Una mirada rápida a los seudo-debates que han proliferado en la palestra pública chilena durante el transcurrir de este año 2018, sobre todo aquellos surgidos a propósito de la discusión de la ley de identidad de género y de las modificaciones en el protocolo de la ley de interrupción del embarazo, permite constatar que el sistema sexo-genero patriarcal ha estado en tensión, al menos en forma discursiva. Y eso sin dudas es aportador, aunque totalmente insuficiente. Si bien la discusión pública que se instale podría  contribuir a impulsar  procesos de significación que ayudaran a ensanchar la posibilidad de transformar estos sistemas sexo-genero patriarcales y con ello ensanchar para muchxs la posibilidad de vivir dignamente, hoy en día esto es solo una utopía. No obstante,  es precisamente la posibilidad de imaginar y recrear otros modos de vida, alternativos al eje patriarcal-capitalista lo que hoy está en juego.

Cuando decimos sistema sexo-genero, por si queda alguna, duda estamos afirmando que en la organización de la vida social, nuestra manera de vivir la sexualidad y de definirnos en tanto hombres, mujeres, trans y otras posibilidades, no es solo un dato de la biología, sino que es parte de una trama social que, performativamente -mediante actos naturalizados-, va permanentemente  estableciéndose el fundamento de los géneros binarios y heteronormativizados, estableciéndose correspondencias legítimas, aceptadas socialmente y limitando o generando oportunidades y derechos según los modos en que nos definimos. Al afirmar esto, hay que reconocer que esta performatividad ha estado por varios siglos muy cercenada   por la construcción binarista heteronormativa, donde lo aceptado y naturalizado como adecuado son los modos de ser y existir en tanto género masculino y femenino. Esto presupone e implica  un modo lineal, determinista,  de articular  nuestra biología con nuestras experiencias personales, roles sociales y sexualidad, en un marco estructural de sistemas económicos y políticos capitalistas con altas dosis de violencias y desigualdades. Si bien este no tendría que ser el único modo -y no es por cierto ni el más justo y digno para nuestra convivencia social y menos en sociedades que se dicen democráticas-, es el imperante.

Volviendo al debate público chileno, específicamente el mediatizado, llama la atención cómo cuando los temas que se han abordado y se relacionan con intentos de cuestionamientos y problematización del sistema sexo-género chileno, terminan eclipsados por argumentos falaces que desplazan la discusión hacia las explicaciones biologicistas de cortes positivistas que impiden cuestionar precisamente la trama que se impugna, aquella que se juega en el ámbito de lo ideológico – político.

Es común escuchar entonces que los actores de estos debates que han cruzado temas como el aborto, la identidad de género, entre otros, invaliden los argumentos de otros al calificar sus posiciones discursivas de “ideológicas” o “politizadas”. Y llama más la atención que, en la medida que la posición discursiva se articula a un enfoque de derechos humanos y de izquierda, se refuerza esta descalificación.  La “ideología de género”, terminología crítica ocupada originalmente por las teorías y praxis feministas para develar la producción de significaciones patriarcales-capitalistas que validan la dominación machista, es resignificada en estos debates públicos, expropiada como significante crítico y re-significada conservadoramente para desvirtuar toda posición y acción que intente avanzar en los derechos sexuales y reproductivos no garantizados en Chile.

Es un argumento falaz considerar que el abordaje de estos temas se realiza libre de posicionamientos ideológicos. Pues la ideología, definida desde una perspectiva laxa, es ese sistema de ideas y creencias que compartimos como integrantes de grupos sociales y desde donde disputamos el sentido de lo social y postulamos modos de actuar sobre la realidad colectiva. En estricto rigor, no hay forma de posicionarse en la vida social sin una posición ideológica.

Las ciencias sociales críticas han abordado la relación entre estos sistemas de significaciones que integran las ideologías y las relaciones de poder. Desde esta perspectiva, buscan poner en evidencia las maneras en que ciertas relaciones de poder son mantenidas y reproducidas en un conjunto interminable de expresiones que movilizan el sentido del mundo social. Las ideologías, desde esta variante crítica, permiten entender las formas en que el sentido es movilizado en el mundo social para interés de individuos o grupos poderosos.

Es entonces el ámbito ideológico un ámbito de disputa para poder replantear los sentidos que organizan los sistemas sexo-género en Chile; es precisamente en ese universo discursivo donde las posiciones transformadoras y /o conservadoras se la juegan por modelar/representar las pautas de sexualidad dominantes y coherentes con un sistema de dominación más global.  Y este un ámbito de disputa para impulsar propuestas políticas transformadoras que logren avanzar en el reconocimiento y garantías de los derechos sexuales y reproductivos de todas la personas.

Cuando las sociedades son conservadoras y represivas, la sexualidad se convierte en una palanca más para la dominación. En estas sociedades, los marcos de significación que la pautan intentan darla como algo dado, naturalizando la determinación biológica como único factor para su organización y expresión. Las matrices ideológicas conservadoras expropian la dimensión creativa y placentera de la sexualidad y, en definitiva, impiden la expresión plena de las potencialidades humanas

Desafiar estas matrices conservadoras que hoy en Chile comparten y reproducen una ideología de género con significaciones violentas y discriminatorias, que logran truncar el avance de proyectos políticos transformadores que intentan disminuir la  vulneración de derechos de sujetxs discriminados como pueden ser las mujeres, y las personas que viven una sexualidad acorde a un género no binario (homosexuales, transgéneros), es junto a muchos otros, un desafío democrático ineludible.


Socióloga, Directora Departamento de Sociologìa-UPLA. Integrante Red académica feminista Valparaíso.