonces, al cuál todavía no llegái?
—Hoy estoy llegando justo a los que yo quería llegar cuando no me conocía nadie, pero no a los que tienen entre 25 y 40 años, que son los que hoy me interesan. Siento que estoy llegando al público que está más pendiente de la cerveza y la marihuana y la fiesta y evitar las responsabilidades. Mis intereses cambiaron, yo estoy pasando por otros procesos.

—Me imagino que esto también es porque tú ya cumpliste 25 años.
—Sí, estoy en esa transición, y justo este año he pasado por un proceso de admitir que soy adulto, lo cual me ha costado. De admitir que crecí, que ya no me interesa tanto huear y sí me interesa pagar las cuentas. O sea, no es que me interese, pero es un conflicto que me preocupa y de lo que tengo que escribir chistes.

—¿Y cómo planeái hacerlo siendo youtuber? Uno asocia ese espacio a una audiencia adolescente o incluso infantil.
—Es que yo no soy youtuber, nunca lo fui. Yo ocupé YouTube como una plataforma para hacer una serie, porque Proyecto Lupa no tiene códigos de youtuber, tiene códigos de una serie de corta duración donde son sketchs. Si a eso le agregái 15 minutos más, es una serie que podís ver en la tele.

—Sí, pero igual calza con ese perfil juvenil. Si ahora aspirái a otra audiencia, ¿significa que dejaríai de hacer Proyecto Lupa?
—No, es un proyecto que nunca pretendo matar, pero sí ir evolucionando. En Proyecto Lupa hacía unos sketchs que ahora no me dan risa ni por si acaso, incluso hay algunos que me dan pudor y me gustaría borrarlos. Eso tiene que ver también con haber partido muy chico, quizás para mí el humor negro era provocar, pero en realidad no estaba diciendo nada, sólo era de mal gusto. Ahora siento que el absurdo sí tiene que decir algo y llegar a algo concreto. Antes hacía sketchs que ahora me parecen machistas, y los veo y digo “chucha, qué vergüenza”. Yo también viví el proceso de politizarme en este tiempo en que me he convertido en comediante.

—Justamente te iba a preguntar eso. A ti, al contrario de Benito y Socias, no se te conoce tu opinión política, al punto que uno podría pensar que erís apolítico. ¿Tenís definiciones ideológicas?
—Las tengo, y las tengo súper claras. Antes no me gustaba transparentarlo, pero ahora sí: yo soy una persona de izquierda, 100% de izquierda. De toda la vida.

/ Bruno Delgado

Más Boric que Jackson

El segundo nombre de Lucas es Salvador, en homenaje al presidente socialista que encabezó el gobierno de la Unidad Popular entre 1970 y 1973. Su familia tiene tradición de izquierda desde mediados del siglo XX: sus abuelos fueron comunistas duros, su padre -militante del PS- se salvó de ser detenido durante el golpe de Estado porque justo ese día no le tocó turno en su trabajo.

Ya entrada la dictadura, su papá participó activamente en la resistencia contra Pinochet. Así conocío a su madre, militante comunista, y al calor de las protestas y siendo varias veces detenidos, se enamoraron. Cuando volvió la democracia, nació Lucas, el segundo hijo de ese amor. En ese ambiente se crió, yendo a asados del PC donde varias veces estuvo presente Gladys Marín. Sus abuelos, que aún vivían, se la presentaban y le decían desde chico: “ella es todo, ella es el futuro”.

Por lo mismo, a Espinoza le molesta que harta gente lo haya catalogado de no tener definiciones por no manifestar su opinión explícitamente. “Me da rabia que me digan que soy apolítico, siempre he sido de izquierda”, enfatiza.

—¿Te da lata por tu historia familiar?
—Sí, mi familia es súper política, entonces yo, viviendo con esa carga, siempre pensé “tengo mucha claridad con lo que pienso” y sentí la libertad de decir “puedo hacer cualquier chiste porque estoy muy seguro de lo que creo”. Pero para afuera eso no se veía así, para afuera muchas veces me dijeron que era apolítico, y eso me empezó a dar rabia porque, chucha, no po.

—¿Y por qué no manifestabai más explícitamente tu mirada política? Yo siento que la ocultabai a propósito.
—Porque sentía que mi línea de humor no iba por eso. Quizás era un miedo a caer mal, yo quería que todos se rieran, cosa que ya no me interesa tanto. Yo hacía sketchs de cosas que la gente se sintiera identificada y no quería manchar a Proyecto Lupa con humor político, esa marca siempre va a ser humor absurdo sin tanto color político, pero de a poco igual la he ido politizando.

