Es de conocimiento popular que quien vence en las batallas culturales es el que logra establecer las definiciones básicas respecto la conversación social, quien hace la delimitación previa -muchas veces implícita- respecto qué es lo que se conversa, y de cuáles son los márgenes posibles respecto lo que se habla. Por lo mismo, el acto performativo de dar a las palabras y conceptos un sentido específico es uno de los lugares por excelencia donde se ejerce el poder político. Si un concepto se logra cargar de un determinado contenido semántico y ello es aceptado por un número suficiente de personas como válido o real, ya la conversación se encuentra prácticamente ganada. Bueno, a mi parecer, esa es parte de la batalla cultural que se está dando en este momento respecto al movimiento feminista.

Pasados ya los primeros embates de esta “ola feminista” de este recién terminado mayo, no han sido pocos los lugares desde donde se está intentando rearticular un discurso de contra ofensiva que neutralice de alguna forma la fuerza con que este movimiento parece estar tomándose la agenda. Sin embargo, como toda lucha cultural, esta puede darse de forma más o menos noble, transparente y abierta respecto las posiciones que se sostienen, o ella puede darse de forma sucia y con “mala fe”. Una manera de intentar atacar al movimiento que ha sido particularmente desafortunada y primitiva, es la de intentar caricaturizar y tergiversar lo que es y ha sido la aspiración del mundo feminista, apuntando incluso a redefinir el termino feminista de una forma bien particular y sesgada. Específicamente me refiero al intento de comparar al feminismo con el machismo, intentando imponer la idea de que “tanto el machismo y como el feminismo deben ser trascendidos”, afirmando que el feminismo es un movimiento social que 1. Busca imponer la superioridad femenina sobre los hombres, o 2. Masculinizar a las mujeres. De estas dos versiones tergiversadas del feminismo hemos tenido en la última semana dos expresiones explícitas, a saber y respectivamente, las declaraciones del senador Juan Antonio Coloma y las de la columnista Teresa Marinovic.

Mientras que un balbuceante Coloma intentó -sin éxito alguno- explicar y justificar ante Mónica Rincón porque el feminismo no busca la igualdad, afirmando explícitamente que sería equiparable al machismo; una enérgica Marinovic nos presagiaba que el feminismo sería la perdición para las mujeres que ahora debieran funcionar de forma obligatoria con atributos supuestamente masculinos, renegando de la propia feminidad. En el fondo, ambas argumentaciones han usado la falacia lógica popularmente conocida como “hombre de paja”. En ella se realiza una caricaturización de la postura contraria, se crea un mamarracho -literalmente un espantapájaros-, contra el cual poder enfrentarse y batirse, para luego desplegar los propios argumentos de forma auto complaciente y afirmar campante que se ha vencido al adversario… de paja.

El caso de Marinovic me parece interesante de comentar y entender pues parece sintomático de un mundo social cuya sensibilidad ella encarna y representa. Respecto su reciente comentario, es difícil juzgar si hay premeditación y mala fe en la presentación tendenciosa respecto las afirmaciones que ella hace sobre como supuestamente son las feministas, o si estas declaraciones son más bien un acto que padece de forma inconsciente, gobernada por su prejuicio y sus pulsiones. Como contexto interesante está el hecho de que, un par de días previos a la publicación de su última columna, ella diera por Twitter una notable fake news en que afirmaba que una “feminazi demandó a un hombre que le había salvado la vida, por haberla tocado sin permiso al rescatarla”. En la publicación irreflexiva y automática que ella realiza de esa noticia falsa se puede entrever el anhelo de confirmar la caricatura interna, el deseo de completar “con evidencia” la representación mental que se corresponde con la amachada feminista, violenta, rabiosa e intransigente, aquella que busca reemplazar al hombre de su lugar de poder y vestirse con sus ropajes. No niego que puedan haber miembros del movimiento feminista que quizás calcen con la caricatura de Marinovic, pero resulta igual de burdo la generalización que ella realiza que afirmar prejuiciosamente que “los estudiantes son violentos y destructivos”, luego de que en una marcha -pacifica- de decenas de miles de personas, un puñado de ellos realizara destrozos. Marinovic funciona aquí con la misma lógica que los noticieros centrales o los diarios que le rinden pleitesía a los grupos de poder, al hacer zoom en la conducta desarmónica  de una minoría, para generar una caricatura generalizada de un movimiento al que a todas luces se le teme y se desea invalidar.

