El 9 de enero recién pasado, el periódico parisino Le Monde publicó en su sección “Ideas” una carta suscrita por 100 francesas titulada “Defendemos la libertad de importunar, indispensable para la libertad sexual”. Las redactoras de lo que algunos han llamado manifiesto fueron Sarah Chiche (escritora y sicoanalista), Catherine Millet (crítica de arte y escritora), Catherine Robbe-Grillet (comediante y escritora), Peggy Sastre (periodista y traductora) y Abnousse Shalmani (escritora y periodista) y la mayoría de las firmantes se desenvuelven en el mundo de la cultura, el arte, el periodismo y las ciencias sociales. Entre los rostros familiares se cuenta la actriz Catherine Deneuve, una de las firmantes del “Manifiesto de las 343” en 1971 abogando por la liberalización del aborto.

En resumen, la carta abierta de estas 100 mujeres francesas que hoy defienden lo que llaman la libertad de importunar reconocen que “la violación es un crimen” y que el “affaire Weinstein ha implicado una legítima toma de conciencia de las violencias sexuales ejercidas sobre las mujeres, notablemente en el ámbito profesional, donde ciertos hombres abusan de su poder”. Sin embargo, agregan que “el flirteo torpe o insistente no es un delito, ni la galantería, una agresión machista” y que hay “una ola de puritanismo” que, “bajo el argumento de proteger a las mujeres, lo que hace más bien es encadenarlas a un estatus de eternas víctimas, de pobrecitas al arbitrio de demonios falo-céntricos”.

La carta tuvo repercusiones en Francia y en otros rincones del mundo: Una treintena de feministas francesas replicaron en FranceInfo bajo el título “Los puercos y sus aliad@s tienen razón de inquietarse” criticando la banalización de la violencia hacia las mujeres y la recurrente argumentación que reconoce el problema pero, al mismo tiempo lo relativiza, disminuyéndolo. El clásico “es cierto, pero…”. En efecto, la toma de posición pública de mujeres poderosas e influyentes, en un país industrializado, “desarrollado”, como Francia; en un medio influyente, asociado al progresismo intelectual y político como Le Monde, es un balde de agua fría pues contribuye a minimizar la violencia sexual sistémica, institucionalizada, y la impunidad que la acompaña en distintos formatos y con sabores locales, pero que es al fin y al cabo un fenómeno mundial, y que ha costado -literalmente- sangre, sudor y lágrimas visibilizar y combatir.

Los errores

La carta abierta de Deneuve y cía. adolece de varios problemas. El primero, y en el que me detendré más detalladamente, es que califica los movimientos que buscan crear conciencia y denunciar el acoso sexual -como el #metoo (#yotambién) en Estados Unidos o #balancetonporc (#denunciatucerdo)- como campañas de delaciones y acusaciones públicas. Campañas equivalentes han proliferado alrededor del mundo y en Chile, varias mujeres con visibilidad pública también se sumaron.

Sin embargo, lo que ha habido son innumerables investigaciones que han develado prácticas individuales y estructurales de abuso sexual e impunidad y no delaciones, con la carga de traición que el vocablo conlleva. Veamos el affaire Weinstein, en referencia a Harvey Weinstein, el productor cinematográfico, fundador y propietario de Miramax, que todo lo que tocaba, convertia en oro (exitazos como Shakespeare enamorado, El paciente inglés, Gangs in New York, y buena parte de la producción de Tarantino).

A principios de octubre de 2017, The New York Times publicó el primero de una serie de reportajes donde varias mujeres, tanto en off como on the record, comparten sus experiencias personales así como otras que conocieron como testigos directos de acosos y abusos sexuales de Weinsten hacia mujeres que han trabajado a sus órdenes en diversos escalones de la cadena productiva cinematográfica, desde quienes se desempeñaban en alguna de las oficinas de la compañía hasta actrices que, con el tiempo, se han vuelto conocidas en la industria. Pero lo más importante es que los artículos develaron acuerdos extrajudiciales para silenciar a las víctimas, la contratación de empresas de seguridad para “desincentivarlas” a denunciarlo ya sea en medios de comunicación o en la justicia, y una aceitada estructura que por años permitió mantener, reproducir y ocultar el abuso gracias a los mejores abogados de la plaza, periodistas encantados de hacer buena publicidad y una industria que prefería mirar para el lado y aplaudir, aprobando, cuando se hacían chistes alusivos en las nominaciones al Oscar o cuando actrices galardonadas exigieran igual pago que sus pares. El testimonio de Salma Hayek dando cuenta de las aristas del abuso es poderoso. No son delaciones o caza de brujas. La solidez de las denuncias caracteriza tanto al affaire Weinstein como a decenas de otros casos que han visto la luz recientemente.