—¿De qué forma?
—A mí no me gusta ese humor político donde alguien mira a la cámara y dice “facho tonto”, pero sí algo como el que hice en el último capítulo, donde dos haitianos se juntan a ver Proyecto Lupa. Me siento orgulloso de ese sketch, me gusta harto, porque estoy normalizando que viven haitianos en Chile. No estoy diciendo “tenemos que apoyarlos”, porque el chiste clásico es poner a un haitiano vendiendo Súper 8, pero eso a mí me parece de mal gusto. Basta de ese cliché absurdo de representar a ciertas personas con una cosa particular.

—¿Va a cambiar el enfoque de Proyecto Lupa entonces?
—No, no creo que lo manche más que como en el caso de los haitianos. Pero en todos los otros proyectos que estoy escribiendo desde el último tiempo sí hay una carga política importante. La manera que me gusta de mostrar humor político es que el espectador se haga la idea y que él solo haga el juicio de valor.

—Dado que te gusta tanto el tema generacional, tiendo a pensar que simpatizái con el Frente Amplio, ¿no?
—Sí, voy harto a La Terraza (risas). Yo me burlo de eso, pero igual voy para allá. En fin, desde que salió el Frente Amplio me siento 100% simpatizante, obviamente tengo mis reparos, pero es algo propio de una fuerza que se está creando hace tan poco.

—¿Qué reparos?
—Ponte a mí me dio un pudor gigante todo esto que pasó con Alberto Mayol, sentí que fue tan ridículo, tan un capricho, tan un berrinche de niño chico e hizo tanto daño. Los fachos lo único que estaban esperando era que el Frente Amplio se equivoque para atacarlos. A mí me llegaba a dar rabia Mayol diciendo “ay, me echaron”, me parecía contraproducente, ridículo, no contribuía en nada.

—Hace unos meses entrevisté al Benito Espinosa acá en El Desconcierto y me dijo que la izquierda no sabe reírse de sí misma. ¿Estái de acuerdo?
—No sé si la labor de la izquierda sea reírse de sí misma, pero entiendo a lo que iba, porque igual es parte de hacer política. Yo creo que antes que eso, deberían mejorar las cosas internas que están pasando. Eso que dicen de Beatriz Sánchez, que no está preparada: ¡obvio que no está preparada, es evidente! Ella es una periodista, no está preparada, pero sí está en el primer paso de algo más grande. Yo siento que, más que reírse de cualquier cosa, deberían enfocarse en apoyar a una sola persona.

—No entendí, ¿cómo a una sola persona?
—Por ejemplo, lo que pasa con Eduardo Artés. Artés me encanta, pero como cualquier otro personaje de izquierda que salga, sólo va a generar un quiebre y de nuevo vamos a dividirnos. Te apuesto que hay caleta de personas que deberían votar por el Frente Amplio, pero van a decir “no, sabís que Beatriz Sánchez no está lista, mejor voto por Artés”. ¿De verdad sentís que Artés va a ser presidente? ¿Qué querís demostrar? Cuando hay que votar no hay que intentar demostrarse a uno mismo qué tan consciente es. Yo no quiero que salga Piñera y tampoco quiero que salga Guillier. No sirve de nada autoconvencerse y convencer a tus amigos de que Beatriz no está lista, de nada.

—¿Te gusta más Boric o Jackson?
—Boric. Soy fanático de ambos, pero a Boric lo admiro más porque habla muy bien, tiene este discurso medio como Allende que me encanta, con una pasión donde tiene todo muy claro. Además es mucho más al choque, Jackson se cuida mucho de ser el niño perfecto. Boric es más punk.

—¿Qué te parece el estado actual del país?
—Lo siento desesperanzador por lo que viví el 2006 y el 2011 y cómo se fue apagando esa llama. Y me da pena, porque todo pudo haber sido distinto, pero de repente la gente se estancó con Bachelet, como que pasó una hueá rara donde hubo cambios, pero muy falsamente. Sí, hubo avances, como la gratuidad, pero no me convence. No veo cercano que vuelva a haber una revolución como las del 2006 ó 2011, sobre todo con el retroceso cultural que va a haber si llega a ganar Piñera.

—¿Te preocupa que salga Piñera?
—Sí, ahí sí que se va a todo a la chucha. Creo que no le estamos tomando el peso al retroceso que significa que salga Piñera. A mí me da pena más que me preocupa, porque nosotros -tú o yo- no vamos a vivir ningún cambio, pero sí va a afectar a las personas más pobres. De verdad me da pena, siento que Chile no ha aprendido nada en todos estos años.