“El tiempo es lo más importante, es sencillamente un sinónimo de la vida misma”
Antonio Gramsci

Desde los años ’80 venimos constatando, en relación con la vida cotidiana, los efectos repetitivos y consecuencias de “la rebelión del coro”, según la llamó José Nun en 1981, citado por Julieta Kirkwood en esos años de fuego:

“El símbolo por excelencia de esta rebelión es el movimiento de liberación femenina, justamente porque la mujer ha sido siempre el símbolo por excelencia de la vida cotidiana. En el colmo de la sorpresa, el guerrero y el tribuno de la plebe advierten que les pasan la cuenta por su ropa sucia o por la crianza de sus hijos. Pero la descompaginación del libreto es más general: también las minorías étnicas, los ancianos, los sin casa, los inválidos, los homosexuales, los marginados, violan el ritual de la discreción y de las buenas formas, se plantan en medio del escenario y exigen que se los oiga”.

El amor es más fuerte, dijo el Papa que vino a Chile en 1987. Hay que saber escuchar a los jóvenes, dijo Francisco este 2018. Al Papa de hace 30 años, miles de jóvenes en el Estadio Nacional le respondieron con un NO rotundo y sonoro a su exhortación a rechazar el ‘ídolo del sexo y el placer’. Me pregunto si escuchan los Papas y quienes se arrogan el derecho a seguir dictaminando  sobre la vida y los cuerpos de las personas.

Como mujeres -la mitad de la población-, la mayoría hemos respondido en la medida de lo posible al sentido común de cada época. ¿Podemos elegir las mujeres o nos eligen? La pregunta tantas veces repetida. Sabemos que el ‘sentido común’ naturaliza caminos y deseos, configura mundos, modos de vida. “Todo orden se da siempre a través de formas de hegemonía; es decir, a través de una configuración particular de relaciones de poder”, dice Chantal Mouffe. “La hegemonía implica, necesariamente, que la visión y los valores de la clase dominante se transformen en ‘sentido común’”, dice Alejandra Castillo en este mismo sitio.

Hablemos en castellano coloquial.

Siglo XX: en los años ’50 vivenciamos lo que la mayoría de las mujeres era o quería ser, “la reina del hogar”: madre-esposa-ama de casa ejemplar y reconocida por ello. Las mujeres como mediadoras de las políticas del Estado de Bienestar y la familia, como hoy bajo otras maneras (recuerdo la felicidad de mi madre cuando, en la institución pública donde trabajaba mi padre, la eligieron un año como “la mejor madre”; el certificado que recibió, lo enmarcó y colgó en un lugar visible de la casa. Yo no compartía que haya sido ‘buena’ madre, tampoco ’mala’, fue lo que podía ser y hacer, dada su propia vida e historia penosa, dando cuenta del círculo vicioso del daño. En esa época ella vivía lo que había que vivir, orgullosa y feliz en su rol, aunque infeliz por otros motivos relacionados).

A comienzos del siglo XX, obreras sin educación formal se organizaron ‘para auxiliarse entre sí y educarse’, formando las primeras mutuales, antecesoras de los sindicatos. Y escribieron en periódicos propios, como La Alborada en 1905 y La Palanca en 1908, aunando cuestiones de clase y género. Tres décadas después surgiría el Movimiento Pro Emancipación de las Mujeres Chilenas, MEMCH, un movimiento pluriclasista en cuyos estatutos señalaba su principal propósito: “la emancipación integral y en especial la emancipación económica, jurídica, biológica y política de la mujer”, del cual se derivaba un completo programa, hasta hoy pendiente, con ’avances’.

