Escucho a Violeta Parra desde que tengo uso de razón. Mi viejo aún tiene varios de sus cassettes, tanto originales como piratas. Seguramente tuvo que esconderlos durante la dictadura militar. Recuerdo que los escuchaba con religiosidad, aunque siempre fue más o menos ateo y hasta el día de hoy no se sabe ni el Padre Nuestro. Imagino que Violeta Parra le inspiraba cierta espiritualidad campesina y algunos principios políticos fundamentales. Mi vieja se enojaba mucho cuando mi viejo ponía esos cassettes, porque yo los disfrutaba y ella no podía comprenderlo. “Déjese de meterle ideas raras en la cabeza al niño”, le decía. “No sé qué le ven a Violeta Parra, si canta tan mal”, nos replicaba a ambos. A mi viejo le hacía mucha gracia, pero no le respondía nada. Quizás creía que no lo iba a entender. Él nació en La Estrella, un pueblito que recuerda mísero y desamparado, cerca de Las Cabras, en las orillas del Lago Rapel. Violeta Parra, hasta hoy, es su alma y su credo. La encarnación de una idiosincrasia rural y deslenguada como propuesta política radical. El manifiesto en rimas de las masas pobres olvidadas sobre la tierra.

Creo que Nicanor Parra representa en parte la antítesis de ello. Al menos en su dimensión ética y de clase. En una entrevista con Roberto Careaga, el antipoeta declara: “La Viola le hizo parecer a todos que éramos forajidos, pero éramos más bien propietarios. La Violeta siempre fue abajista, yo siempre fui arribista”. Algo de eso se cuela en el remate de “La carta”, una de las célebres canciones de su hermana menor, donde dice sobre sus hermanos: “Los 9 son comunistas con el favor de mi Dios”. No sabemos qué tan precisas fueron ambas declaraciones, pero mi viejo también fue un poblador comunista a pata pelada y pasó a ser un propietario a contratiempo. Creo que entre ambas experiencias se configura una visión de mundo, casi como un contrapunto entre Violeta y Nicanor.

Evidentemente, entre ambos se desarrolla esa dialéctica dinámica que tanto le interesó en vida a Raymond Williams: las relaciones críticas entre el campo y la ciudad. Violeta estaba orgullosa de sus raíces campesinas. Fue una estudiosa del folklore. Recorrió buena parte de Chile aprendiendo de los cantores populares y registrando hasta el más mínimo detalle en su grabadora. En muchos de esos viajes la acompañó Nicanor, quien nunca dudó del enorme talento de su hermana. Fue quizá su mayor admirador. Y viceversa.

En cambio, Nicanor apenas pudo se largó de Chillán. Fue el único de sus hermanos que siguió estudiando después del colegio. En 1932, con apenas 17 años y sin ni uno en los bolsillos, viajó a la capital con la idea de hacerse paco. Por suerte eso no sucedió y terminó sus estudios en el INBA, donde entabló amistad con futuros artistas e intelectuales y comenzó sus devaneos antipoéticos. Más tarde, como sabemos, terminó Matemáticas y Física en la Universidad de Chile, un posgrado en la Universidad de Brown, en Estados Unidos, y otros estudios sobre cosmología en Oxford, Inglaterra.

Fue en tiempos de estudiante universitario cuando recibió a Violeta en la capital. Su hermana menor lo admiraba muchísimo y quería seguir sus pasos. Sobre esta época, cuando ya había agarrado vuelo y todo el mundo hablaba de ella en los ambientes culturales santiaguinos, le cuenta Nicanor a Leónidas Morales: “La Violeta era un personaje crítico […]. La Violeta opacaba a todo el mundo. Y en las reuniones sociales hasta ese momento el florero centro de mesa era Neruda. Pero aparecía la Violeta con su guitarra, y simplemente todo el mundo lo único que quería era que Violeta tocara su guitarra. ¡Y los poetas pasaban a la historia! Hay que darse cuenta de eso también”.

Gracias a esta relación cómplice entre ambos, Violeta pudo componer sus anticuecas y Nicanor sus antipoemas. Aunque también podríamos considerar a Violeta una poeta de fuste y a Nicanor un tremendo cuequero. Asuntos de lectura, seguramente. Lo claro es que ambos, desde entonces, se dedicaron a dinamitar los cimientos de la música y la poesía chilena para construir sobre sus ruinas el nuevo arte nacional, escrito y cantado en palabras sencillas, en ese lenguaje popular que es patrimonio de todos y todas, difuminando para siempre los supuestos límites entre la alta y la baja cultura.

Para ambos, por separado, el escritor Álvaro Bisama tuvo palabras lúcidas, a propósito del fallecimiento de Nicanor y el aniversario de muerte de Violeta. Sobre el primero señaló: “Nos salvó de las voces engoladas y cachetonas, de los poetas de estadios y de culebrones, de cualquier iluminación fingida. Por el contrario, esa vanguardia fue nuestro silabario al punto de que nuestra definición de lo que debía ser la poesía (o la literatura) provenía o negociaba con ella”. Y sobre la segunda: “Todo lo que es poesía se vuelve música. Todo lo que es literatura se convierte en vida. Porque eso es lo que te pasa cuando lees a Violeta Parra y las décimas: ciertas fronteras se rompen, se quiebran”.

Todo arte que se precie de tal debería estar escrito con esa conciencia del riesgo. Con esa iconoclastia constante. Con ese ímpetu que devora cualquier límite o tibieza de espíritu. En el fondo, la dialéctica entre campo y ciudad, entre forajidos y propietarios, entre cantantes y poetas, entre artesanos y profesionales, es la cancha donde disputamos el arte y sus implicancias sociales, políticas y culturales. Es allí donde nuestras visiones chocan y se enfrentan. Es allí donde quebramos el mundo para poder comprenderlo y recomponerlo a través de un poema, una canción o lo que estimemos necesario.

Esa cancha, por supuesto, es irreductible. El Estado y el gran empresariado chileno han querido hacer de ella un espectáculo, una cuestión sin ninguna relevancia. En 2017, se hizo un homenaje a Violeta Parra en el Festival de Viña del Mar, donde su hija Isabel y su nieta Tita hicieron playback. El mismo año, se lanzó una tarjeta BIP con un hashtag sobre Violeta. Algunos años antes se hizo un homenaje a Nicanor donde un paco leía uno de sus versos y hasta se creó una fundación para Violeta Parra dirigida por oscuros personajes. Este 2018, como era de esperar, se volvió a repetir la vergüenza en el Festival de Viña del Mar, con un “antihomenaje” a Nicanor que no fue más que pasto para el olvido.

Por suerte, nada de eso importa. Nada de eso logra reducir el arte a espectáculo o mercancía. La pelea sigue dándose en una cancha radicalmente opuesta, donde la política jamás será el monólogo del poder y donde abundan los chistes para desorientar a la policía. Un terreno no oficial donde las anticuecas se cantan a la chillaneja y donde distinguimos perfectamente la diferencia entre lo cierto y lo falso, de lo contrario no cantamos. Esa es la única forma posible de reconocimiento. Ese es nuestro verdadero homenaje tanto a Violeta como a Nicanor: seguir haciendo arte contra todo y contra todos, en la precariedad de ese espacio crítico siempre en pie de guerra contra el Olimpo.


Poeta y editor