– Al entrar a la universidad, ¿por qué no elegiste estudiar Literatura?

– Siempre me lo he preguntado. No tengo una respuesta exacta. Creo que es porque no sólo me gustó leer novelas, cuentos y poesía, sino que también los libros de divulgación científica me llamaban mucho la atención. La literatura, como campo, es muy limitada: gramática, redacción, corrientes narrativas, pero nada más.

– Sin embargo, ahora eres guionista de cómics. ¿Cómo fue esa vuelta?

– Es una manifestación cultural muy rica y que existe, prácticamente, en todas las partes del mundo. Entré en el área porque el cómic es visto como un arte menor: ‘Ah, esos libros de dibujitos’, pero es más interesante de lo que aparenta porque hay información que corre en varios niveles. Están los que leen los globos de texto, los que miran las ilustraciones e intenta seguir esa línea narrativa, y los que intenta leer lo que pasa entre cada viñeta. Como es un arte secuencial, en una viñeta puede ser que haya una mano, y en la siguiente se muestre un objeto pegándole en la cabeza a alguien. ¿Qué pasó entre medio? Imaginar ese suceso que liga los eventos en el cómic es donde mejor se manifiesta la mezcla entre narrativa visual, narrativa escrita y la gracia del arte mismo, es decir, darle el pase a la persona para que interprete como quiera.

Para qué tanto realismo

– En Chile, la novela gráfica también es víctima de este menoscabo que acusas respecto del cómic. Mismo ocurre con el género ciencia ficción en general. ¿Por qué aquí nunca ha prendido como sí lo ha hecho en el extranjero?

– Siento que ahí pasan dos cosas: Un problema es que la gente no sabe qué y cómo leer. Hay demasiada información y, a la vez, mala información. Prejuicios como que “Frankenstein” es un libro infantil o no tomar en cuenta los clásicos en su formato literario, pero sí cuando existe su adaptación a la película, etc. Participé en un taller de educación lectora hace unos años e hicimos un pequeño curso, con cinco obras clásicas, y muchas personas con posgrado no habían leído estas obras. Lo bonito fue ver que, al leer estos libros, cada una de ellas sacó conclusiones desde su área disciplinar, al mismo tiempo que existían impresiones compartidas al respecto. Los asistentes, desde el otro lado, comprobaron que en la literatura de ciencia ficción sí hay mucho que sacar: imágenes, ideas, lecciones.

El otro problema, que también tiene que ver con prejuicios, es esta noción de que la ciencia ficción sólo trata de naves espaciales, robots, astronautas y el espacio. Y la verdad es que hay ciencia ficción como la de China Miéville, que tiene una novela llamada “La ciudad y la ciudad”. Ahí, él habla de una sola gran ciudad que contiene dos ciudades en su interior, producto de que sus habitantes comenzaron a diferenciarse hablando un idioma distinto y mirando el paisaje de otra manera. Entonces, el habitante de una de las ciudades camina por la misma ciudad que otra persona que pasa por ahí, pero no comparten territorio ni comunidad porque no son capaces de ver las mismas cosas. Es súper interesante porque es ciencia ficción pura, es decir, otra forma de apreciar lo cotidiano.

A Asimov y Bradbury, autores de la ciencia ficción clásica, siempre se les criticó que su trabajo no se correspondía a lo que hoy entendemos como parte del género, sino que sus producciones eran, ponte, westerns en el espacio. Cuentos de vaqueros ambientados en Marte. A la vez, poca gente le ha hincado el diente a obras que son inmortales. “Frankenstein” es un caso paradigmático. Es ciencia ficción, pero habla de muchas cosas más: trata de un futuro que no existía a fines del siglo XIX; es un cuento de terror o una lección al orgullo de la ciencia cuando pretende ser un dios… ¡Miles de lecturas! Otro ángulo podría ser la figura del monstruo que se educa a sí mismo. Leer ciencia ficción invita a la gente a hacerse muchas preguntas y, quizás, por eso no es tan popular.

– Hace poco Netflix estrenó una nueva temporada de la serie “Black Mirror”, levantada por la crítica como ciencia ficción para nuestros tiempos. Sin embargo, las historias, aun cuando las tecnologías imposibles las hacen pertenecer al género de ciencia ficción, son bastante realistas. ¿Qué impresión tienes tú?

– Una frase súper buena, cuyo autor olvidé, dice que al final la tecnología es indistinguible de la magia. Esta ciencia ficción trabaja sobre la idea de que ya no sabemos cómo funcionan las cosas. Si no estuviésemos acostumbrados a usar computadores o smartphones, estos objetos podrían ser calificados como mágicos. Y vuelvo al punto de la necesidad de la ciencia ficción en el arte pues es una lectura sobre la condición humana. “Black Mirror” muestra un futuro posible tan próximo, que se interpreta como realista. Pasa lo mismo con “Arrival”, la película: llegan los extraterrestres y tenemos que ver cómo nos comunicamos con ellos. Pero no hay por qué pensar en extraterrestres para saber que esto sigue siendo un problema entre nuestra propia especie. Hay grupos humanos que no encuentran la forma de comunicarse entre sí.

