Era mi primera vez y todavía me vibra el cuerpo: después de hablarlo tanto, había llegado el día. Llevaba pantalones cortos, sandalias y una polera. Estuve siempre de la mano de mi novia. Entonces me llamaron, agarré las tres papeletas y fui a la urna. Con 24 años, nunca antes había votado. Pero ahora que estaba nacionalizado tenía una voz.

En enero de 2015 iba a la primera marcha en mi país, Panamá. Me había venido a Chile a estudiar cuatro años antes, el mismo año que estallaron las protestas por la educación. Mi vida por las marchas chilenas duró como una mecha, un montaje rápido de “culéate a Piñera por el chiquitín”, pitos, cigarros, cerveza hasta que la orina de un guanaco y su posterior bala identificadora de paintball me asustaron. Desde entonces que no vuelvo a la calle.

Pero ahora en mi país estaba listo para la versión tropical, con todo y sobaco empapado. Lo que me indigna en Chile me ofende en Panamá, país que según el Banco Mundial es aún más desigual que Chile, que vivió una dictadura todavía impune, con una educación ubicada en el culo de los rankings, con escuelas apenas accesibles en el sector rural y un sistema de salud sin infraestructura ni abastecimiento. Quería perderme en la masa, hundirme en una niebla de lacrimógenas.

¿Qué me encuentro? Un abejorro de socialités saludándose como en el club social. Ni un garabato, Dios nos libre de prender un cigarro. Al fin y al cabo, fue un teatro sin mayores riesgos, montado por un partido político: no se pedían derechos sociales, sino la vuelta de un ex presidente fugitivo. Si fuera una educación de calidad, o un servicio de salud digno ni cagando habría pasado. Y eso ya era heavy metal para la ciudanía en la que nací. Una ciudadanía que debería estar quemando semáforo por medio por sus derechos.

No defiendo Chile. También sufre SPM (Síndrome de País de Mierda). Pero frente a esa pisotada, responde una rabia que se siente hasta en las placas tectónicas. Una furia telúrica que se organizó tanto que terminó pariendo esperanza. A punta de lacrimógenas, peladas de garganta, y tantas veces “no”, una rabia que abre la Alameda a gritos, que funa a los abusadores, que putea hasta a Dios, una rabia que vomita a miles cuando sólo a una la matan, una rabia que se arranca la verga para ponerse tetas y que se arranca las tetas para ponerse una verga. Tal vez
me fascina tanto porque no estoy acostumbrado a un país donde la rabia se empelota, se pinta el cuerpo y hace batucadas con una sonrisa que arroja pétalos a la calle. Menos cuando se agarra en un abrazo kilométrico, y alcanza a decir lo mismo en mapudungun, créole y español. Menos cuando se pudo pichulear tanto a las encuestas como lo hizo este domingo.

Tal vez es porque soy tan panameño que hasta mis emociones son ruidosas y me ilusiono con cualquier vaina, tal vez es porque me duelen tanto las calles vacías de mi país que trato de compensar con esta Alameda, pero qué carajo: tengo esperanzas. Esa primera votación me sigue vibrando en el cuerpo, y seguirá vibrando cuando esté en esa misma urna este 17 de diciembre.


Director audiovisual, fotógrafo y escritor