Sus palabras me eran ajenas hasta que se me cerraron los ojos. El libro cayó de golpe aun si, porfiada mi mano y maldiciente esta lengua extranjera porque no había marcado la página, lo volví a tomar para encontrar de sorpresa la exacta página que estaba leyendo y ahora el libro me había empezado a hablar.

«Tus ojos me eran ajenos hasta que te dejé caer», alcancé a leer.

Últimamente leo y me duermo, luego despierto y busco algo que leer pero al hacerlo me duermo, luego despierto y busco algo que leer pero al hacerlo me duermo, luego despierto y busco algo que leer pero al hacerlo me duermo, luego despierto y busco algo que leer pero al hacerlo me duermo, luego despierto y busco algo que leer pero al hacerlo me duermo, luego despierto y busco algo que leer pero al hacerlo me duermo.

Últimamente me duermo y leo, luego despierto y me pregunto dónde han quedado todos esos libros que estaba leyendo.

Últimamente siento una arcada. Acidez en la boca, puntadas en la guata, el principio de la migraña. Trato de cuidar lo que como y duermo regularmente, intento hacer ejercicio físico una o dos veces por semana, camino bastante y respiro profundo las mañanas que no hay contaminación en esta ciudad, no termino de explicarme por qué me palpita de esta manera la frente ante un libro y por qué esto que leo cruza un hemisferio de mi cabeza hasta el estómago en forma de una irritación latente que no atino a llamar dolor. El libro que tengo entre las manos está demasiado cerca, los globos oculares se me están hinchando quizá, secos y colorados. Otras veces los músculos de los brazos o de las piernas se han dilatado y así también se me pone rígida la espalda, pero no los hombros, por el entusiasmo, como esa vez que se me durmió la nuca y sentí el pecho pesado –mucho antes de que leyera en otra parte la palabra melancolía para definir tal sensación– en medio del párrafo. Dejo el libro a un lado, me pregunto entonces si esta reacción corporal específica como respuesta al proyecto colectivo que me atrevo a llamar «literatura» es realmente una somatización; si puedo comprender en un nivel orgánico mi experiencia de una abstracción tan amplia, acaso se me vienen transfiriendo desde lugares que no conozco ciertos fenómenos de resistencia o afinidad ajenos que me poseen, me influyen y me controlan sin llegar a enajenarme por completo.

Esa intrusión no es de origen orgánico, pero toma lugar físico cuando escribo esto. Es como si se hubiera transferido a mi cuerpo lo que estoy leyendo, como si al mismo tiempo se transfirieran de vuelta a esas páginas mis propias palpitaciones. En un sentido general y no solamente psicoanalítico encuentro la definición que da Anca Molnos de la transferencia: «fenómeno en el cual ciertos patrones de comportamiento, respuestas y emociones subyacentes que han sido desarrollados en la más temprana niñez como reacciones a personas significativas son repetidos, desplazados, es decir, transferidos, a alguien más en el presente». A algo más, agrego. A un libro. A una lectura.

Por qué no imaginar así que el texto literario posee –igual que yo– un inconsciente, que sin embargo a la inversa del mío sería un espacio concreto, ligado de manera deliberada a un momento y al lugar de intervención social. Ese espacio, el inconsciente del libro –reverso de mi inconsciente– sería la contingencia que el texto ha dispuesto en un orden diferente con su ficción, la realidad que la máquina libresca quisiera provocar a partir de los elementos de nuestra cotidianidad y no lo dice. Vale la pena arrancar cualquier práctica de «la literatura» –entendida ésta como la ficción de una comunidad por escrito– de los eufemismos, sobreentendidos y acuerdos tácitos propios de nuestra contingencia social, es decir, evitar toda represión al leer un libro, al comentarlo, al criticarlo. La literatura sería, entonces, un vínculo sin sublimación, un diálogo crudo, un campo de batalla sin heridos, porque nuestros cuerpos tan frágiles no están ahí, sólo nuestras voces. Tal vez así los libros se despojen de un sentido de culpa que reduce la capacidad literaria de transformación de intimidades, tal vez así logremos el buscado re-emplazamiento público de la literatura.

Que mis tentativas partan de una molestia física o de una emoción encarnada no debería invalidar lo que digo. Por el contrario. Si exploro la posibilidad de que exista una transferencia con la lectura, si despliego mis reacciones instintivas hacia alguna novela preguntándome por qué puedo reducir una experiencia de lectura a la palabra «asco» o «tuto» o «calentura», en contraste con las sendas construcciones literarias declaradas o escondidas en la complejidad del entramado de sus páginas, no será por narcisismo ni por impudicia, sino por el deseo de poner a trabajar la imaginación al servicio de causas más inclusivas, justo cuando el diálogo con el entorno bibliográfico se va limitando a meras referencias o a transacciones de prestigio en el mercado de capitales simbólicos.


Escritor, músico, editor, tallerista, guionista y crítico literario, es parte del colectivo editorial Sangría.