*Los nombres de los menores de edad fueron cambiados para proteger su identidad.

Johans (19) viste chaqueta de cuero, tiene porte atlético y mide un poco más de metro sesenta. A su edad podría ser futbolista o ir a la universidad, pero su vida es la historia de una herida abierta y palpitante. Es adicto a la pasta base, entre otras cosas. Desde pequeño vivió en hogares y ya pasó por un centro cerrado o “la cárcel”, como le llama él. Mientras habla, del bolsillo se le asoma una tira de Clonazepam que compró en la feria. Conversa amable, demasiado amable, cuenta cómo fue que pasó por tantas residencias y quedó en la calle tras la mayoría de edad. Hace seis meses llegó a vivir al ‘Tribunal’ de calle El Salitre, al lado del Cread Pudahuel.

Sobrio puede ser frágil, meloso con los mayores, trata a las señoras del barrio de “mamitas”, hasta que la rabia y los recuerdos lo vuelven temperamental.

-¿Por qué cree que mis compañeras prefieren estar aquí adentro en vez de esa hueá?-, dice apuntando al Cread.

-Porque las toquetean, poh tía, así es en estos hogares, cuando yo era chico me trataron de violar dos veces, yo mismo lo quemaría- se pregunta y se contesta.

Prende un cigarro, se acomoda los pantalones y mira fijo con dos ojos chinos de pestañas tupidas.

-¿Y por qué no entra? Total yo soy el dueño de casa y la llevo acá. Me hacen caso en todo- advierte.

Johans avanza con las manos en los bolsillos por la entrada de concreto, hasta el frontis -rodeado de un jardín frondoso y salvaje- para ingresar al ‘Tribunal’ hay que pasar por un espacio entre los barrotes. Al encuentro sale Kevin (13) un niño enjuto, que es como el hermano chico de Johans. Lleva una pequeña trenza en la nuca, los dientes grandes se le asoman cada vez que sonríe. Lo siguen de cerca dos perros, uno -el cholo- está enfermo y su respiro es un chillido agitado.

–Bienvenida a nuestra mansión-, dice Kevin impostando una voz adulta.

Foto: Felipe Báez

Las escaleras están colmadas de vidrios rotos, crujen al pisarlos y lo que sigue son espacios laberínticos y salas oscuras donde hoy duermen nueve adolescentes. Las ventanas están quebradas, algunos formularios y un cassette de Nat King Cole reposan en una mesa como reliquias de otra vida. Un olor picante quema la nariz, quizá es la mezcla de los objetos quemados para capear el frío, la marihuana y los desechos de baños que han improvisado en algunas esquinas. El vaho fétido inunda todo el lugar.

Pilar (16) se levanta con los ojos aún cerrados. Es peruana, tiene la piel mate y el pelo teñido burdeo le cae sobre los hombros. Le ofrecen un pan, pero ella no tiene ganas de nada, dice que puede ser la acidez producto de un posible embarazo de dos meses. Mientras se frota el estómago, cuenta que es de Trujillo- una ciudad del noroeste de Perú- de donde se vino con su padre, quien una vez en Chile, la hizo trabajar de garzona en un restaurante de unos amigos y además la comenzó a golpear. Después se fue a vivir con la tía paterna y la pareja de ella la abusó.

Desde entonces estuvo en el Cread Pudahuel, hasta que decidió fugarse siguiendo a su novio quien también vive allí. Desliza su índice por el pómulo derecho, tiene tres cicatrices pequeñas y alargadas, así la ‘marcaron’ sus compañeras de la casa Génesis un día que la acorralaron entre diez.

-Usaron esa parte del filo de un saca punta que hicieron tira. El otro día me cortaron la cabeza, me empezó a caer la sangre en la frente, y la última vez me prendieron fuego al pelo con colonia y me dijeron: “Ándate a tu país peruana tal por cual”-, recuerda con una mueca triste.

Pilar se aburrió de los golpes al interior del Cread, así que hace dos meses se subió a un container en el patio por la parte de enfermería y de ahí saltó el muro de casi tres metros, como lo hacen todos, y en un minuto ya era libre. De cerca la observa Fermín (su pololo) quien también viene levantándose. Es alto, tiene cara de bonachón, parece un niño en un cuerpo grande.

