Una mujer que iba volviendo a su casa, en las cercanías del Estadio Nacional, fue abordada por un grupo de cinco varones, quienes -según el reporte inicial realizado tras la denuncia- vestían camisetas de la Universidad de Chile. La U había terminado de jugar hacía poco con Universidad de Concepción. Tres de ellos la condujeron a una plaza, la violaron, le quitaron su celular, y se fueron.

Los de Abajo expresaron su apoyo y solidaridad hacia la joven, a través de su cuenta de Facebook, pidiéndole perdón a nombre de los y las hinchas de la U, “ya que creemos en un club y en una barra más respetuosa e inclusiva con las mujeres, sin ningún tipo de violencia contra el género femenino, ni física ni sicológica”.

Esto último es lo que resulta importante poner de relieve. Qué compromisos y horizontes debe plantearse un grupo humano que busca contribuir a generar una transformación que permita que este tipo de hechos no vuelvan a ocurrir.

El fútbol ha sido blanco de críticas desde una perspectiva de género por diversos motivos. Más allá de la escasa visibilidad que se le da a las mujeres que practican este deporte, y la utilización de apelativos femeninos para denostar a las hinchadas rivales (“zorras”, “monjas”, “madres”) existe otro nivel de análisis que surge ante declaraciones como la del Los de Abajo, la cual culmina con un compromiso: “Seguiremos luchando para que nuestras camaradas y todas las mujeres sean respetadas y jamás vuelva a ocurrir algo similar”.

El concepto “cultura de camarín” es utilizado en diversas áreas en las artes y el conocimiento para referir un ambiente no sólo dominado por varones en términos numéricos, sino además cargado de una masculinidad hermética y excluyente. No es sorprendente que se utilice una metáfora deportiva; la habilidad atlética es asociada desde temprana edad a lo masculino. Basta pensar en los conjuntos de fútbol, balones, merchandising de un equipo, autos y demás juguetes que reciben los niños como regalo obvio. Así, los varones son sometidos a expectativas de lo que forma y lo que no forma parte de la masculinidad desde que son niños.  Lo que queda excluido, es relegado al campo de lo femenino, o de lo homosexual: “parecís niñita”, “eso de maricones”.

Una actitud sexual cruel e insensible hacia las mujeres, y la creencia de que la violencia es algo eminentemente masculino, son características listadas por quienes han descrito este fenómeno como  “hipermasculinidad”, un estándar de comportamiento estereotípicamente masculino, que pone su énfasis en la agresividad, la fuerza física y la sexualidad. Ciertos investigadores lo denominan “cultura tóxica del macho”.

Una tarea interesante para quienes presentan como horizonte la generación de espacios más respetuosos e inclusivos con las mujeres, en un ambiente tan hegemonizado  por lo masculino como es el fútbol, es replantearse el rol que este estereotipo de lo masculino tiene. Y es que manifestaciones de hipermasculinidad no se presentan solamente en casos límite como éste, en que estamos ante violencia física explícita y violación. Tiene cabida a nivel interpersonal, en la casa, en el estadio.

La violencia hacia la mujer es de carácter sistémico. Pero tiene manifestaciones concretas que llevan de tanto en tanto, a sensibilizar a grupos que han permanecido ajenos a la visibilización de esta violencia. Con el uso de Internet, desde más áreas del quehacer humano se llama a desnormalizar cristalizaciones cotidianas de esta violencia estructural.

Una forma eficiente de contribuir a erradicar ciertas formas de violencia hacia la mujer es, precisamente, buscar erradicar las conductas que elevan la agresividad y el trato hipersexualizante hacia ellas como deseable.

En la medida en que estamos viviendo tiempos de transformación social, y que un grupo humano ligado a un área socialmente vinculada a lo masculino como es el fútbol, manifiesta su interés por erradicar la violencia hacia las mujeres, le toca a los miembros de ese grupo indagar en las diversas formas que esa violencia adopta. Partiendo por el tolerar pasivamente su ocurrencia o, en definitiva, continuar aplaudiendo un arquetipo exageradamente agresivo e hipersexualizado como estándar deseable para un hincha, para un varón.

Cuestionar ese rol impuesto externamente es crítico. Primero, como tarea para grupos, como Los de Abajo, que se han caracterizado por sostener una crítica antisistémica, pero que aún precisan incorporar a su visión una perspectiva de género transformadora. Segundo, porque si bien es cierto que tareas como ésta no garantizan que asuntos como la violación sean erradicados, sí contribuyen enormemente a visibilizar y, eventualmente, erradicar, otras formas de violencia hacia la mujer, otrora normalizadas. Sin ir más lejos, lo significativamente diferente que es para una mujer ir al estadio, a una fiesta, incluso, como en este caso, caminar por la calle cuando está oscuro. En señalar esa radical desigualdad ya hay un gran paso. Un ejercicio de empatía que llama al hombre no a escandalizarse por el hecho porque “podría haber sido mi hermana, mi polola, o mi sobrina”, sino porque un acto de vejación, humillación e injusticia fue cometido hacia otra persona. Un ejercicio de empatía que puede comenzar por ejemplo, por erradicar manifestaciones de hipermasculinidad de los cantos e instar por no utilizar apelativos femeninos como insultos al rival, pero que no puede quedarse ahí. Debe, desde el deporte, la crítica social, o el mero sentido común, ser capaz de generar personas activas en contra de manifestaciones de una cultura tóxica que termina por violentar no sólo a mujeres, sino a los mismos varones.