*Columna escrita en conjunto con Gonzalo Cuadra

Durante el curso Los anormales que Foucault dicta en el College de France (1975), utiliza el concepto de lo ubuesco en referencia al Rey Ubú, protagonista de la obra homónima de Alfred Jarry, que representa lo grotesco y lo bufonesco en el ejercicio del poder político. Chile, y alguno de sus referentes políticos, parecen ser un escenario paradigmático en que esta categoría reviste particular utilidad descriptiva, o al menos alegórica. Esta columna intenta aplicar el concepto a partir de la élite político-económica chilena, desprendiendo algunas implicancias prácticas que, aun cuando pueden ser bastante generales, orientan el discurso público de las fuerzas transformadoras frente al verdadero teatro del absurdo que parece a veces configurarse en el acontecer político nacional, particularmente en la esfera institucional.

El impacto del Rey Ubú de Jarry fue tan significativo –Foucault no fue el primero ni el último en inspirarse en esta figura– que hasta nuestros días es recogida por diversas expresiones culturales e intelectuales. Foucault parece utilizar este arquetipo como una herramienta para sembrar luz sobre las mecánicas involucradas en las complejas vinculaciones entre el saber y el poder, una de las temáticas importantes a lo largo de su obra. A pesar de que el fenómeno al que Foucault emplea el concepto es distinto, a saber, el carácter funcional de lo grotesco del discurso de las pericias psiquiátricas a la hora de facilitar el acceso de la psiquiatría a mayores cuotas de poder, de todas formas, parece ser útil también para los efectos de lo que se ensaya aquí. Para el autor, la comprensión moderna del poder refiere un cariz donde lo ubuesco reviste una maximización de los efectos de poder a partir de la ridiculización o descalificación de quien los produce.

Chile ofrece un florido repertorio –un zoológico si se quiere– de payasos, de personajes ubuescos; individuos que combinan la idiotez, la corrupción y el acceso a significativas cuotas de poder a partir de artimañas que bordean lo absurdo. Probablemente uno de los primeros casos que emerge con particular claridad con estas características es Joaquín Lavín, que desde principios de los 2000 pasa a ser conocido por excentricidades como “la playa de Lavín”, sus estrafalarias ideas para la generación de lluvias artificiales en Santiago, y un largo etcétera que hoy tiene un correlato en las iniciativas levantadas desde su Alcaldía en Las Condes. Pero, cabe recordar, que este mismo paradigma del bufón político chileno estuvo al borde (con un 48,7%) de ser electo presidente de la República en las elecciones de 1999-2000, lo cual podría haber tenido implicancias insospechadas, tomando en cuenta por ejemplo su posición al interior del Opus Dei, cuestión que diversos documentales y libros de la escena nacional han podido retratar. Este personaje fue Ministro de Educación, al mismo tiempo que representaba directamente sus intereses como parte del círculo más íntimo de la Universidad del Desarrollo.

Un ejemplo más reciente, que también sirve de testimonio de cómo el espectáculo de este tipo de personajes puede ser funcional para la reproducción de la legitimidad de la élite, es el movimiento hacia la escena pública de Andrónico Luksic, que cabe notar también fue recibida predominantemente con humor más que con suspicacias. Pero no debiese ser muy complejo el ejercicio de entender que la temporalidad de esta aparición se relaciona con un momento de tensión de la legitimidad del neoliberalismo –con los elevados niveles de desigualdad de los que su familia representa un caso emblemático– y, por tanto, tiene una intención de recomposición. Su aparición estelar en escena no solo se da en medio del progresivo retiro del Grupo Luksic del Proyecto Alto Maipo – del que se retira en parte por el daño a su imagen –, sino que se faculta en medio de un contexto en el cual los esbirros del gran empresariado, que habitualmente cuidan su parcela desde el Estado, sufren del desprestigio posterior al destape de numerosos casos de corrupción y financiamiento empresarial de la política (como SQM), en los cuales también ha tenido algún nivel de implicancia. Cuando los títeres parecen no bastar para mantener andando la función de una manera que deleite al público, el dueño del circo se pone la túnica y la máscara, y deja su posición tras el telón.