Foto: Felipe Báez

El adolescente se incorpora a la conversación, está preocupado, cuenta que el martes él y Pilar se fueron presos por culpa de Kevin, a quien se le ocurrió asaltar a un abuelito de la población frente al tribunal.

-Fuimos a pedir algo para comer a los vecinos y con Fermín estábamos caminando cuando el Kevin grita “lancémonos ahí”, era un callejón y venía una pareja de abuelitos, le dijimos que no, que por favor no, que eran viejitos y el igual le quitó el bolso, el señor se cayó, me quedé parada, no sabía qué hacer hasta que el Fermín gritó “¡Correeee!”- recuerda.

Pilar no alcanzó a reaccionar, se quedó paralizada y antes que pudiera pensar, un grupo de vecinos se abalanzó a golpearlos. La inmovilizaron en el suelo, le tiraron el pelo y dice que pasó un día y medio en una comisaría de Renca antes de que la llevaran al  Juzgado de Garantía. Muestra un documento donde desde la Coordinación Judicial del Sename se pide que la ingresen al Programa de Medidas Cautelares Ambulatorias (MCA) de la Fundación DEM.

-No sé a quién llamar, mejor nos vamos a Valparaíso hasta que pase el agua, nos íbamos a ir temprano, pero yo tenía mucho frío y se me empezó a endurecer la guata- explica y se sigue frotando el vientre.

Los niños salen al patio a despercudirse el sueño, algunos rayos de sol ya calientan el pavimento y, cual anfitriones, muestran el lugar orgullosos. Tienen una ducha que armaron con un palo de escoba, una manguera y parte de una regadera. Kevin se prepara un pan con mortadela y del pasto saca dos fierros con una punta, explica que estos ‘estoques’ son para defenderse en caso de que alguien llegue a amenazarlos y posa para el fotógrafo. A las 12 del día, de a poco van despertando otros compañeros. Aparece Alicia (15), su novio Antonio (16) y Estefanía (16). Dayana, la novia de Johans, aun duerme. Ahora son nueve, pero han sido diez y hasta quince.

-Tía cuidado que el Johans anda empastillado- susurra Kevin con un pan en la boca. Y tiene razón. Notoriamente más alterado, el joven empieza a gritar que tiene pena, que no se quiere ir preso, que tiene una condena de 19 meses. Todos entienden que es la señal para alejarse.

-Me puedo hacer un pitito delante de usted-, pregunta y no espera respuesta. Lo prende.

Todos se van al jardín y hacen un círculo para hablar mal de Johans, dicen que de buenas ya es un tipo mal genio, pero hay días en que es un demonio de Clonazepam y pasta base. Que los hostiga, les robó la ropa, dos celulares y otras pocas cosas que han podido juntar. Hay veces en que estalla y los golpea si no hacen casos a sus órdenes. El único que le hace frente es Fermín.

-Ayer estábamos durmiendo con el Antonio y nos despertó a fierrazos, se había enojado porque la pieza estaba desordenada-, comenta Alicia con la voz baja.

Mientras Antonio se frotaba la rodilla adolorida, Alicia se interpuso entre ambos para que no le siguiera pegando. Estefanía fue a defender a sus amigos.

– Qué estái mirando- la espantó Johans y la salió persiguiendo con una “punta”.

Foto: Felipe Báez Benítez

El viernes 16 de agosto, Kevin llegó tambaleando hasta la pieza de Pilar, tenía los ojos blancos y no reaccionaba, pese a los gritos y las bofetadas. De pronto dejó de parpadear. Encararon a Johans, quien dijo que le había dado unos Clonazepam. Lo tomaron en brazos y llegaron en micro hasta urgencias del centro de salud Sar La Estrella desde donde lo trasladaron a otro hospital. Todos entraron en pánico.

– La polola del Johans se hizo pasar por mayor de edad y lo sacó- recuerda Pilar.

Se ven cansados y hacen lo posible para evitar a Johans. A pesar de todo, los cinco se defienden, se hacen llamar “la familia”, han parentalizado para suplir lo que les falta. “Yo soy el papá; la Pilar, la mamá; la Estefanía, la hermana mayor; la Alicia, la hermana chica y el Antonio el hermano chico también”, dice Fermín aun aturdido por el sueño. Todos juntos se van a preparar las mochilas para irse a Valparaíso donde supuestamente un primo de Fermín- a quién contactó por Facebook- los espera. Prometen que se quieren ir del ‘Tribunal’, pero de alguna manera saben que volverán. Hacen los preparativos del viaje: machetear para cargar la tarjeta Bip, dejar unas monedas para comprar papas fritas y una bebida. El primer destino es la Estación Pudahuel y después seguir macheteando.

