Algo común a toda nuestra especie –en especial a quienes tenemos el hábito de reflexionar– es que nos hallamos preguntado al menos una vez en nuestras vidas: ¿por qué soy quién soy? ¿De dónde vienen esos sentimientos, esa personalidad, ese temperamento y esa identidad que marca nuestro camino? A veces hacemos un esfuerzo por buscar la respuesta más objetiva, otras aceptamos las que nos enseñaron; pero, independientemente del ángulo desde el que la abordemos, esta pregunta nos acompaña como individuos, como sociedad, como humanidad y su respuesta tiene enormes implicancias respecto a cómo configuramos la sociedad y enfrentamos la vida.

Si tomamos en orden cronológico, la primera explicación que nos dimos como humanidad es que hay un creador. Esa fue la misma respuesta que recibí por primera vez mientras crecía, mis padres cristianos me explicaron que había un Dios que me amaba y que en su amor me creó, este Dios conocía cada parte de mí, cada pensamiento y había hecho las cosas para que funcionaran de cierta forma. En ese esquema de las cosas yo era un niño, pero ¿por qué no me sentía como uno?

Me es imposible no preguntarme ¿de dónde venía a tan temprana edad ese sentimiento que me decía que no era un niño? ¿qué era lo que guiaba mi pensamiento cuando rezaba en las noches para que Dios me convirtiera en una niña como las demás?

Es mucha la gente que cree que Dios –o la naturaleza a los ojos de este– nos asignan funciones específicas y rígidas que debemos cumplir en nuestra vida, que estas se reflejan en los roles sociales a los que nuestra cultura ha llegado después de muchos cambios, y –Si somos personas de bien– tenemos que comportarnos conforme lo que delimiten, pero ¿son estas funciones y su rigidez naturales o culturales?

A determinada edad ese sentimiento y anhelo de ser niña, esa parte de mi identidad se fue escondiendo ante los estímulos externos de una sociedad que me decía que eso era inaceptable, que yo era un niño para todos y por lo tanto tenía que comportarme según las reglas de los demás niños… y lo hice. Para quienes tuvimos que hacer un esfuerzo consciente y amoldarnos a estos roles por miedo al rechazo, desempleo u otro castigo social, nos resulta evidente que estos roles son culturales.

Si hoy le sugiriéramos a un hombre de inicios del siglo pasado que las mujeres no sólo deberíamos poder votar, sino también ejercer cargos públicos y hasta la presidencia, diría que estamos locos y que no es “natural”; sin embargo, aunque superamos esta etapa no aprendemos de nuestro pasado, y muchos se siguen argumentando en la misma línea contra cualquier cambio. Crecemos tan sumergidos en la sociedad y en estos roles que no nos damos cuenta que somos nosotros quienes los construimos y transmitimos, así como somos nosotros quienes podemos decidir hacerlos menos rígidos o cambiarlos.

Parecería entonces que “lo natural” no sería más que una construcción social; sin embargo la realidad nunca es tan simple, hay cierta evidencia de la que tenemos que hacernos cargo, y es que en la naturaleza no somos la única especie que vive en sociedad ni la única en que los roles se diferencian ¿cuál es la probabilidad de que las diferencias en comportamiento entre los dos sexos de los simios, perros o aves se deba a su cultura? Y tiene que quedarnos claro de inmediato que hay influencia natural en quienes somos pero ¿cuánta?

Tengo que reconocer que la naturaleza juega un rol, por algo soy mujer a pesar de toda la presión social para que me identificara y viviera como hombre; pero sería imposible negar el enorme rol que juegan la sociedad y la cultura, no por nada viví 35 años negando quien soy.

Entonces ¿qué hacemos?

Conforme iba avanzando en mi tránsito y me sacaba de encima todos aquellos prejuicios que cargué por años mi estado de ánimo y confianza fueron mejorando, iba mostrando más de mí aprendí y lograba conectarme mejor con los demás, conmigo misma y así mientras más libre era mejor me desenvolvía en todos los espacios de mi vida. Esa libertad me llevó de ser una persona muy tímida a ser alguien que puede dar discursos en público y entrevistas, dejé de ser alguien distante y fría para pasar a ser una persona cálida y afectuosa, dejé de ser alguien muy individualista, sin ningún interés por una sociedad que sentía que me odiaba, a estar comprometida y sentirme parte de la sociedad.

Si hay algo natural es que seamos libres y es en esta libertad donde surge lo mejor de nosotros y somos más felices. Ese es el camino que tenemos que seguir.

Así como hemos ido derribando las barreras sociales que habían entre nobles y plebeyos, blancos y negros; ya comenzamos a derribar las líneas divisorias entre hombres y mujeres en espacios como el voto o el trabajo, tenemos que seguir avanzando por ese camino y comprender que esas barreras, que a veces sentimos que dan orden y aplacan nuestras inseguridades, lo que hacen es limitar la capacidad de individuos de desarrollar sus proyectos de vida.

Se ha avanzado mucho, pero la sociedad todavía está llena de barreras. Desde el juicio a la imagen femenina, aunque nuestro trabajo no se relacione a nuestro gusto en moda, o esa idea de que la vida estaría incompleta sin hijos o sin un esposo; los ataques e insultos que todavía reciben las parejas homosexuales si se atreven a mostrar afecto en público y el desprecio con el que se repite que velar por el interés superior del niño consiste en que no sean madres o padres de uno; y la falta de reconocimiento a la comunidad trans, acompañada de presión para q, si queremos recibir un trato respetuoso, nos amoldemos a los estereotipos visuales masculino y femenino.

Es hora de que entendamos que la naturaleza no tiene ningún interés en nosotros ni en las reglas, roles y tabúes que nos pongamos como sociedad, ni siquiera le interesa si vivimos o nos extinguimos como tantas especies ya lo han hecho. Somos nosotros quienes debemos preocuparnos por construir una mejor sociedad, no podemos seguir evadiendo la responsabilidad de nuestros actos amparándonos en una interpretación de “lo natural” a la medida de nuestros miedos.

Después de todo, así como la lluvia moja aunque a algunos les incomode, la sociedad va a seguir cambiando aunque a algunos les dé miedo.


Ingeniera industrial y activista en diversidad