Un segundo problema de estas 100 francesas que abogan por la “libertad de importunar” es que mezclan la obra de arte (la película, una escultura, un libro) con sujetos (creadores) y redes de personas e instituciones que los amparan en sus abusos. Tercero, agrega que la libertad de crear implica la libertad de ofender. Puede ser, pero siempre que eso no implique escenificar una violación sin el consentimiento de la actriz involucrada en Un tango en Paris, por ejemplo, ¿o no? Cuarto, las firmantes rescatan la libertad de importunar como esencial en el juego de la seducción. Y acá retomo el primer problema que planteo arriba: no estamos hablando de importunar, sino de acoso sistemático, exhibicionismo no consentido, violaciones, amenazas en caso de no responder a requerimientos sexuales, y una serie de estructuras puestas en marcha para dejar a los responsables impunes, a no responder de tales abusos y, por lo tanto, en libertad de repetirlos sus actos tantas veces como se les dé la regalada gana.

Finalmente, la ola de puritanismo que las francesas temen que se haya desatado sabemos muy bien que no viene de denunciar a los violadores, los acosadores, los agarrones en el metro, en la calle, en los conciertos. Está en los “dress codes” o requisitos de vestimenta (en oficinas de gobierno, en oficinas de abogados, en empresas de medio pelo para arriba, en la municipalidad de Ñuñoa como recientemente se ha denunciado). Querer confundir la seducción y el erotismo con el abuso y el acoso no es solo un error argumentativo, sino que es una estrategia machista y patriarcal que banaliza y minimiza la violencia sexual.

El puritanismo no emerge de las denuncias sobre abuso sexual, aunque estas sean utilizadas e instrumentalizadas en esa línea. El puritanismo nuestro de cada día está en la visita del Papa y en sus increíbles consecuencias en la vida cotidiana de los chilenos, que habitamos un estado laico. El puritanismo está en escandalizarse con la escena de la violación de Irreversible y no con el continuum de violencia machista que la película magistralmente visibiliza. El puritanismo está en escandalizarse por el suicidio juvenil explícito que muestra la serie 13 Reasons Why de Netflix y no por el abuso y acoso sistemáticos, incluido sexual, que la serie describe y la impunidad que las distintas estructuras sociales e instituciones formales permiten. El puritanismo está en los “argumentos” que tantos y tantas levantaron para rechazar la causal de violación en la discusión sobre la ley de aborto en tres causales y antes, en la discusión sobre la entrega de píldora del día después. Insisto: la toma de conciencia del abuso sexual y las estructuras sociales e institucionales que lo sostienen no es lo que promueve el puritanismo ni tampoco reprime la liberación sexual.

Ponerse en los zapatos de (nos)otras

La carta de las 100 francesas me dio rabia. Por la carta en sí misma, por la cobertura que ha tenido, por los comentarios que ha suscitado. Y sigo preguntándome: ¿Cómo puede ser tan difícil entender que el acoso sexual no está bien y que no es lo mismo que seducción y galantería? Cuando las amigas salimos y volvemos a casa -a las 11 de la noche o a las 4 de la madrugada, da igual-, al despedirnos nos decimos “avísame si llegaste bien”. Si nos subimos a un taxi solas, nos fijamos en el chofer, sus datos, nos fijamos en la patente, si vemos algo raro o una movida inesperada, pedimos parar y nos bajamos. Si caminamos por calles solitarias o mal iluminadas, ponemos un ojo adelante y el otro en la retaguardia y solemos cruzar a la vereda del frente para evitar caminantes desconocidos. Los testimonios de profesores, vecinos, conocidos de la familia, viejos y jóvenes “verdes” y/o manilargas; los sobajeos en el metro y en la micro, los agarrones en el estadio para ir a alentar al equipo o en un concierto, las miradas al escote y no a la cara son compartidos por tantas que no voy a repetirlos acá. Pero, además, las experiencias de violencia que experimentamos las mujeres dependen del lugar en la escala social y el color de nuestra piel. Si quiere leer algunos testimonios, visite el compilado del Obsevatorio del Acoso Callejero. Si no, siéntese con sus hermanas, sus tías, su madre, sus amigas, sus profesoras, y pídales que le describan las situaciones en que han sido acosadas, abusadas, vulneradas. Así, va a entender qué es acoso y cómo se distingue meridianamente de la seducción.

*Agradezco a Karla Palma, Claudio Salinas y Marco Braghetto.


Profesora Asistente Instituto de la Comunicación e Imagen, Universidad de Chile. Candidata a doctora/ABD Institute of Communications Research University of Illinois at Urbana-Champaign