Con las cosas listas salen al jardín, se sientan en las bancas de cemento de la entrada para organizarse mejor. El lugar parece un gran parque abandonado. Allí, Alicia que está en el Cread desde los 12 años -en la casa Génesis- cuenta que su madre la golpeaba desde que era muy pequeña. Así creció con gestos de amor intermitentes, pululando entre su casa, la de su abuela y un hogar de niñas de Puente Alto, hasta que un día su mamá le levantó la mano de nuevo y ella se aburrió.

-Le dije que no me pegara más, le quebré las cosas de la casa, los vidrios, la puerta, todo. Me fueron buscar los pacos y desde entonces estoy allí-, dice y apunta el Cread.

Las demás son historias similares de abandono.

Antonio llegó al Cread porque su madre era consumidora de pasta base y es ella quien lo visitaba cada tanto. Fermín cuenta que llegó por negligencia parental, sus padres son cartoneros de Recoleta y no contaban con los recursos necesarios para cuidarlo. Los dos adolescentes son amigos desde hace años y vivían en la casa Futuro.

-Mi hermana tiene seis meses de embarazo, la extraño mucho-, confiesa Antonio.

Foto: Felipe Báez Benítez

El silencio se quiebra de golpe cuando Johans grita a lo lejos y reclama que también quiere ir con ellos a Valparaíso. Las pastillas ya llegaron al punto en que ellos reconocen que deben huir. Preparan las cosas, se ríen, se abrazan como si fueran una familia que se va de vacaciones. Sí, son una familia. Lanzan las mochilas sobre la reja, luego pasan por entremedio de los barrotes y enfilan al supermercado. Hace tiempo no pueden comprar ahí -en el mayorista de Avenida San Pablo- porque el guardia los echa desde que Antonio robó un paquete de galletas.

-Tía yo sé que estaba mal, pero teníamos mucha hambre y al final ni siquiera me lo llevé porque me lo quitaron-, se excusa.

En el paradero, frente al supermercado, ríen, afuera respiran libertad. Se encuentran al “Pescao”, otro interno del Cread que se acaba de fugar y, mientras esperan locomoción, saludan al tío Raúl (un educador de trato directo).

-¿Los tíos saben que se fugaron y están viviendo al lado?-

-Sí-, contestan todos al unísono.

Pasa la micro 406, se suben y se sientan atrás, van felices, esperanzados de pasar un fin de semana en la playa. Una vez en la estación de metro Pudahuel, se bajan y dan las gracias. La mayoría de los choferes ya los conocen.

Los semblantes tristes se han ido borrando y el hecho de estar todos juntos los hace carcajear. El sol les pega en la cara, Pilar entre cierra los ojos, parece más tranquila. Mientras se reparten las sopaipillas que compraron en un carro, Estefanía se rasca la cabeza con compulsión.

–Saben, no les quería decir antes, pero me pegué los piojos-, dice y todos se alejan un poco.

El Centro de Reparación Especializada de Administración Directa (Cread) de Pudahuel alberga a jóvenes que han sufrido vulneración de sus derechos, desde el año 2014 ya era conocido como uno de los lugares que registraba más fugas. Estas situaciones- por el carácter no privativo de libertad- son catalogadas de “abandonos” o “desistimiento de programa”, sin embargo las condiciones de encierro son parte de las denuncias de los adolescentes, además de otras vulneraciones y abuso sexual. En el lugar hay cuatro casas: “Futuro” y “Make Make” para los hombres; “Génesis” y “Acuarela” para las mujeres. Cada tanto el centro hace noticia, en abril de este año un adolescente quedó inconsciente después de ser atacado por sus compañeros.

Según el Ministerio de Bienes Nacionales, el ‘Tribunal’ estaba destinado en 1996 al Ministerio de Justicia, para el funcionamiento de la Unidad Asistencial Básica de Menores, pero quedó abandonado años atrás. Hace algunos meses fue traspasado al Ministerio de Desarrollo Social para un posible albergue.