Pero este zoológico no está conformado por entidades independientes en que cada una pone su granito de arena a la legitimidad del orden, sino que también tiene una capacidad de orquestación que tiene sus momentos de hipérbole. Bastante tinta ha corrido sobre el rol legitimador de la Teletón como fiesta de la unidad nacional –bajo la premisa de unidad transversal de la clase dominante basada en la subsidiariedad del Estado y el neoliberalismo a ultranza–, que bajo este prisma aparece como la carpa central del espectáculo ubuesco en que las élites se someten a un festivo ridículo y, a la vez, se abrazan con el pueblo en una falsa solidaridad. Más bien, instituye una caridad que inhabilita a las personas en situación de discapacidad como sujetos de derecho, donde Mario Kreutzberger sirve de Arlequín articulador.

La aparente incompetencia o necedad de los gobernantes actúa como una cortina de humo del verdadero problema fundamental: el poder y sus formas de reproducción a partir del espectáculo de lo grotesco. Más que ufanarnos de los deslices intelectuales y las bobadas de quienes nos gobiernan, debemos constatar en aquello el valor instrumental o funcional que tiene su carácter pintoresco para la reproducción de un determinado orden social y la expresión de una correlación de fuerzas. Los payasos mantienen su posición en la medida que son útiles para la gubernamentalidad, en particular, cuanto reportan beneficios y no constituyen una amenaza al régimen de dominación de las clases opresoras. Si su brutalidad logra estar en espacios altos de representación política es síntoma de una situación de tal desventaja que es posible imponer la ignorancia más rampante y la arbitrariedad más injustamente absurda, que devienen en discurso oficial y mirada hegemónica. La clase dominante no va a caer por su estupidez ni por cuánto nos riamos de sus lacayos y portavoces, o por cuánto más leídos creamos ser, sino por nuestra capacidad práctica para trastocar la correlación de fuerzas económicas, políticas y culturales en juego, construyendo organización, autoeducación y una conciencia crítica sobre el mundo desde el seno del pueblo.

Es importante recordar que más que regocijarnos frente al espejo o elogiarnos por nuestro vasto pero impotente acervo cultural, nuestra supuesta superioridad intelectual, y cantar victoria con la imbecilidad de turno que salga diciendo la Derecha o el autoproclamado referente de algún grupo de la Iglesia Evangélica, debemos concentrar nuestra fuerza en oponer una alternativa política capaz de proyectar lo contrario al funcional embrutecimiento y la corrupción desvergonzada.

Puesto en simple: por supuesto que las “Piñericosas” son graciosas, y el que Chadwick tenga la osadía de comparar a Guillier con el Che Guevara resulta hilarante. No se trata tampoco de imponer la amargura como criterio de rigor o un elemento definitorio de un buen análisis político. No podemos exigir un insostenible estado de permanente indignación frente a la contingencia, cuestión que más que promover la organización para transformar la realidad puede, con el tiempo, agotar. Pero es preciso entender que mentiras descaradas con serias implicancias políticas forman parte del mismo cuadro. Un ejemplo es la desfachatez de Piñera para celebrar reiteradamente durante el período de campaña el fin de las listas de espera durante su gobierno, en condiciones que la Contraloría ha determinado oficialmente que más de 30 mil personas fueron quitadas espuriamente de allí; sin haber recibido la atención médica correspondiente.

Probablemente el Chile intoxicado del neoliberalismo y desencantado de la política encuentra regocijo en constatar quien aspira a gobernarle es un verdadero payaso, y puede entregarse con una cuota de dicha a su indiferencia, a su distancia de la preocupación por la política. Sin embargo, en estas elecciones es necesario tener claro que con todo lo cómico que puede ser el espectáculo de Piñera, trae aparejada una contraparte trágica. Si en Kast veíamos algo tan irrisorio como atemorizador, tan torpe como desquiciado, en Piñera el asunto parece más difícil. Aparentemente el muñeco diabólico, vestido de mitad fanático religioso y mitad militar pinochetista, es más fácil de identificar que un payaso con un maquillaje menos escandaloso. Así, parece útil echar mano a todo ese variopinto repertorio cultural del suspenso y el terror en que se ofrecen versiones torcidas del payaso que deviene en asesino. A los bufones peligrosos hay que tomarlos en serio, no distraerse con su espectáculo y apariencia decadentes, sino denunciarlos y combatirlos.

Es necesario reivindicar un análisis político donde las figuras actuales no sean miradas sólo desde su perfil ubuesco, sino que se asuma el carácter crítico de su figuración en la escena política contemporánea. Es decir, relevar el efecto político que adquiere el payaso como una forma de dominio y administración gubernamental, y cómo, en este contexto, aparece en sintonía con un neoliberalismo plagado de figuras que bordean lo absurdo.


Académica, Facultad de Humanidades, Universidad de Santiago