En los años ’70 “la incorporación de la mujer al desarrollo” fue la consigna. Naciones Unidas estableció el Año Internacional de la Mujer en 1975 y al año siguiente la Década de la Mujer 1976-1985, disponiendo recursos para estudios y diagnósticos. Se requería a esta mitad de la población ‘inactiva’ como fuerza de trabajo y consumo. Un nuevo modelo de mujer se instauraba: la mujer trabajadora era lo deseado, lo deseable, ojalá profesional. En Islandia, a mediados de los ’70, las mujeres hicieron huelga por un reparto equitativo del trabajo doméstico, que no les impidiera ni obstaculizara el trabajo remunerado fuera del hogar. En Islandia hoy, como en otros países nórdicos que lideran año a año los ránkings de igualdad de género, la mayoría de las mujeres está en la fuerza de trabajo, sin embargo, no han podido resolver la desigualdad salarial, ni la violencia sexual, ni que su desempeño laboral se realice sobre todo en lugares de menor prestigio y remuneración: servicio a las personas, niños, niñas, personas mayores; salud; educación. “Los hombres en la producción de cosas y las mujeres en la producción de personas” con sus valoraciones diferenciadas, diría el economista peruano Javier Iguíñiz. Producción del mismo mundo que depreda el planeta y que explota a millones de personas, sobre todo en el ’tercer mundo’.

A comienzos de los ’80, muchas feministas nos relacionábamos con colectivos de mujeres en poblaciones pobres de Santiago, como La Legua y Ochagavía, aquí apoyamos a un grupo de teatro que se propuso representar lo que querían debatir, realizando improvisaciones que grabábamos y transcribíamos, de lo cual resultó una breve obra o sketch: “Dueña de cada no más”, la cual se representó en distintas parroquias facilitadas por la iglesia católica, únicos lugares donde en plena dictadura se podía hacer algo así, ocupando el espacio del altar como escenario. Se debatía sobre la desvaloración del trabajo doméstico en los hogares y fuera de él, las dobles jornadas, el maltrato, etc. Como hoy. “Labores del sexo”, decían las estadísticas nacionales. A mediados de los ’80, muchas mujeres querían que sus parejas o maridos encontraran trabajo para volver al hogar y dejar el empleo doméstico (‘nana’) o el municipal (programas de subsistencia como el PEM y el POJH, creados durante el régimen militar para paliar la crisis económica y la cesantía). Hoy, 2018, se repite un mismo verbo desde feministas: a las mujeres se las relega al espacio privado doméstico.

Los actuales lenguajes y propuestas se orientan a facilitar la resolución de la vida cotidiana (‘corresponsabilidad’ entre hombres y mujeres sobre todo, secundarizando la responsabilidad del Estado y las empresas, a quienes importa que se potencie el rol productivo y consumidor de las mujeres (‘su integración al desarrollo’). Y que saque a las familias de la pobreza, según avalan instituciones internacionales como el PNUD y OIT los acuerdos para este nuevo milenio: en el año 2000, la Declaración de los Objetivos del Milenio suscrita por 189 países, proyectó para el año 2015 un cambio en las condiciones de vida de millones de personas. Uno de los compromisos fue “promover la igualdad entre los sexos y la autonomía de la mujer como medios eficaces de combatir la pobreza, el hambre y las enfermedades y de estimular un desarrollo verdaderamente sostenible”.

Inicios del siglo XXI: mundo de la ‘realización personal’, de la participación económica y política, de lo público (mundo de los ciudadanos libres que nos legaron los primeros griegos con sus nociones de democracia, escindido del mundo privado-doméstico, para esclavos y mujeres). En eso se está, en eso estamos y se acepta. En Chile, parte importante de las mujeres, sobre todo inmigrantes, trabaja en forma remunerada en el sector ‘servicios’: domésticos y sexuales.

“Democracia en el país y en la casa” fue la consigna feminista que en los ’80 se expandió a otros países latinoamericanos (y en la cama se agregó después). Lo primero a eliminar es la línea divisoria entre lo público y lo privado-doméstico, decía Julieta Kirkwood. Y escribía: “se accede a lo público político, o sea a la libertad, si se tiene, y sólo si se tiene garantizado el dominio de las necesidades vitales. La fuerza y la violencia se justifican en la esfera privada doméstica puesto que son los únicos medios para dominar la necesidad (se puede gobernar a los esclavos –mundo del trabajo–, a las mujeres y a los niños –mundo de la afectividad, la procreación y la sucesión–, sólo mediante la fuerza y la violencia (…). Los contenidos de la política feminista se derivarán de esta primera distinción”[1].