Foto: Felipe Báez Benítez

Sábado 25 de agosto

Antonio, Alicia, Fermín y Pilar esperan sentados en la banca de una plaza del centro de Santiago. Mastican sus hamburguesas y picotean papas fritas, es la única comida que han tenido en un día y medio. A Fermín le da asco comer de golpe, está débil y agripado, dice que se le cierra el estómago. Las cosas que tienen para cocinar no han podido prepararlas, porque Johans se adueñó de la cocina eléctrica que se habían conseguido. Cuentan que en la noche Estefanía se puso triste y se peleó con todos, frustrada porque no pudieron viajar a Valparaíso, después de la discusión se entregó a Carabineros quienes la devolvieron al Cread.

-Al final no viajamos na’, mi primo no me quiso recibir con los chiquillos-, dice con un poco de frustración.

Abrazados cada uno a su pareja, reconocen que lo único que quieren es irse a un hogar más tranquilo donde puedan estar todos juntos. Antonio sueña con su futuro en algún club de fútbol, Pilar quiere tener un restaurante, Alicia quiere ser auxiliar de vuelo y Fermín espera convertirse chef.

-Ya tengo todas las manos, pero no me quiero separar de los chiquillos y además estoy enamorado hasta las patas de la Pilar- explica Fermín, quien acepta que asumió el cuidado de todos.

Coinciden en que la vida dentro del Cread ha sido difícil, de alguna manera todos han sido víctimas de situaciones de vulneración: A Fermín los educadores de trato directo lo han pateado en el suelo, Antonio ya no quiere más encontrones con el tío Pedro y a Pilar -mientras estaba adormecida con pastillas que le suministraron- fue abusada por quien debía protegerla. Todos apuntan al mismo tío como responsable de “manosear” al resto de las niñas cuando están bajo los efectos de medicamentos.

-Usted no sabe lo que pasa adentro, tenemos una compañera, la Ailén, que es chiquitita y todas le pegan mientras las tías no hacen nada. Hace dos meses se cortó los brazos y saltó del techo de la casa Génesis, no aguantó más, después de esos se la llevaron a un psiquiátrico y volvió hace poco- recuerda Alicia.

Comienza a oscurecer. Los cuatro se levantan para caminar en dirección al metro y regresar al edificio, están cansados.

Foto: Felipe Báez Benítez

Domingo 26 de agosto

Al medio día, tras la reja del ‘Tribunal’ el primero en asomarse es Johans. Tiene un contoneo al caminar -como un depredador a sus anchas- y la parsimonia de alguien que no ha dormida en días. Mientras sostiene una bolsa de mercadería que le fue dejar una mujer, conversa con las manos tomadas en los barrotes. No quiere ir a buscar a sus compañeros, se enreda entre excusas y mentiras. Los niega.

-Mamita, le digo que los Carabineros se los llevaron al Cread-, insiste.

Antonio y Fermín bajan corriendo, lo evitan y ya no le dirigen la palabra. Piden salir, caminar un rato, explican que la noche estuvo tensa, que Johans los molestó de nuevo, que los amenaza cada vez que se siente excluido, que ha intentado “tocar” a Alicia, pero no tienen otro lugar donde ir.

Una patrulla de Carabineros de la 26° comisaría se pasea por El Salitre, se detienen pero siguen de largo, la mayoría de las veces les preguntan el Rut y los dejan ir, como si ellos fuera invisibles ante todos. Camino a un supermercado para comprar algo para el desayuno, Fermín cuenta que ya no da más viviendo ahí.

-Lo que pasa tía, es que anoche el Johans me amenazó con un punzón y me desmayé- cuenta avergonzado, mientras se rasca la cabeza.

Está cansado, quiere huir del lugar. Antonio asiente.

Planean visitar a un amigo de Fermín en Recoleta. Corren a despertar a sus novias y a buscar sus cosas. Antes de partir, los cuatro se sientan a reponer fuerzas en una plaza, toman sorbos apurados de Coca Cola, se reparten chocolates y algunas galletas.

-¿En qué tipo de lugar les gustaría vivir?-

-En un hogar donde nos traten bien y podamos estar todos juntos como familia, no queremos separarnos-, dice Fermín.

Pilar interrumpe con la boca llena de migas de galletas.

-Sí, eso queremos, porque si nos separan, nos morimos y al Cread no volvemos más.-

Foto: Felipe Báez Benítez

*El Servicio Nacional de Menores (Sename) fue contactado por El Desconcierto para obtener su versión, pero hasta el cierre de esta edición no recibimos respuesta.