La importancia de la memoria y la infancia han sido desde siempre el motor para reconstruir nuestro presente o intentar comprender el pasado y los avatares que a la luz del paso del tiempo han forjado nuestro carácter y existencia. Desde los filósofos Walter Benjamin con “Infancia en Berlín hacia 1900” o el italiano Giorgio Agamben en “Infancia e historia” por nombrar solo a dos, la preocupación de situar la infancia como edad primera en la génesis de este camino llamado vida, ha llevado no sólo a filósofos, sino también a poetas, pintores y diversos escritores a expresar desde el recuerdo momentos imperecederos de su tránsito por este mundo.

En lo personal me identifico con las novelas o ensayos que tienen como leitmotiv la memoria, el recuerdo y en lo particular la niñez. Escribo sobre ello, apuntando a mis experiencias personales, pero esta vez llamó mi atención una pequeña novela que relata las memorias de un niño lotino en la década de los sesenta. “El niño que vive en mí” del escritor chileno Rigoberto Acosta Molinet y la homónima Obra de Teatro con títeres de hilo, de la Compañía La Sirena en base a la adaptación del mencionado libro, la cual presencié hace un par de semanas en el Teatro Museo del Títere y el Payaso ubicado en el Cerro Cárcel de Valparaíso.

 La obra de marionetas “El niño que vive en mí. Crónicas de un niño lotino” como señalaba, está basada en los cuentos y poemas del escritor oriundo de la ciudad del carbón y que relata sus vivencias en el pabellón 55 y 56 de Lota alto entre los años cincuenta y sesenta. Este proyecto se adjudicó fondos regionales para su montaje y en él trabajan Jonás Montecinos, realizador y manipulador titiritero, Tania Corvalán, Directora, diseñadora, realizadora, compositora e intérprete musical y manipuladora titiritera y Romina Cares como ilustradora, compositora e intérprete musical y manipuladora titiritera.

Desde que vi en redes sociales la promoción de la función, la temática inmediatamente captó mi atención. Debo reconocer que no soy muy asiduo al teatro y que por lo demás es la primera vez que asisto a una función de marionetas. Las expectativas eran altas y se cumplieron a cabalidad. Un lugar mágico donde te sumerges en la historia de los títeres y los payasos, además de una cordial bienvenida, me hizo augurar una maravillosa tarde. Ya sentado en las butacas del pequeño teatro, entre niños y adultos, surge el personaje de Rigoberto Acosta Verdejo (padre del escritor) quien llega a la ciudad de Lota buscando una fuente laboral. En ese deambular conoce a María Berta Molinet vendedora de pan quien con el pasar del tiempo se convertirá en su esposa y madre de nuestro protagonista: el pequeño Rigo. Este niño de nueve años es quien junto a sus padres el que nos va relatando desde su mirada infantil el contexto histórico de la década de los sesenta en la ciudad sureña. Años en que la injusticia social, las huelgas, la pobreza y el catastrófico terremoto de Valdivia azotaron la geografía política y social de Chile.

La obra teatral, tiene una hermosa y valiosa virtud, pues hecha para niños no pierde la sensibilidad y ternura del protagonista en aras de igual manera instalar demandas históricas de los trabajadores del carbón y sucesos olvidados intencionalmente por la historia oficial chilena. Rescato positivamente el juego constante entre el rol central de los títeres con los creadores de la misma (los titiriteros), que vestidos a la usanza de los mineros del carbón aparecen por momentos en escena para a través de arreglos musicales y potentes canciones conseguir aún más, la atención de los espectadores.

Los titiriteros entran a escena con el propósito de otorgarle un cuerpo interesante a la trama, no restando para nada importancia a los títeres o marionetas de hilo que son quienes nos hacen llegar desde la memoria y el recuerdo, los años duros de los trabajadores del carbón. Tan o más duros como han sido los sufridos por los trabajadores chilenos a lo largo de la historia, muchas veces masacrados, castigados e ignorados en pos de mejores condiciones de vida por nefastos gobernantes de turno.

