El ataque contra el senador Fulvio Rossi en Iquique esta semana no ha dejado indiferente a la sociedad chilena. Por la violencia del acto, porque se trata de una alta autoridad y porque acaece a pocos días de las elecciones. La violencia que el acto contiene es sin duda tan condenable como cualquier otro acto similar cometido contra toda persona. Solo que a veces, algunos(as) e incluso muchos(as) experimentan la repetición de una violencia cotidiana que ha naturalizado el sufrimiento, ese que se convierte en costra que cubre heridas, para mostrar que al menos por fuera, ellas parecen sanadas. Luego, el tratamiento y la cura no se suceden como deberían y la muerte de lo que no se atiende y no se trata, deviene banal. Sabemos por ejemplo de las carencias que enfrentan los hospitales públicos y de la desesperanza que agobia cuando esperamos interminables horas en busca de alivio, tratamiento, curación o búsqueda de especialistas.

Pero cuando el hecho violento daña a una alta autoridad, éste provoca mucha incomodidad, rabia y enojo, porque se hace impensable en Chile –donde podemos cruzar a las autoridades en la calle o en algún café del centro-, un hecho como éste. Pareciera entonces que su violencia es “más violenta” que la muerte de una mujer o de un niño haitiano, o de nuestros viejos en las salas de espera de las postas.

Ante lo ocurrido se espera –y así lo hemos manifestado- que los hechos se aclaren y que el senador se reponga. Sin embargo cuando el afectado sale de la clínica, en vez de hacer un llamado a la construcción de una sociedad “sin violencia”, se advierte su brío en el discurso sobre la continuidad del desprecio que tiene por “ciertos extranjeros” o más claramente por los “inmigrantes”. Discursos dados al mismo tiempo de una investigación en curso que supondría que mientras la policía trabaja para encontrar a los responsables, la víctima no debería contaminar dicha labor policial. Pero se trata de una alta autoridad del Estado y ese rol hace más potente la fuerza de la palabra fácil, lanzada rápidamente al espacio y dirigida a “los más pobres” que vuelve a amalgamar migración con delincuencia. Solo que ahora, dicha amalgama adquiere una potencia mayor que se agrega a la de la “ilegalidad” que forma parte del sentido común racista, cuando refiere a los peligros de la “narco-cultura” que el senador considera como una suerte de nueva dimensión llegada “desde afuera” y que estaría en marcha, dañando a nuestra sociedad. Es preciso cuidar las palabras cuando ellas construyen sentimientos y emociones, es decir cuando construyen sentido común y con el las falsas verdades de una doxa que no es más que la creencia en aquello que la estrategia comunicacional consigue cuando se fija propósitos específicos.

Con este discurso, queda en evidencia el regreso la “raza”, tanto como universalidad del concepto como por los argumentos más políticos que hacen a la inmigración un objeto constante de acusaciones. Pero, a pesar que la “raza” no tiene sustento científico, toma fuerza cuando se trata de separar a las personas por sus colores de piel dejando imaginar que es lo “blanco” lo que sostiene a lo nacional y con ello, lo que queda fuera de esta categoría se nos hace ajeno, y en este caso, amenazante. Porque no debemos olvidar que los procesos de colonización y la conformación del Estado–Nación fueron momentos fundacionales de categorías raciales que fundamentaron diversas prácticas del racismo contemporáneo promovido por el temor xenófobo y la rabia heterofóbica que tanto ha realizado de manera generalizada y definitiva diferencias reales o imaginadas sobre el otro a excluir, rechazar o expulsar [1].

El inmigrante deviene el estereotipo que se incrusta en el lenguaje cotidiano y que surge de él como idea y como concepto, como “una imagen en la cabeza” [2], que designa atributos imaginarios que categorizan y determinan formas de pensar, sentir y actuar, en tanto representación colectiva simplificadora, aplicable a individuos y a grupos determinados, como creencia exagerada asociada a una categoría [3]. Así se aprehende a un individuo que aprehende a otro, que lo percibe y lo aprecia, que lo desprecia o lo concibe en realidades particulares, indicando una política de representaciones sobre los significados y las percepciones sobre la inmigración, según la posición que las personas tengan.

El racismo cotidiano proveniente de nuestras propias guerras y dolores precisa ser examinado y pensado tanto desde nosotros mismos como desde los discursos que surgen para potenciarlo. Es preciso ir a más profundamente a su encuentro, es decir a su génesis, a sus especificidades, a la tecnología de su poder [4] y a sus formas de desplegarse.

Es por ello que invitamos a todos y todas quienes deseen profundizar en estas reflexiones a participar y conocer los puntos de vista de un grupo de académicos de la Universidad de Chile que hemos diseñado el programa “Interculturalidad, migración y racismos”, curso totalmente gratuito y en línea que es parte de la iniciativa UAbierta de nuestra institución.

Tal vez así podríamos saber más sobre el funcionamiento de las instituciones y el régimen especial al que son sometidos los inmigrantes en nuestras democracias contemporáneas y abordar la masa de abusos, violencias e ‘ilegalismos’ del Estado que se disculpan o se olvidan, tal como se olvida la propia historia de la barbarie tan llena de violencias cometidas en nombre de la nación.

[1] Memmi, A. 1982. Le racisme, Ed. Gallimard, Paris.
[2] Lippmann, W. 1922. Public opinion. New-York: Harcourt, Brace. (Rééd.: 1965, NY: Free Press)
[3] Allport, G. W. 1958.The nature or prejudice. Ed. Cambridge MA. Perseus Book.
[4] Foucault, M., Il faut dèfendre la sociètè, Cours dans le Collège de France, 1975-1976,  Édition numérique réalisée en août 2012 à partir de l’édition CD-ROM, Le Foucault Électronique (Ed. 2001).


Académica, Universidad de Chile