Aunque el feminismo hoy “esté en boca de todos y es bueno que así sea”, la desigualdad, la discriminación y el machismo se expresan abierta o soterradamente en todo intercambio público y privado, incluidos partidos y movimientos donde se ‘lucha’ por una democracia radical. La violencia en contra de las mujeres en sus diversas manifestaciones es pan de cada día. Ante el discurso feminista mediático, expandido, discursivo (valga la redundancia), resurge claro el enunciado crítico de Julieta Kirkwood: “la fantasía de la resolución por invocación”.

Hagamos ciencia ficción: si el trabajo doméstico y de cuidados fuera reconocido y remunerado material y simbólicamente de acuerdo a su importancia clave para la vida, y estuviera a cargo de las personas más allá de su sexo-género, en la organización colectiva de la vida cotidiana como fuente de afectos e intercambios potencialmente fructíferos, nadie estaría ‘relegado’ a ese ámbito ni se desvalorarían quehaceres fundamentales.

Seguimos viviendo en la sociedad patriarcal con sus diez mil y tantos años de historia, desde que se asentaron las bases de lo que hoy domina a nivel global, el capitalismo con sus distintos apellidos, lógico devenir de las orientaciones valorativas de los pastores nómadas y sus rebaños crecientes: autoridad y poder para la apropiación y dominio de bienes y personas (familia-mujer/madre-hijo  que hereda)[2].

Entre nuestros primos felices, los bonobos (chimpancé pigmeo), lo que predomina es la cooperación y la reciprocidad, el juego y la actividad sexual libre entre machos y/o hembras. ¿Corresponde que nos llamemos homo sapiens?, es obvio que no, menos aún homo sapiens sapiens, el colmo de la razón patriarcal.

Lo primero a suprimir y reciclar en el actual orden patriarcal son las fuerzas armadas, sus ingresos y gastos exorbitantes para mantener y cautelar una cultura de muerte, destinando esos recursos junto a otros (como los del cobre y el litio), a sustentar la vida: educación, salud, alimentación, vivienda. Y establecer una renta básica, como han señalado diversxs autores, un ingreso básico universal a partir de los 18 años de edad, un derecho ciudadano como el derecho a voto, que permita “un estándar de vida modesto pero decente”[3], de manera que cada cual decida qué hacer,  cuándo, cómo, con quiénes. Otras energías se pondrían en movimiento, otros afectos, otras pasiones, otras prioridades, otra creatividad desde la posibilidad de optar fuera del lazo empleo-ciudadanía-matrimonio. Un cambio civilizatorio. Ya no solo la meta individualista del éxito o realización en cualquiera de sus versiones legitimadas, tras la cual está el deseo de acumulación y apropiación sin fin de bienes y personas, de prestigio y poder. Se facilitaría el desprendimiento de este mundo voraz creado por el homo brutus, que ha configurado una ‘nueva geografía del poder’, que expuso lúcidamente Saskia Sassen en el Congreso Futuro 2017, un mundo al que cada cual contribuye hoy por acción u omisión (‘cómplices pasivos’). Lo demás es música.

Publicado en Antígona feminista

Notas:

[1] Ser política en Chile. Los nudos de la sabiduría feminista. Santiago, Cuarto Propio, 1990, (2ª ed), p. 217.

[2] A la luz de este origen resultan redundantes y faltos de lógica los términos en uso hoy: ‘patriarcado capitalista’, ‘capitalismo patriarcal’, ‘héterocapitalismo’, ‘misógino, machista y patriarcal’, entre otros.

[3] Carole Pateman, “Democratizando la ciudadanía: algunas ventajas del ingreso básico”, en La nueva cuestión feminista. Actuel Marx Intervenciones, Nº 4. Santiago: Lom – ARCIS, 2005, pp. 25-44. (Traducido por Alejandra Castillo).


Feminista, Licenciada en Antropología