Philip K. Dick es un exponente de las posibilidades del género para tender puentes entre unos con otros, y los diferentes “otros” dentro de cada uno. ¿Qué es lo que nos hace humanos? ¿Cómo podríamos distinguirnos de un robot si éste es completamente orgánico y, además, su inteligencia artificial le permite auto-desarrollarse? ¡Blade Runner!

El lector participante

– Tú que has leído harto, y eres chilena, ¿Qué autores te gustan, nacidos acá, que integran estas ideas a su trabajo?

– Es difícil porque hay mucho, y muy distinto. Desde “Flores para un cyborg” (1996), de Diego Muñoz, que ya es una novela clásica a estas alturas, hasta la obra de Elena Aldunate. Ella escribió en los años 50′ una ciencia ficción muy poética, por decirlo de algún modo, y hace poco fue re-editada por Editorial Imbunche. Hugo Correa, el autor más nombrado en el nicho, fue publicado en The Magazine of Fantasy and Science Fiction, una revista muy prestigiosa, gracias a las gestiones de Ray Bradbury. Y más recientes, creo que Jorge Baradit es el que más se atreve con el género.

– Goodreads es una red social que permite catalogar, calificar y compartir lo que uno va leyendo. Brinda un espacio de conexión entre lectores, además de democratizar el ejercicio de la crítica literaria. Tú eres usuaria hardcore. ¿Cómo y para qué lo usas?

– Soy un poco maniática, pero principalmente por un tema de orden. Viví muchos años con una biblioteca repartida en cinco lugares distintos. Cuando logré consolidarla, me di cuenta de que, por ejemplo, tenía muchos libros repetidos. Goodreads me sirve para detectar estos libros repetidos, o para consignar los libros que presté y que no me han devuelto. Ahora, hay que tener en cuenta que hace no mucho fue adquirida por Amazon, y que los intereses de esa compañía crecen en la medida que más información tenga sobre los lectores: qué, cómo, cuándo y cuánto están leyendo. Se supone que lo que te entrega a cambio es un algoritmo que identifica tus gustos y te recomienda cosas, pero a mí jamás me ha resultado. Siempre me sugiere libros que no me gustan, o que no tienen relación con lo que yo indiqué que me interesa. Hasta hoy, no supera el dato que te entrega un ser humano que sí leyó tal o cuál cosa, y puede identificar al ojo qué es lo que te puede gustar: un buen librero, un amigo.

– Tampoco va a reemplazar los clubes de lectura.

– Por supuesto que no. Los clubes de lectura cumplen una función esencial en el goce de la literatura, que es compartir impresiones y sacar ideas nuevas a partir del diálogo con otros. Me pasó con “David Copperfield”, de Charles Dickens, que lo leí en el colegio y me cargó. Años después, me lo leí por gusto y lo encontré increíble. Los clásicos son clásicos por algo: la gente se sigue juntando para leer a Jane Austen o “Anna Karenina”. Son personajes universales. Están tan bien hechos que todavía, siglos después de sus publicaciones, podemos identificarnos con ellos. Y no es lo mismo que ver la película. El libro original, por más que se hagan cien versiones de su historia, siempre abre la posibilidad una interpretación personal distinta a la de cualquier otro.

Novelas gráficas al alza

– Alguien que esté interesado en la novela gráfica chilena, ¿Dónde tiene que ir? ¿Qué iniciativas de divulgación existen?

– Lamentablemente, una parte de los lectores de cómics pretende que esta actividad sea muy exclusiva. Por lo tanto, ven con malos ojos que otra gente quiera acercarse al género o se interese en él. Esto se nota harto últimamente con la explosión de las películas de superhéroes. Yo jamás pensé que iba a ver una película del Dr. Strange en el cine. Encuentro que está bien que se haga. Si no te gustan las películas, o cómo los personajes son retratados en ellas, siempre te quedan los cómics.

Por esta misma división, las novelas gráficas han tomado harto vuelo. Son historias auto-conclusivas, a diferencia de los cómics de superhéroes y sus sagas eternas. Pueden hablar de cualquier cosa: contar una ruptura amorosa, relatos infantiles, crisis existenciales. Tiene la posibilidad de ser más masiva, de llegar a nuevos públicos. Hay encuentros de cómics con las editoriales chilenas, donde la gente va a vender sus obras, además de asistir a mesas redondas y ponencias sobre temas afines. “La Historieteca” es una tienda que sólo tiene material editado en Chile, que funciona en el Persa Bío Bío, y que organiza eventos donde los autores de estos cómics pueden encontrarse con sus adeptos y conversar sobre el libro, las tramas, las ilustraciones, etc. La Biblioteca de Santiago y la Biblioteca de Providencia arman clubes para leer novelas gráficas.

– ¿Qué novela gráfica dirías que es imperdible?

– “Asterios Polyp”, de David Mazzuccheli. Trata de un artista que pierde la chispa creativa después de que termina su matrimonio. Él, que era muy engreído y pensaba que se las sabía todas, la esposa lo abandona y tiene que empezar el proceso de construirse de nuevo como persona, esta vez en soledad. Los colores llaman la atención: usa un contraste entre celeste y rosado, ambos colores muy saturados, para reflejar las contradicciones internas del protagonista: cuando él está contento, hay más rosado; cuando está triste, cambia al celeste. Es una historia muy bonita, y que puede interesarle a cualquiera.