La belleza pareciera ser el karma de Lulú, una joven que nace pobre, es huérfana y, por sobre todo, bella. Este es su pecado original, del que no podrá librarse hasta la muerte. Tal como Eva (nombre que por lo demás ostenta la protagonista en una de sus “vidas”), mordió la manzana pero antes de nacer, y pagará las consecuencias del parir con dolor a través de la prostitución, el retorno a la pobreza y la muerte.

Pensada como un arco, en el que se nace y muere en las calles, pero en el que se alcanza el éxito económico y social, esta ópera presenta a un personaje complejo. Por una parte, Lulú jamás pretende ser algo que no es, jamás pretende ser fiel o leal, jamás pretende dejar de usar la seducción como un arma, quizás la primera herramienta que conoció para relacionarse. Y como todas las máscaras psicológicas que se utilizan durante la vida, no logró desprenderse de ella. Asimismo, es tan hermosa que los hombres no pueden dejar de enamorarse de ella, incluso una condesa cae rendida a sus pies. Tal como una femme fatale, Lulú atrapa al hombre y lo engatusa, hasta que él, incidentalmente o no, se quita la vida. Una curiosa representación de la figura masculina que creada hace poco menos de un siglo que sigue teniendo eco en el mundo actual.

Las continuidades en la historia nos hacen preguntarnos o replantearnos con detenimiento ¿por qué esta ópera puede hacer ruido en la sociedad chilena? ¿A quién le perturba que una mujer disfrute, goce o utilice su sexualidad para lograr sus fines? ¿Por qué los hombres son personajes estereotipados, simples mortales incapaces de controlar sus pulsiones carnales, tal como Adán al comer la manzana?

Lulú es una propuesta osada en múltiples sentidos. Lo fue cuando Alban Berg realizó una adaptación en 1928 de “La Caja de Pandora” creada por Frank Wedekind, lo fue cuando Friedrich Cerha la finalizó y estrenó en 1937, y lo es ahora, que se estrena en la conservadora sociedad chilena, porque para muchos es difícil ver a una mujer masturbándose en el escenario del Municipal de Santiago, mientras suena la música atonal dirigida por Pedro-Pablo Prudencio, que igualmente perturba al oyente acostumbrado a lo tonal.

Y es también osada porque es una propuesta del Director Frédéric Chambert, quien al parecer ha decidido traer o introducir paulatinamente funciones más “contemporáneas” a esta conservadora sociedad. Quizás de esta manera, logremos enfrentarnos de a poco a óperas como las que se presentaron en teatros europeos creadas en la década de los setenta u ochenta, tales como “Einstein en la playa” de Philip Glass, o mejor a funciones realmente como “The woman who walked into de doors”, de Kris Defoort. Porque en el mundo del arte es necesario abandonar las banderas de lo tradicional (o mejor dicho del siglo XIX) y mirar hacia las creaciones recientes, valorarlas, cuestionarlas y posicionarlas, para ayudar así a formar audiencias, para invitar a los jóvenes a que vean reflejados sus intereses e inquietudes, para que puedan repensar la ópera que parece ajena al mundo real y actual. ¿Qué relación puede tener el grupo de la sociedad chilena que marcha por el aborto libre con las óperas clásicas que se presentaban en el Teatro? ¿De qué manera estas mujeres libres, osadas, dispuestas a vivir la sexualidad con libertad y a ser dueñas de su propio cuerpo podrían sentir interés por óperas en que la mujer es un personaje reprimido y conservador?

Y acá llama la atención una acotación de Mariame Clément, “A primera vista Lulú parece una pieza moderna, ya que es muy explícita sexualmente y presenta a una heroína que vive su sexualidad con libertad; sin embargo está profundamente inscrita en la tradición del siglo XIX, en que una mujer “libre” debe morir de forma violenta al final”, ¿no es la misma realidad que se presenta en Chile con el aborto clandestino? El cuchillo de Jack el destripador, podría ser cualquier pastilla o elemento que se introduzca en cuerpo de la mujer.

Lulú, tanto en la ópera como en el personaje, pone en cuestión valores que se creen asentados en la sociedad, cuestiona así como lo hizo el cuadro “El origen del mundo” de Gustav Courbet –obra oculta durante gran parte de su historia–, ¿cuánto más tendremos que ocultarnos las mujeres? Preguntas, es lo que genera esta obra que nos hace empatizar frente a la pobreza, juzgar ante la prostitución y mirar –atentamente– la realidad a través de una vida que se muestra al público como un espectáculo de circo.

Teatro Municipal:  www.municipal.cl/