El pequeño con la inocencia y ternura que lo caracteriza, hace un recorrido de aquellas tardes en que vendía piñones calientes para aportar a la economía del hogar recibiendo las bromas de sus vecinos, las conversaciones con su madre en espera que regrese del agotador día laboral el padre y la relación con su progenitor mientras esperan que la madre vuelva a casa después del cuidado de una vecina. Años duros de los hijos del carbón que tanto Rigo como sus padres narran de forma limpia, dulce y diáfana con la bondad de aquél que se sabe explotado y sufriendo las injusticias de un mundo desigual, pero que no deja de creer que una de las formas de aguantar el pisotón de los poderosos es aferrándose al calor de la familia, la complicidad del cariño paterno, materno y el fuego del hogar.

“El tiempo pasó de prisa ya llegaron los sesenta, la carencia se agudiza el minero se lamenta, es que este mal sueldo provocaba al minero desaliento que urgente necesitaba en su hogar el alimento.” Estas líneas son parte de la letra de una de las canciones que suenan en el clímax de la obra. Los artistas marchan al compás de la música y exhiben un cartel con la proclama “Cada obrero un combatiente”, pues sí, la obra hace más que un guiño, inteligente y coherente al contexto de la época, resalta un hecho olvidado entre tantos de nuestra historia llena de borrones y omisiones históricas al servicio de instalar una línea única republicana. Los artistas representaban en escena la Huelga Larga del Carbón de Lota.

Iniciada el 17 de marzo de 1960, tuvo una duración de casi 100 días, pudiendo prolongarse aún más si no hubiera ocurrido el mega terremoto que azotó el sur de Chile. La tozudez del gobierno de Jorge Alessandri y las duras condiciones a las que se enfrentaban las familias mineras a raíz de la huelga, acrecentaron el conflicto. Los mineros llamaron para el 12 de mayo a una gran marcha hacia Concepción, que según la información oficial habría convocado a más de 18.000 personas y contado con la participación incluso de Clotario Blest: Esa fue la última gran manifestación de los trabajadores del carbón  tras 97 días y que terminó abruptamente el 21 y 22 de mayo por el terremoto y maremoto que asolaron todo el sur de Chile. Acontecimiento que las marionetas también lo viven, sufriendo el sacudón telúrico que los tiene afirmados para no caer en el umbral de la puerta, bajo el sonido y el audio de la catástrofe  que impregna de realismo la escena. Este desenlace junto al himno de los mineros cantado por ellos, va poniendo fin a la obra, que cierra coherentemente su relato.  Los títeres siempre juntos ante la adversidad, una adversidad que va desde lo humano a las inclemencias de la naturaleza, aquellas que sufrimos, lloramos y expiamos en especial en nuestro país, para hacernos recordar de vez en cuando los ínfimos y pequeños que somos. Sólo egos colosales, bañados en los metales del materialismo para de un remezón, hacernos volver a caer al sitial que merecemos.

El pequeño Rigoberto y su familia, nos dejan la hermosa lección que ante todos los obstáculos y desgracias que uno puede sufrir en la vida, no debe perder nunca la esencia de nuestra finitud y por ello atesorar hasta lo más profundo los bellos momentos.  No olvidar nunca que somos seres mortales de corta data y como señala el autor de la novela, que inspira esta obra teatral, pensar que tal vez, todos tenemos un niño que se niega a morir, a ser derrotado por los trajines de la vida y el ocaso de los sueños. Éste lucha ayudado en la memoria, el recuerdo y la reflexión, pues como dijo el filósofo francés Jean-Jacques Rousseau,  ‘Lo que uno ama en la infancia se queda en el corazón para siempre’. La historia de Rigo y mi propia experiencia me hace creer hasta el día de hoy firmemente en ello.


Profesor de Lenguaje y Comunicación. Profesor de Castellano UPLA