¿Cómo se habla de amor sin ser cursi? ¿Cómo se lo analiza sin ser fría? ¿Cómo se lo critica sin ser aguafiestas?

Si hay un espacio en nuestra cultura en donde se marcan las diferencias de roles entre lo masculino y femenino, es en el cortejo. Las miradas y gestos, las intenciones ocultas, los tiempos precisos y estereotipos rígidos, se coordinan en una danza de pavo real algo ridícula, que sólo deja de serlo cuando se la observa a través del prisma de nuestra cultura.

Aprendemos una idea amor de nuestras familias y la reforzamos entre películas, series, canciones, novelas y poesía. Llegada la adolescencia, antes de dar el primer paso en relaciones de parejas, ya tenemos una idea de cómo deberíamos comportarnos y qué esperar. Queremos que nos sorprendan, pero sentimos comodidad en el campo de lo esperado.

Asumimos estos rituales y toda su simbología como “naturales”, pero, incluso sabiendo que son culturales ¿qué hacer al respecto? El lenguaje con el que comunicamos y somos entendidos, es el que nos permite saber qué se espera y cómo comportarnos. Juzgamos y somos juzgados en base a estos parámetros culturales, desafiarlos tiene un costo que nadie quiere pagar.

El enamoramiento genera las emociones más intensas: que te amen es increíble, construye autoestima y confianza, te permite soñar un futuro y tocar el cielo; que te rechacen duele, alimenta inseguridades, miedos y con frecuencia hace que aflore nuestra peor versión. Como si no fuera suficiente, la sociedad nos presiona al valorizarnos a través de estos éxitos y fracasos. ¿Es concebible un proyecto de vida sin pareja en el imaginario colectivo?

Yo fui pésima enamorando y, atrapada en el rol masculino que me obligaba a tomar la iniciativa, fui aún peor. No sé si sería por mi corazón femenino, mi timidez o candidez, pero siempre terminaba en la friendzone.

Como en todos los espacios de la vida, también en el amor se va aprendiendo de los propios errores. Observando en tu entorno fracasos y éxitos, la sociedad te va guiando con respecto a quién debes ser para cumplir las expectativas que corresponden a tu rol. Así, tras una colección de fracasos, logré escapar de la friendzone construyendo un personaje más frío, agresivo y distante con el que lograba superar la valla ¿será algo que todas y todos hacen?

Es extraña la forma en que nos relacionamos. Mi personaje me permitía romper el hielo, mostrarle a quién pretendiera que entendía el juego, pero lo imagino inviable en una relación sana. Ya ganada la confianza, probada mi masculinidad, podía desafiarla y mostrarme como alguien más cercano, comprometido, cariñoso y sensible. Pero, en general, se asume una aceptación tácita de los roles sociales, lo que llevó muchas veces a discusiones por alguna “obviedad” que no supe cumplir.

¿Cuántas relaciones se verán impactadas por no cumplir estas expectativas sociales? ¿Sería más razonable plantear expectativas uno al otro? En mi caso, siempre cargué el peso de ser proveedor sobre mis hombros, presión que traduje en ostentación de mis éxitos económicos y en un doble sufrimiento en momentos de desempleo; llevé la responsabilidad estoica de ser quien contenía a mis parejas en momentos duros, aunque sufriera esa carga; frente a dificultades, enfrentaba al mundo por los dos, aunque mi timidez me lo hiciera difícil. Y lo más estresante: sentía que todo el peso del éxito en una relación sexual recaía sobre mí.

Fui siempre consciente de los desempeños que me imponían los roles aprendidos, pero nunca lo analicé desde la otra vereda. ¿Qué deberes imponía yo a mis parejas? Ellas eran responsables de que me viera bien socialmente y, aunque no fuera consciente, esto era un juicio a su belleza. Su deber tácito era acompañarme, cuidarme, que me sienta querido e importante. Envuelta en la misma cultura, no fui muy diferente a los demás hombres.

Mucho ha cambiado desde entonces. Tuve amores y desamores, como todos. Avancé como pude, entre aciertos y tropiezos, fui aprendiendo. Encontré el amor y el mundo fue perfecto, aunque fuera por un momento; pero, a pesar de que sorteé dificultades y pude avanzar, hubo una pared con la que choqué una y otra vez: sentí que no merecía ser amada.

Mi secreto me atormentaba; la imagen del rechazo y desprecio que recibiría, si se enteraban, me perseguía. Proyectaba seguridad en mis logros, procuré bienestar económico para tener status, algo que ofrecer y di siempre todo lo que pude sin poder fijar límites, como lo habría hecho alguien con mayor confianza en sí mismo.

Todos mis problemas apuntaban al mismo sitio ¿cómo no ser tímida si tenía que esconderme? ¿cómo desarrollar autoestima si al  mismo  tiempo  me rechazaba para encajar en la sociedad? ¿cómo reconocerme merecedora de amor si no me amaba a mí misma? Después de algunas relaciones, decepciones y desengaños, siguieron varios años de soledad.

Hasta que llegó alguien a mi vida que lo cambiaría todo: mi esposa Cossete.


Ingeniera industrial y activista en diversidad