Con cada nuevo partido se abre una nueva posibilidad para contar una historia de uno de sus protagonistas. En la previa del duelo por cuartos de final entre Bélgica y Brasil, esta vez el turno es del goleador histórico de la Selección belga, Romelu Lukaku.

Con 25 años, el nacido en Amberes ha pasado por todas. Bien podría decirse que su vida cambió en 180 grados cuando llegó a los sueldos millonarios del Chelsea, tras pasar una infancia sumido en la más cruda de las precariedades, porque según recuerda, en su familia “no teníamos dinero para toda la semana. Estábamos arruinados. No solo pobres, arruinados”.

Según contó el propio delantero en una columna titulada “Tengo unas cosas que decir”, y que envió al sitio web The Player’s Tribune, todo se derrumbó en su cabeza “cuando vi a mi madre mezclar agua con la leche, me di cuenta de que todo había acabado”.

Es ese sentimiento el que transformó en furia y rabia, en ganas de salir a delante, y que lo llevó a convertirse en un jugador de fútbol para ser uno de los grandes del mundo y los números lo avalan, al menos, como el mejor delantero de su escuadra nacional: Lleva cuarenta goles en total, de los que 17 fueron convertidos en los últimos 12 partidos.

Volvamos a sus primeros años.

Romelu vivió una infancia muy complicada. Su padre Roger nació en Zaire, la actual Congo, y era un futbolista profesional que llegó a jugar para su país en las Eliminatorias para EEUU 1994. Pero tras su retiro en 1999, el dinero dejó de ser habitual.

Quedaron en bancarrota y debieron cortar el cable, un gran dolor para el ariete de más de metro noventa porque debió perderse casi 10 años de Champions: “Me perdí el gol de Zidane en la final del 2002 ante el Bayer Leverkusen. Todos hablaban de eso en la escuela y yo hacía como sí se sabía de los que hablaban”.

El acceso a la televisión era solo la punta del iceberg, ya que por su casa era habitual ver como se paseaban las ratas, escaseaba el agua caliente e incluso les cortaban la luz por no poder pagar: “Jugué con tanta ambición por muchas razones. Porque las ratas corrían por nuestra casa. Porque no podía ver la Champions League. Porque veía cómo me miraban otros padres”, sincera hoy, como figura del Manchester United.

Tema aparte fue la discriminación que vivió durante toda su adolescencia. Mientras crecía en el club Lièrse, el más importante de su ciudad, a los 11 años, el delantero ya era un portento físico y eso despertó las suspicacias de los padres de los equipos rivales, ya que exigieron que demostrara que tenía esa edad. Tampoco le creían que fuera belga, algo que sigue sin ser del todo cambiado: El propio Lukaku contó en una entrevista que cuando jugaba bien lo llamaban “el delantero belga”, en tanto que cuando no convierte goles, lo llaman “el chico de ascendencia congoleña”.

El 2006 pasó al Anderlecht. Ya el 24 de mayo de 2009, 11 días después de cumplir 16 años, Lukaku debutó como futbolista profesional en el partido de vuelta de la final de la liga. Eso llamó la atención de un grande de Inglaterra, el Chelsea, donde no tuvo muchas posibilidades por lo que fue cedido al West Bromwich Albion, donde no decepcionó: en 35 partidos marcó 17 goles. Ahí volvió a los Blues, pero siguieron sin darle continuidad nuevamente fue cedido, ahora al Everton. Y ahora, en calidad de figura, brilla con los Diablos Rojos.

“Quería ser el mejor futbolista en la historia de Bélgica. Ese era mi objetivo. No uno bueno, no uno grande, sino el mejor“, dijo en su columna y hoy tiene la posibilidad de seguir agrandando su nombre con la generación dorada de Bélgica.