Sin embargo, hay un aspecto que me parece bien relevante de su planteamiento. Y tiene que ver con la posibilidad de re-encuadrar las distintas ocupaciones y formas de ser que ejercen las mujeres en los distintos espacios sociales, desarticulando las lógicas de categorización jerárquica de valor comparativo entre unas y otras. Esto se puede realizar al afirmar, por ejemplo, que el trabajar fuera del hogar -e incluso tener un lugar de poder en la sociedad- no es en sí mismo más valioso o deseable respecto de trabajar en tareas domésticas del hogar. Lamentablemente para dicha columnista, no hay que ir muy lejos para darse cuenta de que esa es una reivindicación y una deconstrucción de los discursos sobre los lugares simbólicos y políticos que hombres y mujeres ocupamos en la sociedad que hace rato que está en la discusión feminista contemporánea. ¿Cómo se explica entonces que personas con una adecuada formación académica, y con la suficiente inteligencia para al menos darse una vuelta por Wikipedia para saber mínimamente sobre la evolución, las olas, las formas, y los planteamientos de este conjunto de corrientes de pensamiento político, académico y cultural que llamamos feminismo, puedan realizar caricaturizaciones tan burdas? Aunque por motivos de espacio no me es posible desarrollar una adecuada reflexión al respecto, me parece importante al menos esbozar una idea. Si consideramos el hecho que uno de los aspectos cruciales que el mundo feminista ha relevado en su lucha es la necesidad de mirarnos críticamente en cuanto a nuestros supuestos identitarios implícitos respecto lo significa ser hombres y ser mujeres en nuestra sociedad, e intentar realizar relecturas que generen mayor flexibilidad, justicia y apertura colectiva; podríamos comprender quizás parte del rechazo virulento que dicha invitación ha generado. En el fondo, creo que lo que aparece constelado en la respuesta de Coloma, de Marinovic, y de tanta gente en nuestra sociedad que se siente interpelada por ellos, es el miedo. Miedo a ser cuestionado respecto “como el mundo es”, como funcionan las cosas, como me defino como hombre o como mujer -cómo construyo mi identidad particular como ser humano específico en torno a dichas conceptualizaciones-y como genero consciencia sobre las normas de convivencia e interacción social implícitas entre hombres y mujeres que están dadas por dichos discursos simbólicos. Bien sabemos que el miedo al cambio y a cuestionar los a prioris que sustentan nuestra existencia social y colectiva siempre ha sido un factor crucial para impulsar movimientos que estén interesados en mantener el mundo “tal y como siempre ha sido”.

Supongo que en el fondo, y aunque resulte tedioso a esta altura, parece que no quedará otra que insistir en la lucha por la definición de los conceptos centrales y reivindicar las palabras que estructuran el resurgir de estas demandas colectivas. Se tendrá que volver a insistir en que el movimiento feminista es un movimiento que, por una parte, lucha por el fin de las opresiones, discriminaciones, y abusos hacia las mujeres; y que por otra, enarbola una consiga fundante y estructurante -en su abrumadora mayoría y pese a sus grandes diferencias internas- de respeto mutuo entre hombres y mujeres,  que anhela construir relaciones sociales donde el poder entre hombres y mujeres este distribuido de forma justa, para que podamos establecer entre todos relaciones sociales más democráticas, humanas y respetuosas. Habrá que volver a insistir en que el sueño feminista no implica que las hijas de Marinovic “tengan que ser igual de agresivas que los hombres en sus trabajos”, o que “no puedan pedir ser protegidas” por temor a ser consideradas débiles; sino que implica generar un reordenamiento social donde ni la agresividad ni la vulnerabilidad sea propiedad de un solo género, y que todos, hombres y mujeres, podamos sentirnos igual de cómodos y cómodas con nuestro poder, e igual de cómodos y cómodas expresando nuestra vulnerabilidad fundante, nuestra necesidad de apoyo y contención que, como seres humanos, todos y todas experimentamos.


Psicoterapeuta, docente universitario de posgrado. Estudió psicología en la PUC; y cuenta con un magíster en Psicología Clínica, de la Universidad de Chile, y un Magíster en Estudios Teológicos de la Universidad Boston College, USA.